Martes, 17 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Padre Ángel García–Rayo Luengo

Un cura dice que la poesía tiene la misión de «señalar el horizonte de la Esperanza, que es Jesús»

ReL

Padre Ángel García  Rayo Luengo
Padre Ángel García Rayo Luengo
El Padre Ángel García – Rayo Luengo, sacerdote sevillano de 48 años, que actualmente ejerce su ministerio en Buenafuente del Sistal, en la Diócesis de Sigüenza-Guadalajara, acaba de publicar en la Editorial Monte Carmelo La palabra que arde, su última obra poética desde que en 1988 viera la luz su primer poemario Jardín Íntimo, que fue galardonado con el 2º Premio a nivel nacional María Agustina de Lorca, Murcia.

Vendrían después otros títulos como Triunfo de la Luz (2001) El corzo herido (2003) que fue finalista del XXIII Premio Mundial de Poesía Mística Fernando Rielo, A través del abismo (2007) Madre (2009) Albedo (2011) Hébridas (2012) y Christus (2013). Estas cinco últimas obras publicadas también por Monte Carmelo. Tiene en pruebas otro nuevo libro que, si Dios quiere, saldrá este año de 2015, En la Luz de tu Amor (versos a Dios) en la Editorial Bendita María.
           
El Padre Ángel nació en Sevilla el 1 de agosto de 1967. Vivió su niñez en el sevillano barrio de los Remedios. Su adolescencia transcurrió en una urbanización cercana al sevillano pueblo de Mairena del Alcor, Los Claveles, donde la poesía, según él mismo señala, le fue dada.

Cursó estudios de Filosofía y Letras en la universidad de la capital hispalense. Más tarde, estudió Teología en el Seminario de Toledo y recibió la ordenación sacerdotal de manos de Don Francisco Álvarez Martínez el 20 de diciembre de 1998 en la catedral de Toledo. Fue destinado como vicario parroquial a una parroquia de la ciudad imperial, San José obrero, y, más tarde, al literario  pueblo de El Toboso donde ejerció su ministerio casi cuatro años. Posteriormente, como párroco, fue enviado a otras dos parroquias muy cerca de Gredos, Almendral de la Cañada y la Iglesuela, pueblecitos de la Sierra de san Vicente y el valle del Tiétar. En 2003 tomó contacto por primera vez con Buenafuente del Sistal, en el Alto Tajo, y allí vive de forma estable desde el año 2005 formando parte del equipo de sacerdotes que atienden la comarca, catorce parroquias.
 
- Su último libro… ¿porqué éste nombre?  ¿qué puede encontrarse dentro?
- La Palabra que arde hace referencia a la palabra poética. Czeslaw Milosz, el gran poeta polaco, premio Nobel en el siglo XX, clamaba en los últimos días de su vida preguntando al mundo, tras haber visto, hace tan sólo unas décadas,  su tierra y Europa entera devastadas por el terror y haber visto con sus ojos el sufrimiento indecible de millones de personas y el mismo infierno en la tierra: “¿Qué poesía es ésa que no salva a las naciones?” El arte tiene una misión. Yo no me creo salvador de nadie, el único salvador es el Hijo de Dios, pero aquí y ahora todos tenemos dones recibidos y una tarea sumamente importante, una misión que realizar, y es señalarnos unos a otros el horizonte cierto de Esperanza que tenemos, que está ahí, ahora mismo, iluminando como el alba la orla de los montes o de los edificios de las ciudades, aunque aún sea de noche en este valle de lágrimas. “La noche está avanzada, el Día se echa encima” dice san Pablo. Tenemos que ayudarnos a mirar arriba, a Dios, ayudarnos a despertar de la somnolencia, de la acedia en la que vivimos y, al mismo tiempo y por contraste, del vértigo del mundo actual, ante el peligro real de que se nos quieran imponer, como siempre ha ocurrido y ocurrirá, sustitutos de Dios, becerros de oro, ídolos, ya sea en el pensamiento como en la política, en la cultura en general y, perdón si suena fuerte, en la misma Iglesia (estoy pensando en ciertas teologías secularizadas y muy concretamente en la interpretación secularizada de la Sagrada Escritura que es una herencia, en las manos, de la Ilustración, el positivismo materialista y algún teólogo protestante, y que está haciendo estragos hoy en la vida de tantos cristianos).



