Director espiritual: cuando tomarse en serio la fe deja de parecer raro
En una época de espiritualidad autodidacta y fe emocional, reivindicar la dirección espiritual no es retroceder, sino madurar en la vida cristiana.

Dirección espiritual
Decir hoy que una tiene director espiritual genera, como mínimo, extrañeza. En algunos ambientes suena a dependencia mal entendida; en otros, a una especie de lujo reservado para almas especialmente piadosas. No faltan quienes lo ven como una renuncia a la libertad personal o como una señal de inseguridad interior.
Nada más lejos de la realidad.
Yo tengo director espiritual. Y no porque no piense por mí misma, sino precisamente porque he aprendido que pensar no siempre equivale a discernir. La vida cristiana no consiste solo en tener criterios, sino en aprender a ordenar el corazón a la luz de la verdad.
La dirección espiritual no nace de una debilidad, sino de una convicción profundamente cristiana: el alma no se gobierna sola con garantías. Cuando entran en juego la fe, las decisiones importantes, las heridas, las dudas y el combate interior, la autosuficiencia espiritual suele ser más un acto de orgullo que de madurez.
Desde el punto de vista teológico, la dirección espiritual es una mediación. Y el cristianismo, conviene recordarlo, es una fe de mediaciones. Dios actúa directamente en el corazón, sí, pero también —y deliberadamente— a través de otros. Así lo ha querido desde el principio: revelándose, acompañando y salvando mediante personas concretas.
No es casualidad que toda la gran tradición espiritual de la Iglesia coincida en esto. Desde los Padres del desierto hasta los grandes santos, nadie serio en la vida interior caminó sin acompañamiento. San Juan de la Cruz, poco sospechoso de sentimentalismos, lo expresó con crudeza: el que se guía solo, tiene por maestro a un necio. No es dureza. Es realismo sobrenatural.
Un director espiritual no sustituye la conciencia. La forma.
No decide por ti. Te ayuda a discernir.
No elimina la duda. Evita que se convierta en coartada.
En mi experiencia, poner mis preguntas, mis resistencias y mis inquietudes en manos de alguien formado —en teología, en vida espiritual y en humanidad— no es delegar la fe. Es asumirla con responsabilidad. Porque la fe no se improvisa ni se gestiona solo con intuiciones bienintencionadas.
Resulta curioso que aceptemos con naturalidad la figura del entrenador personal, del terapeuta o del asesor profesional, pero cuando se trata del alma muchos prefieren la autoformación permanente: una frase subrayada, un vídeo inspirador y la emoción del momento. La tradición cristiana nunca fue tan ingenua.
Hay, además, una tentación muy extendida que la dirección espiritual desactiva rápidamente: no buscamos ser acompañados, sino confirmados. Queremos que alguien bendiga nuestras decisiones, calme la conciencia y nos deje tranquilos. Un buen director espiritual no hace eso. Y por eso, a veces, incomoda.
Porque un buen director espiritual no te deja siempre en paz.
Te deja en verdad.
Y la verdad, como sabemos, no siempre es confortable.
Otro fruto poco citado —pero muy necesario— es que la dirección espiritual desdramatiza la vida interior. Ayuda a distinguir el pecado de la fragilidad, la cruz del simple cansancio, el silencio de Dios de nuestras expectativas mal colocadas. Nos baja del romanticismo espiritual y nos devuelve a la fidelidad concreta: rezar sin ganas, perseverar sin consuelos, obedecer sin épica.
Tener director espiritual no me convierte en una cristiana “de nivel avanzado”. Me hace más consciente de mis límites, más humilde ante mis procesos y menos proclive al autoengaño piadoso. Me ancla en la realidad, que es siempre el lugar donde Dios actúa.
En tiempos de espiritualidades rápidas, discursos emotivos y recetas para “sentirse bien con Dios”, contar con alguien que no busca agradarte, sino ayudarte a amar mejor, no es una debilidad.
Es un acto de responsabilidad cristiana.
Una expresión de madurez espiritual.
Y, paradójicamente, un gesto profundamente contracultural.
Porque tomarse en serio la fe —con todo lo que implica— nunca ha sido lo más cómodo. Pero siempre ha sido el camino más verdadero.