Los bienaventurados

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Somos los bienaventurados, los felices, los santos, los que hemos recibido el Espíritu, y podemos clamar a un Dios, que nos ama, y nos está esperando (cf. Gal 4, 6-7). Pero, si realmente, queremos ser los dichosos es necesario mirar a Jesús. Él es el bienaventurado que todo lo ha recibido.
Él, es el pobre que todo le ha sido dado por el Padre. Dios ha confiado en su Hijo, y este se ha abandonado en sus manos. Por ello, se puede convertir en el rey que viene amarte, y a servirte. Jesús se pone a tus pies para que sientas que todo lo recibes de él. Su amor es inmenso. Su reino es un espacio, que se hace presente y se renueva continuamente en tu vida. Jesús es el verdadero reino, en el que puedes habitar y sentirte seguro. Él viene hacerte rey, para que puedas vivir desde la entrega, y el abandono que supone dejarle toda tu existencia. Así, nos convertimos en esos pobres, que solo viven mirando a Dios. Que pase lo que pase en su vida, todo lo esperan de Él. Experimentan que lo que sucede es para su bien, aunque a veces no lo entiendan o les supere. Somos como Jesús, los pobres que confiamos en un Dios, que nos regala todo lo suyo, porque nos ama.
Jesús, es el manso que vive tranquilo y en paz, porque en su corazón habita el Espíritu, de modo pleno. No pierde la calma porque confía en Dios. También, nosotros somos invitados, a vivir con serenidad lo que nos pasa, aunque a veces podamos estar preocupados por ello. Sabemos que solo Dios nos puede ayudar, pero él cuenta con nuestra debilidad, que muchas veces nos supera. Jesús, experimentó la fragilidad de lo humano, y en ocasiones tuvo miedo y sufrió angustia, pero vivió con la seguridad de que su Padre no le dejaba. A nosotros, nos llama a vivir de este modo, sabiendo que estamos enviados a heredar una tierra que se nos da por amor, en el presente de cada día.
De la misma forma, Jesús lloró, siento el hambre de la justicia y de la santidad para el hombre. Sabía que solo su Padre, le podría satisfacer ese deseo. Lo mismo nos ocurre a nosotros. Solo podemos sentirnos realizados de modo pleno, cuando hacemos la voluntad de Dios, tal y como se manifiesta en nuestra existencia.
Jesús, es el misericordioso, que nos invita a vivir de la compasión con los que nos rodean. De esta forma, es el que tiene un corazón limpio, que solo ve a Dios en su vida. Por eso, Jesús nos invita a tener esa mirada que ve a los demás con los ojos de Dios, comprendiendo su sufrimiento y su dolor.
En este sentido, nos convertimos por el Espíritu en hijos de Dios. Jesús, es el Hijo de Dios, que viene a traer la paz, como fruto del Espíritu. Nos reclama un corazón de hijo, que en medio del dolor y la pena, pueda vivir en la paz, de saber que tenemos a un Dios, que como Padre, nos abraza y nos perdona.
Del mismo modo, Jesús es el justo, que fue perseguido por hacer el bien. Nosotros, si somos perseguidos como él, podremos alcanzar la vida eterna que no tiene fin.
Tenemos un horizonte, ser bienaventurados. Pero, no desde nuestra¡ incapacidad, sino poniendo la mirada en el Señor, que es el Hijo, que nos llama a ser como Él.
Belén Sotos Rodríguez