Un ídolo no es nada pero esa nada supone una amenaza terriblemente verdadera. Todo lo que nos aparte del Dios que se ha revelado a sí mismo o de aquello que El nos ha revelado nos lleva, sin remedio, a la desesperanza y puede llevarnos, de nuevo, a la destrucción, al terror y a la esclavitud. Por eso mi palabra, y en concreto mi palabra poética, arde y arderá hasta que me muera. El arte, precisamente por ser expresión del alma del hombre, de lo sobrenatural e inmortal que hay en él, tiene una misión insustituible en este mundo y en esta época y es, como decía, señalar el horizonte de la Esperanza, la cual solamente es Jesús, el Señor, el Hijo de Dios, el Verbo encarnado. Fuera de Él no hay nada.

En este momento histórico, en el mundo occidental donde impera el desolador relativismo, donde se nos quieren quitar las certezas que fundamentan la existencia, donde la identidad propia se diluye en el magma relativista, es urgente atender al pensamiento, al lenguaje, a los matices de ambos, y subrayo la palabra matices, porque son muy importantes, son esenciales. Nos jugamos en ello el sentido de la realidad y, no le quepa la menor duda, el acontecer concreto, histórico, de nuestras vidas. La filosofía, a la que de siempre se viene subestimando tan imprudentemente, hace la historia. Las ideas mueven el mundo y el lenguaje es el transmisor de las ideas. La misma historia es testigo fiel de ello. Por eso, Milosz clamaba y, por eso, yo también clamo. El poeta polaco señalaba también que, en poesía, las cosas grandes se dicen con palabras sencillas. La Palabra que arde quiere decir esto, esas cosas grandes, las absolutamente necesarias, con palabras sencillas.

- ¿Qué arde en el corazón de Angel García – Rayo Luengo?
- Ante todo, un anhelo muy grande de Dios pero también un gran deseo de gritar a los cuatro vientos que nuestra vida, la de cada uno, está llena de sentido porque Dios está ahí y nos ama, nos ama desde toda la eternidad. Somos hijos y, por ello, también somos hermanos. En vivir como hijos está la clave de todo y, sin Dios, todo lo demás, dele usted las vueltas que quiera, es vano. Arde también en mi corazón un celo por el pueblo de Dios y por la Revelación que el Señor ha hecho de sí mismo y confiado a su Iglesia, porque ahí está el horizonte, ahí está nuestra salvación. Sufro mucho cuando el cristianismo es frecuentemente presentado por supuestos entendidos, en definitiva como una invención o como mera sociología o ética; cuando se reduce la Biblia a un mero texto del pasado; cuando se divide a Cristo en un Cristo de la historia y en otro, distinto, el que la fe proclama, que la primera comunidad cristiana se habría inventado –lo cual, dicho sea de paso, sirva de señal para darse la vuelta y abandonar esa senda, la cual es un callejón sin salida, a todo aquel que se encuentre con semejante afirmación, completamente errónea y absurda, u otras por el estilo-; cuando un profesor de Escritura o alguien con responsabilidad en la Iglesia niega los milagros de Jesús, o sostiene alguna herejía cristológica (se niega la divinidad de Jesús, se niega su Pasión redentora, se niega su Resurrección corporal, se niegan sus apariciones reales, etc…) o se pronuncia contra la virginidad de María. Es decir, cuando, imbuidos de la ideología racionalista, siempre que en el texto sagrado aparece un elemento divino, hay que explicarlo todo de otro modo y reducirlo al elemento humano (Así, el Antiguo Testamento se queda en un buen conjunto de historietas sin parangón en la historia de la literatura y el Nuevo Testamento se queda en una invención de los primeros cristianos. Toda la Sagrada Escritura es objeto de esta vieja profanación actual, pero hay algunos puntos claves: en el Antiguo Testamento -la historia de Abrahán, la historia de Moisés y muy en concreto el paso del Mar Rojo, muchos de los otros hechos narrados, los vaticinios de los profetas, especialmente Isaías 53, en dónde el profeta, 800 años antes, anuncia explícitamente a Jesús en su pasión redentora - y en el Nuevo Testamento -Los acontecimientos de la infancia de Cristo narrados por Lucas y Mateo, especialmente su concepción virginal, los milagros, el hecho central de la resurrección del Señor y todos y cada uno de los detallados acontecimientos pascuales-).

