Los políticos católicos de antes, un ejemplo de austeridad
Hoy, cuando el servicio público se ha convertido en negocio, deberíamos imitar su heroica honestidad.

Alcide de Gasperi (izquierda de la foto) saluda a Robert Schuman (derecha) en presencia de Konrad Adenauer (centro): los padres de la Unión Europea no reconocerían en qué se ha convertido su criatura.
Hace setenta años, figuras como Konrad Adenauer en Alemania, Alcide De Gasperi en Italia y Robert Schuman en Francia no eran simplemente administradores del poder: eran estadistas marcados por la austeridad personal y un profundo sentido del deber hacia sus pueblos y hacia la construcción de la paz en Europa después de la Segunda Guerra Mundial. Eran profunda y sinceramente católicos. Dos de ellos están en proceso de beatificación.
En la actualidad, lamentablemente, la política profesional en Europa y en muchas partes del mundo se ha transformado en un camino hacia los altos salarios, los privilegios crecientes y la posibilidad de un siempre turbio enriquecimiento personal desde el cargo. Es una realidad que va más allá de fronteras y partidos: no es solo en España donde se producen estas dinámicas, sino también en Francia, Alemania, Italia y en muchos otros países democráticos avanzados que se permiten acusar de sus propios pecados a naciones que están luchando por su desarrollo.
Cuando Europa buscaba el bien común
A diferencia de los políticos de hoy, los padres fundadores del proyecto europeo no contaban con sueldos multimillonarios ni con paquetes de privilegios o prebendas inaccesibles para la mayoría de la ciudadanía. La Historia destaca unánime y muy especialmente su entrega y vocación de servicio por encima del beneficio personal incluso legítimo. Una entrega, pues, llevada muchas veces hasta extremos heroicos. Europa les debe el bienestar de que disfruta y que dilapida con sospechosa intención y taimado calendario.
Por el contrario, los líderes políticos actuales en Europa suelen tener sueldos que están muy por encima de los ingresos medios de sus ciudadanos y de lo que sería estrictamente necesario para vivir dignamente:
- En España, el presidente del Gobierno (por ejemplo, en 2025) percibe un sueldo base de alrededor de 90.000 € anuales más complementos por su función parlamentaria, según datos oficiales.
- En otros países europeos, las cifras también son elevadas: líderes como el presidente francés o el canciller alemán tienen salarios que pueden acercarse o superar los 140.000–200.000 € al año o más, dependiendo de incentivos y complementos.
- Y todo esto sin contar con los beneficios adicionales, los gastos reembolsables, los retiros políticos, las oportunidades de conectar con empresas privadas o fondos tras dejar el cargo y múltiples incentivos que no siempre son públicos o transparentes. Por no hablar de los sobornos, de las comisiones y mordidas que la manipulación de la contratación pública permite a individuos sin escrúpulos. Las presiones y el chantaje de lobbies industriales y financieros, cuando no directamente criminales, no son excusa: el sistema los permite y alimenta. Nadie quiere morir antes de tiempo.
La ideología como disfraz y la "democracia" como coartada
No se trata, por fin, solo de cifras frías. Cuando el politólogo francés Emmanuel Todd, entre otros analistas europeos, habla del envejecimiento del sistema político y de cómo la carrera política se ha convertido en un nicho profesional bien remunerado y desconectado de la vida cotidiana de los ciudadanos, está describiendo una realidad que muchos percibimos cada día: la política actual es, en muchos casos, una carrera atractiva y en el peor sentido "honorable", más por lo que puede ofrecer a nivel económico y de estatus que por su vocación de servicio público. Lo peor es que unos se sirven del "pueblo trabajador", antes "proletariado", al que dicen defender, y los otros del pueblo católico fiel al que dicen representar casi siempre desde el indigno "mal menor".
Adenauer, De Gasperi y Schuman no son solo nombres en los libros de Historia: representan el modelo genuino de política cristiana, donde la entrega, y la reconstrucción colectiva estaban por encima de la acumulación personal, y al servicio de la paz y las libertades reales de la gente. El contraste con el modelo actual de políticos-profesionales con elevados ingresos y trayectorias jugosas -muchas veces desconectadas de la vida común de la mayoría- plantea una reflexión que va más allá de etiquetas partidistas: plantea una cuestión primordial sobre la formación de la recta conciencia de los servidores públicos: ¿cuántos muertos pueden soportar? ¿Cuántos abortos? ¿Cuántos accidentes? ¿Cuántas víctimas de la estupidez, de la soberbia y de la avaricia? ¿Cuántas indignidades y obscenas tropelías? En definitiva, ¿cuánto pecado personal? ¿Cuánto?
Las vidas ejemplares de Schuman, De Gasperi, Adenauer y, sin duda, las de San Luis, San Fernando o Isabel la Católica nos interpelan.