Martes, 04 de octubre de 2022

Religión en Libertad

Devoto del rosario y la misa tradicional, Antony Sumich se vio en el infierno antes de su conversión

Sobrevivió una guerra, entrenó una selección de rugby y un accidente mortal le llevó al sacerdocio

Antony Sumich.
Concluida la guerra en Croacia, Antony Sumich tuvo un accidente de coche que le llevó a entregar su vida a Dios.

ReL

Jugó y entrenó en la selección nacional de varios deportes, viajó a 82 países de todo el mundo, estuvo prometido dos veces, sobrevivió a una guerra y un accidente de coche mortal… Aunque Antony Sumich fue educado en la fe, solo la puso en práctica tras la liberación del comunismo en Croacia. Gracias a una santa, el rosario y la liturgia tradicional, hoy se dedica por entero a la "competición más importante": la lucha por la salvación.

Nacido y criado como católico en Auckland (Nueva Zelanda) en 1964, Sumich recuerda en National Catholic Register la profunda cultura deportiva que impregnaba su país natal.

"Estaba tan cautivado por el rugby y otros deportes que los puse por encima de mi fe. Fui a escuelas católicas, pero no era consciente de lo que hacía, y sabía mucho más sobre cómo practicar deportes que sobre los sacramentos o la oración", confiesa.

Mientras estudiaba Ingeniería, exploró su espíritu cosmopolita y deportivo viajando por todo Europa.

Guerra, disparos y rugby

Cautivado por Croacia, entonces parte de la república de Yugoslavia, tuvo que abandonar el país cuando comenzó la guerra de independencia en 1991 y viajó a Grecia, Italia, Francia, Alemania, Austria o Polonia. Allí, la cultura, el rugby, el cricket y el esquí ocupaban las 24 horas de su jornada.

"La paz de Croacia a finales de los 80 que se convirtió en guerra a principios de los 90 fue una experiencia desagradable", recuerda: "Los disparos y los aviones militares que nos sobrevolaban eran la norma, y una vez incluso me apuntaron con un arma y me rodearon con un montón de civiles".

Durante los 4 años que duró la guerra, el joven neozelandés fue instructor de esquí en Austria.

Concluido el conflicto le nombraron entrenador de la selección croata de rugby y en 2001 alcanzó "la cima de los países más pequeños de Europa" al obtener el segundo puesto en la Copa de Europa de Naciones. También jugó en la selección nacional de críquet.

Durante aquellos años, Sumich compara su ascenso en el ámbito deportivo a un resurgimiento de su fe que "estaba subiendo de rango" y que le permitía "comprender mejor el significado de la vida".

"Si hubiera muerto, estaría en el infierno"

"La fe en Croacia era floreciente, se habían liberado del comunismo y la Iglesia era libre. Todos tenían rosarios en sus bolsillos", recuerda el joven ingeniero", recuerda.

Sin embargo, fue necesaria una experiencia cercana a la muerte para que tomase una resolución. "Tuve un accidente de coche mortal. El coche quedó aplastado casi por completo y yo debía haber sido aplastado, pero salí ileso. Supe, de pie, junto a los restos, que el accidente se parecía a mi alma, y si hubiera muerto estaría en el infierno", explica.

Casi sin darse cuenta, Sumich se encontró "practicando la fe por primera vez" en su vida: "Quería saber más sobre la fe, porque me había olvidado de todo", relata. Desde aquel momento, comenzó a confesarse y rezar con frecuencia, y a los 34 años se dedicó por entero a profundizar en el rezo del rosario durante un año.

Retomar la práctica religiosa supuso una inflexión para el entrenador neozelandés, también en su enfoque deportivo.

"Estábamos compitiendo y tocaba las cuentas del rosario que tenía en mi bolsillo", menciona. Dirigiéndose a sus jugadores, les recordaba su deber con una frase: "Ten una vida moral fuerte y tendrás un carácter fuerte en el campo de rugby; ten una vida moral débil, y serás el primero en tirar la toalla cuando las cosas se ponen difíciles".

El padre Antony Sumich,Brent Boutwell y el Padre Gregory Bartholomew.

El padre Antony Sumich, con el laico Brent Boutwell y el Padre Gregory Bartholomew, -también de la Fraternidad San Pedro- en el monte Kilimanjaro.

Devoto del rosario, San Agustín y la misa tradicional

A su regreso a Nueva Zelanda, un amigo le invitó a una misa tradicional en Auckland. "Me encantó lo que presencié. Fue diferente a cualquier otra misa a la que había asistido. Me parecía serio, santo y hermoso. Se podría decir que era un rito centenario que expresaba la fe católica de manera sublime. Estaba impresionado", recuerda.

Poco después comenzó a estudiar un catecismo que le regaló su madre y cayó en sus manos las Confesiones de San Agustín.

Junto con estos libros, Sumich continuó rezando el rosario e incorporó a sus oraciones diarias las 15 oraciones de Santa Brígida, por lo que recibió "abundantes gracias" en su alma.

"Tras ese año de oración a Santa Brígida, estaba seguro de una cosa: estaba llamado a ser sacerdote. No sabía cómo hacerlo, pero sabía con certeza que el sacerdocio era para mí", afirma.

El neozelandés comenzó así "un divertidísimo viaje a Roma", donde acudió a una Oficina de Información del Vaticano para preguntar lo que debía hacer para ser sacerdote.

Tras recordar "la sobrecogedora experiencia" de la misa tradicional en Auckland, fue guiado por un sacerdote escocés a la Fraternidad Sacerdotal San Pedro, fundada en Suiza en 1988 dedicada a "la formación y santificación de los presbíteros en el cuadro de la liturgia tradicional", según su página web.

Allí comenzó su formación sacerdotal hasta su ordenación en 2008.

La salvación, "más fácil que un partido de rugby"

Tras años en relevantes ligas deportivas internacionales y europeas, Sumich trata su misión actual desde el sacerdocio como "la más importante" de las competiciones: la salvación.

"Realmente, es la única competición importante, porque si perdemos esta, lo perdemos todo", explica. "Tenemos un enemigo mucho más feroz que cualquier oponente atlético o deportivo, que arde en odio por nosotros y nos miente de múltiples maneras", añade.

Sin embargo,  considera que "la salvación es mucho mucho más fácil que ganar un partido de rugby".

"La buena noticia es que Dios quiere que nos salvemos más de lo que lo queremos nosotros mismos. Nuestro trabajo no es salvarnos nosotros, sino dejar que Dios nos salve. Solo tenemos que ser lo suficientemente humildes para pedir ayuda", concluye.

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