Todo ello, siguiendo a Loisy, Renan, así como a otras “lumbreras” de antaño y de ahora y de cierta teología protestante, la de Bultmann en concreto, se etiqueta como mito. Tal como lo oye, mito, mito como los de las ninfas, las náyades, los sátiros, las Moiras y las Gorgonas y de los muchos dioses griegos y romanos, que tenían pasiones y vicios, como los humanos. Se muestran las actuaciones de Dios en la historia que nos han dado la vida eterna como si fueran mitos y se le da al pueblo de Dios, no la leche sana de la historia de la salvación y de los contenidos concretos de la fe revelada, que no cambian ni cambiarán por mucho que cambien los tiempos (en la fe no hay paradigmas, la fe no es un paradigma –esta palabra que es tan del gusto actual porque se nos ha impuesto a la fuerza- La fe cristiana es, sencillamente, la verdad, y es la verdad porque es Dios quien ha hablado y quien ha actuado en la historia) sino que se le alimenta con una leche adulterada, aguada, interpretada subjetivamente, manipulada, pasada por la criba de un supuesto análisis científico que en realidad no lo es, porque ha extrapolado el campo limitado de su ciencia, con un método, el histórico-crítico, que, aunque tarado en principio por su misma filosofía de fondo, puede ser válido en sí, pero que en la mayoría de las ocasiones no se ha usado ni se usa válidamente, es decir, como un medio sino como fin, para hacer afirmaciones que, primero, son erróneas, pero que, además, y esto es lo peor, se salen de su terreno para adentrarse, queriéndose imponer, en otros que no le corresponde en absoluto, por ejemplo y muy especialmente el de la exposición de la fe (la formación, la catequesis, las homilías). Y esas afirmaciones que se anuncian como científicas, y no lo son,  se presentan como axiomas, desde una razón, lo sepan o no, convertida en ídolo. No se puede hacer eso nunca. Las consecuencias son gravísimas, para la propia fe y para la de los que escuchan o leen. Sólo la Iglesia es la intérprete autorizada de la Sagrada Escritura porque a Ella le ha sido dada. No hay ninguna exégesis correcta del texto bíblico sin la fe de la Iglesia, ninguna. Pero es que, y aquí es donde a mí me tocan el alma, por un prurito de alarde de supuesto conocimiento se pueden talar y, de hecho se talan, las raíces de la Esperanza en muchas personas a quienes se desorienta y se les destroza la fe. Quizá muchos no sean conscientes, pero no hay mayor falta de caridad con el prójimo que ésta, matar la Esperanza. Tenemos un mensaje que transmitir, un mensaje que no es nuestro y el mensaje consiste en hablar de Jesucristo, de Jesucristo tal y como El se nos ha revelado. Y Jesucristo es Dios hecho hombre, la Palabra increada por quien y para quien fueron hechas todas las cosas, que fue concebido en el vientre de la Virgen María por el poder del Espíritu Santo para quien nada hay imposible, que hizo los milagros que acreditaron su divinidad, que murió en la cruz por nuestros pecados y al tercer día resucitó del sepulcro, de entre los muertos, que ascendió al cielo, para abrirnos a nosotros sus puertas, con su humanidad resucitada y que nos llama con un amor infinito a cada uno, por el nombre, al encuentro con El, en las circunstancias concretas de nuestra vida, sean las que sean, y en todo momento. Este es Jesús y no otro. El es la Vida, El es la Verdad, El es el Señor. No hay otro camino, no lo hay.

