Viernes, 19 de julio de 2019

Religión en Libertad

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La brutal blasfemia de Charlie Hebdo y la batalla que no se ve

por No quedará piedra sobre piedra


Cuando en el ya lejano 2006 se desató el escándalo de las caricaturas contra Mahoma parecía que estaba en juego la colisión de dos principios: la libertad de expresión frente al respeto a la religión o a las convicciones religiosas. La ola de odio que se desató en naciones islámicas parecía confirmar lo sacrosanto de la libertad de expresión, pues si los fanatismos religiosos así reaccionaban, se confirmaba la necesidad de esa libertad de expresión como garantía de la libertad que había construido Europa. Las revueltas provocaron varios muertos y todos los políticos de la occidentalidad se apresuraron a templar gaitas y a llamar a la responsabilidad que debía regir todo ejercicio de esa libertad de expresión. Había cundido el pánico. Pero la espita había saltado. Occidente parecía jugarse su ser, su esencia, en el hecho de poder burlarse de lo religioso.


Y aunque pueda parecer exagerado así lo manifestará sin ambages el editorial del periódico español El Pais del pasado 23 de septiembre de 2012, con motivo de nuevos incendios en las calles ante la película contra Mahoma y las nuevas caricaturas realizadas por la revista satírica Charlie Hebdo:

El valor sagrado de una imagen o una creencia no puede imponerse al resto del mundo. La libertad de expresión es la esencia de la democracia y el fundamento de la organización social y política que se han dado las naciones más progresivas del planeta. Su defensa difícilmente puede resultar excesiva.

No hay por qué esperar que los países musulmanes adopten los estándares occidentales. El fanatismo es planta que crece en todas partes. Pero alcanzar el saludable desapego y escepticismo de Occidente ante lo sagrado, que pueda ser abiertamente criticado y hasta ridiculizado, ha costado siglos de conflictos y titánicas batallas de pensamiento.

 
De un modo expreso, y sin pedirlo, se había hecho una veraz declaración de principios. El peligro era inminente, la amenaza del fanatismo islámico tenía la loca pretensión de entender intocables ciertas creencias, ciertas imágenes. Se quería volver a imponer el silencio ante los “dogmas”, por lo que era necesario que saltaran por los aires las máscaras para defender sin ambages, ante la inminencia del peligro, la mercancía verdaderamente valiosa: el saludable desapego y escepticismo de Occidente ante lo sagrado.



El reconocimiento de intenciones no puede pasarse por alto, pues refleja y explica el dónde estamos y se nos alerta del hacia dónde vamos. Occidente, para esas minorías que controlan las políticas, no puede fundarse en la inviolable dignidad de la persona humana, sino en la desacralización ante lo religioso, desacralización por la que se ha “luchado durante siglos de conflictos y titánicas batallas de pensamiento”.


Por ello cuando se olvida ese objetivo por el que llevan luchando siglos y uno se acerca al desconcertante campo de lo profético, de los místicos, o de las mariofanías, parece surgir un pensamiento aparentemente razonable, como si se estuviera ante lo vano, ante curiosidades de gentes vacuas. ¿Dónde queda lo predicho?, podría decirse. ¿Dónde esas catástrofes anunciadas? ¿Dónde esos castigos que habrán de hacer temblar hasta a los mismos ángeles? Porque sigue la misma normalidad de la vida, ayer y ahora, sin que nada pase salvo la misma cotidianidad. Quizá por ello el mismo Juan Pablo II debía reconocer a la periodista Aura Miguel que el grado de descreimiento había llegado hasta a los expertos: “por otra parte los mayores especialistas en la doctrina de la fe quedan muy satisfechos si ven que una palabra o una promesa, pasados los años, se cumple de alguna manera”.


Es una desconcertante realidad: la de que los anuncios, los graves anuncios proféticos, se repiten pero todo parece seguir lo mismo. Entonces, como una sombra de desilusión, se pierde la confianza en el profeta y en lo profetizado, porque si lo anunciado no se cumple, ¿porqué se ha aceptar el mensaje? Más cuando ese mensaje pide cambiar de vida, de vida personal, sin que la vida, la vida social, cambie. Como si todo hubiera de continuar lo mismo, pero sin ver que ya nada es lo mismo, porque como un viento imperceptible, se avance por la pendiente día a día. Quizá se esperaba ver caer fuego del cielo, sin entender que el fuego quizá haya de caer, pero lo que ha caído antes es una guerra espiritual que nos ha encontrado desarmados e incrédulos. Guerra espiritual solapada y cruel, en la que una mirada en retrospectiva ayuda a percibir su alcance tal es la posición a la que han retrocedido las lineas de defensa, llegando hasta a desaparecer de la vida pública de antaño cristianísimas naciones todo rastro de fe.


¿Se percibe esto? Difícilmente estamos entendiendo que la batalla, desde hace siglos es cruel, y que hoy está alcanzando las últimas posiciones de defensa. La batalla es una terrible batalla espiritual que para muchos pasa desapercibida. O bien porque se mofan de unas estrellas que nunca se tambalean o bien porque esperan ver caer fuego del cielo sin sentir que los pies ya se nos incendian. Como si esa degradación de la vida moral, que quizá al principio pudo resultar violenta y chocante, fuera hoy connatural e intranscendente compañera de nuestros días. E incluso saludable para el progreso de las naciones. Al menos mientras no caiga fuego del cielo, ni naciones bárbaras pasen a cuchillo antiguos esplendores imperiales que sucumben víctima de su degradación.


Por ello cuando el 7 de noviembre de 2012 la revista Charlie Hebdo decidió burlarse de los católicos no se elevó ninguna señal de queja ni de aplauso. Fue un al-modo-de-indiferente-desconocimiento. Ni siquiera estrategia de silenciamiento para evitar publicidad, simplemente la connaturalidad del mal, con el que se convive como si tal cosa. Como si la burla, el desprecio a lo religioso, a lo sagrado, a la inviolabilidad de la dignidad de la persona, fuera una mercancía más que puede estar o no, sin que nada pase. Por eso aquel 7 de noviembre Charlie Hebdo manifestó que la sensibilidad del alma católica está dormida, que se la puede herir a placer azotada como está de indiferencia, acostumbrada a la desacralización.


¿Qué se podía decir ahora, no era la sacrosanta libertad de expresión el baluarte de nuestra occidentalidad? ¿No era el despego a lo sagrado, su crítica y burla, la meta de siglos de cruda batalla? Ahora era el mismo ser de Dios el que se pisaba cruda y brutalmente, y el silencio confirma que la batalla por la desacralización de occidente ha alcanzado logrados frutos. Al menos que quien vea la cruel blasfemia eleve al Cielo un sentido desagravio. Porque detrás de la burla contra Dios no está la venganza de los Cielos sino la elección del que es mentiroso desde el principio. Y los frutos de ese árbol nunca son de paz, porque la connaturalidad de la degradación no sólo es incapaz de generar la atmósfera limpia que posibilite el crecimiento del alma y de la inocencia, sino que es caldo de cultivo de un simple “desapego y escepticismo ante lo sagrado, que puede ser abiertamente criticado y ridiculizado” hasta que lo eleve a la categoría del odio.




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