- ¿Qué vínculo tiene esta obra con las anteriores, Albedo, Hébridas, etc…?
- Todas  mis obras tienen el mismo vínculo, un canto apasionado de amor a Dios y un canto a la dignidad del hombre, que quiere ser al mismo tiempo, éste último, llamada firme a la Esperanza, a no dejarse quitar la libertad que Dios nos ha dado y también alerta atronadora ante todo lo que se nos quiere presentar como sustitutivo del Señor o menguarle o difuminarle, de cualquier modo, a Él mismo. Recuerdo una Eucaristía en la que concelebré, presidida por uno de nuestros obispos en la que llegado el momento de la homilía, el prelado se puso en pie y simplemente dijo: “Miren ustedes, yo no soy ningún fanático, pero el único salvador es Jesucristo”. Inmediatamente se me inundaron los ojos de lágrimas, el corazón se me vino a la boca y a los ojos, y daba gracias a Dios en silencio con toda mi alma. Me sentí profundamente conmovido en mi interior porque no es muy fácil escuchar esto hoy, así, sin más glosa ni paños calientes, con toda la claridad y la fuerza que sólo puede dar el Espíritu Santo. Si hoy dices esto, tal cual, te pueden llamar fundamentalista, integrista o decirte que estás en una ideología (es curiosa la proyección que se puede llegar a hacer).

Bien, pues “bienaventurados cuando os calumnien y digan mal de vosotros de cualquier modo por causa mía, estad alegres y contentos porque vuestra recompensa será grande en el cielo”, pero esto es precisamente lo que hay que decir y, si no se dice esto, todo lo demás es palabrería. No se trata de imponer nada, el amor no se puede imponer, se trata de fidelidad al anuncio que hemos de proclamar con las palabras y con las obras. El pueblo de Dios hoy necesita escucharlo y yo, que soy sacerdote, necesito escucharlo también, escucharlo así, una y otra vez. Y, si me permite, quisiera añadir que si la presentación racionalista, que no racional, de la fe es un arma potentísima de Satanás, especialmente hoy día, no lo es menos la omnipresente oferta a los cristianos de una amalgama de pseudo-místicas orientales a la carta, de la llamada New Age, que no es más que el viejo gnosticismo vestido de siglo XXI.

Lo que distingue a todas esas pseudo-místicas, como muy claramente señalaba el Cardenal Daniélou, es borrar las fronteras que separan a Dios de lo que no es Él. Es decir, un verdadero panteísmo. Así, estamos ante una espada con doble filo. Si se da cuenta, es la doble vía por la que siempre ha sido atacada la fe cristiana desde sus orígenes y la doble vía por la que, de un modo u otro, siempre lo será: Por un lado, la negación de la divinidad de Jesucristo y con ello todo el sobrenatural (arrianismo, racionalismo, interpretación secularizada actual de la Biblia, etc…) por otro, la negación de la verdadera humanidad (gnosticismo, docetismo, panteísmo, etc.. Aquí se da, por supuesto, especialmente, una negación de la misma Iglesia y su mediación).

Jesús preguntó los suyos: “¿Y vosotros quién decís que soy yo?” Anunciar a Jesús como quien es. “Ego sum qui sum”. Cómo llegaban a mi alma estas misteriosas palabras que, asombrado, veía inscritas en letras doradas en el ambón de mi parroquia de san Joaquín, en Sevilla,  cuando era niño… sin saber lo que querían decir resonaba en mi interior y se me quedaban grabadas a fuego en los ojos. La fe no es algo exterior o conceptual o separado y desconectado de la vida real, no lo es en absoluto. Santa Teresa decía: “también entre los pucheros anda Dios”. Pero es que no es solamente eso, ni muchísimo menos, es que, como dice san Pablo categóricamente: “La realidad es Cristo”. La fe -los contenidos de la fe- da sentido a la vida y sin ella la vida carece de sentido. Es así de simple. “Si Cristo no ha resucitado vana es vuestra fe, seguís con vuestros pecados y los que han muerto se han perdido (…) si nuestra esperanza en Cristo es sólo para esta vida, entonces somos los más desgraciados de los hombres. ¡Pero no! Cristo ha resucitado el primero de todos” Por eso, sufro tanto ante presentaciones desvirtuadas de la fe, porque afectan la vida y la afectan plenamente, porque soy pastor y, al mismo tiempo, también soy oveja. Y los otros y yo, que somos rebaño de Cristo, tenemos derecho a la sana doctrina, a los verdes pastos de certezas de fe que el Señor nos ha dado y que iluminan la existencia toda, la vida y la muerte, y no a los secarrales y cenagales y precipicios de la incertidumbre y de la duda y de la negación donde, a veces, se conduce al pueblo de Dios. ¿De Dios no se puede decir nada? De Dios se puede decir todo lo que Él nos ha dicho de sí mismo y lo que Dios nos ha dicho de sí mismo, su propia Revelación, está en la Sagrada Escritura y en la Tradición viva de la Iglesia, inseparablemente unidas. ¿Un cristianismo sin Cristo, Señor del cielo y de la tierra, y éste crucificado? No, gracias. Este es el vínculo de todos mis libros. Albedo, desde el mundo de la cosmología y la astronomía, canta con la misma Creación a su Señor y alerta contra el cientificismo, que no es ciencia, el cual proclama que el cosmos y el hombre es fruto del azar.

Hébridas es una llamada a los artistas para dar razón de la Esperanza, y lo hace desde las obras de la Música Clásica que, personalmente, más me llegan al corazón. Christus es un canto de amor a Jesucristo en su Pasión, una invitación a entrar en ella para contemplar a nuestro Señor, y desde ella, un canto a su preciosísima sangre que nos ha dado la vida eterna.

- En este poemario de 30 piezas tiene que haber alguna que signifique algo muy especial para usted. Dígame en qué página puedo encontrar ese mensaje que como autor le ha conmovido a usted profundamente.
- “Tú eres la Misericordia” en la página 31. Es muy especial para mí porque si de algo tengo experiencia viva en mi existencia es de la Misericordia del Señor, de su perdón, de su Amor, de su Amor incondicional. Permítame, a propósito, otra anécdota. En una ocasión estaba yo en casa pensando acerca de esto, del amor incondicional de Dios. Tantas veces a fuerza de usar las palabras nos podemos hacer insensibles a las realidades que nombran… En fin, mi madre estaba haciendo la cena y pensé en preguntarle a ella simplemente qué es el amor incondicional, sin más. Luego, yo haría, por analogía, según lo que ella me contestase, una referencia personal al amor de Dios. Fui y le pregunté: -Mamá, ¿puedo hacerte una pregunta?- Sí, hijo- me contestó.-¿Qué es el amor incondicional?- Y mi madre, sin dudar un segundo, me miró sonriendo y me dijo: -Que tú no tienes que hacer nada para que yo te quiera- Me dejó de una pieza, me dejó en oración.
           
“Tú eres la Misericordia, yo soy la miseria / Tú eres al agua viva, yo soy la tierra sedienta / Tú eres la medicina y yo soy la herida abierta / Abrázame en tu ternura, abrázame en tu clemencia / abrázame en tu dulzura, abrázame en mi indigencia / Abrázame / Tú eres la Misericordia, yo soy la miseria”.

- Después de 9 libros de poemas en lo que básicamente se ensalza al Señor y a su Madre, ¿qué le queda dentro que quiera decirles en verso y aún no haya hecho?
- No he dicho nada. No basta una eternidad tan sólo para dar gracias…

- ¿Conoce más curas poetas en ejercicio de ambas cosas?
- Sí, y muy buenos curas y poetas. Recuerdo una poema de José María Pemán. Eran unos versos dedicados a un joven sacerdote recién ordenado. Bueno, no los recuerdo exactamente pero venían a decirle al nuevo presbítero que cuando Dios le hizo poeta comenzó a hacerle sacerdote. Qué bonito ¿verdad? No porque ser poeta sea ningún modo de sacerdocio sino porque, al ser poeta, su alma estaba especialmente abierta para captar la manifestación del Señor en aquello que ha creado y para sentir su presencia como el profeta Elías la sintió en la suave brisa, para comenzar a escucharle. Esa ha sido, doy gracias a Dios con todo mi ser, mi vida.

- Cuándo y cómo nació su inquietud literaria.
- A los dieciséis años comencé a leer y a escribir poesía. Un amigo vino un día a casa. Había escrito un poema y me lo leyó. Me sentí movido a hacerlo yo también. Desde entonces, no he dejado de escribir. A medida que iba leyendo, sobre todo a los grandes poetas, se acrecentaba en mí el deseo de escribir. Cómo están grabadas en mi memoria y en mi corazón aquellas noches adolescentes en las que paseando a solas escribía mis versos, ¡lloraba haciéndolo! La poesía en mí nunca ha sido un pasatiempo ni una afición, no, por Dios, ha sido y es una vocación.

- ¿Usted escribe porque le apasiona o porque lo necesita?
- Ambas cosas. Por supuesto que me apasiona, es más, la poesía ante todo es pasión, es pathos, si no ¿en qué se quedaría? en mera reflexión o disertación. No, la poesía es una pasión fecunda, que da vida. ¿Ve usted las fuerzas escondidas y latentes de la primavera poco antes de que ésta llegue? Permítame la metáfora para expresar la pasión de la poesía. Y ésta ha de ser siempre una primavera, magnánima, magnífica, abundante, fuerte, esplendorosa, fiel a sí misma, si queremos que sea verdadera poesía y que pueda hacer bien a otros. Al mismo tiempo, claro que lo necesito. No me puedo conocer y comprender a mí mismo sin la poesía. Si yo no escribiese habría muerto en mí algo esencial,  sería… como dar muerte a un ruiseñor.

- En su caso ¿escribir es rezar?
- En mi caso, siempre, siempre, siempre. Porque si rezar es, como dice santa Teresa, tratar de amor con Aquel que sabemos que nos ama, ése trato de amor, ése diálogo amoroso con Dios se da, al menos en mi caso, de un modo muy especial en la poesía. Siempre lo he vivido así.

Aunque comprendo que haya poetas que no tengan esa vivencia. En cualquier caso, tiene que haber, y de hecho lo hay en todo poeta por el hecho de ser hombre pero quizás acrecentado por su condición de poeta, una sed, un anhelo de Belleza, de Verdad y de Bien y esto es, en el fondo, una búsqueda de Dios. Cuántas veces he tenido la dichosa experiencia de ser inundado por la inspiración. Esto es curioso, me refiero a la inspiración. No se trata de oír al dictado la voz de Dios, pero sí de saber y de sentir, con toda certeza interior, que lo que está inundando como un torrente tu alma, tu mente y tu corazón para traducirlo después en versos, lo estás recibiendo. Lo recibes y contestas con el poema. Dios está ahí, cuánto más si uno se abre consciente y humildemente a El.

- ¿Qué es la poesía?
El don de decir lo inefable.

- ¿Para cuándo, si cree que será posible, una obra del Padre García-Rayo en prosa?
- La verdad, no lo sé. Salvo un cuento breve, El espejo de Anuba, que escribí hace unos años para mi hermana Sonia, no he hecho nada más en prosa. Tengo un Auto Sacramental moderno en verso, Ópera, inédito. En cuanto a escribir sobre espiritualidad, maestros hay en la Iglesia Católica para ello. No obstante, no descarto, si Dios quisiese, poder hacer algo en este sentido algún día.

- Hábleme de la Editorial Monte Carmelo y dígame ¿cómo encontrar otros títulos suyos?
- Es una gran Editorial Católica, muy conocida, que hace una importante labor de evangelización. Fue providencia de Dios conocerles hace ocho años en Burgos. Desde entonces, vengo publicando con ellos porque son ediciones esmeradas, muy profesionales y tienen un nombre reconocido dentro del mundo editorial.

En cuanto a encontrar mis libros, lo mejor es mirar en la página web de Buenafuente del Sistal: información@buenafuente.org o llamando al número 949-835-058.

- Para acabar padre, ¿la Poesía es, también, obra de Dios?
- La Poesía, si es Poesía, como cualquier Arte, como la vida misma, es, antes que nada, obra de Dios en el sentido de que es don de Dios. Es Dios quien da sus dones, como cree conveniente, a cada uno. Después, ese don se secunda con la dedicación, el cuidado, la lectura, etc... Mozart decía: “Yo no sé quien hace mi música, pero no soy yo”.  Esto es verdad en un primer momento, es decir, como don que Dios da.

El poeta primero nace, después se hace; Sin embargo, también es verdad un segundo momento. Hay que formarse, hay que leer constantemente a los poetas, sobre todo a los grandes (Dante, Hölderlin, Leopardi, Darío, Salinas, Hernández, los románticos europeos en general -en mi opinión la literatura del XIX es insuperable- el siglo de oro español, la generación del 27, etc…) hay que trabajar el poema (no mucho, es mi criterio, para no quitarle fuerza y frescura). Cuando, como ya he dicho, se escribe inundado de inspiración, se tiene una verdadera experiencia, muy dichosa, de estar recibiendo lo que con el corazón y la mente se traslada al papel (yo suelo escribir en papel, no en el ordenador. Eso viene después)
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