Jueves, 18 de abril de 2019

Religión en Libertad

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El fracaso de la mujer en su triunfo. Lo que profetizó Parravicini


Los anuncios publicitarios siguen un modelo eficaz: repetir sencillos mensajes hasta crear la necesidad. Y nuestra época maneja con igual éxito mensajes sencillos que movilizan las intenciones, los ánimos y los deseos. Y así se nos dice: “esfuérzate, porque entonces conseguirás lo que te propongas.” Y el mensaje parece cierto por cuanto viene acompañado de aquel que lo personifica, como un Ferran Adria o un Steve Jobs. Como si se nos dijeran: “ese podrías haber sido tú con sólo que te esforzaras. Esfuérzate, por tanto, y lo conseguirás”. El modelo es necesario para dotar de verosimilitud al mensaje, -como la rubia que acompaña el anuncio de un coche- porque en el modelo encontramos el anclaje y la motivación para ese esfuerzo, justo porque buscando emular al que triunfa, soportamos cuantas penosidades conlleve. Pero el mensaje es falaz y perverso, porque nada derriba tanto una teoría como la realidad misma. Y la realidad es tozuda: sólo triunfan unos pocos y las penosidades soportadas por tantos no son sino las piezas necesarias para encumbrar al triunfador.


Una mirada desapasionada de lo anterior muestra como ese mensaje-trampa es clave para el sostenimiento pacífico del sistema capitalista, porque asumiendo la penosidad laboral y vital en aras a un hipotética mejora, el trabajador soporta carros y carretas porque ya llegará su desquite. Aunque el desquite quizá nunca llegue. Y un desapasionamiento mayor nos lleva a vislumbrar una perversión más profunda: la utilización de los deseos loables de los hombres para sostener injusticias o desigualdades. O en clave ética: la utilización de las virtudes morales para lograr fines espurios. En el fondo, la perversión de la grandeza del hombre para lograr la maximización de los beneficios en aras a la riqueza de unos pocos.


Es tozuda la realidad mostrándose así misma en contra de cuantas teorías pretenden negarla. Y aún así se seguirá negando.


Con el tema de la mujer sucede algo semejante. ¿Qué dice la teoría y qué dice la realidad?


En el orden de la teoría es evidente la presión social (con orígenes ideológicos bien definidos y conocidos) que pretende uniformar la misión del hombre y de la mujer en el mundo, y una misión en aras al éxito del mismo mundo reducido a materialidad cuantificable en riqueza. Dicha presión adquiere tintes cada vez más evidentes en el orden legislativo, de modo que será la misma regulación legal de las naciones la que “defienda” ese proyecto de construcción del mundo en clave económica encomendando tal construcción en partes iguales a hombres y mujeres. Es decir, políticas activas de paridad. Sin embargo es importante caer en la cuenta de cuál es la misión o el proyecto: que no es la justicia social, sino la construcción mercantilista de las relaciones humanas.


En el orden de la realidad ésta se muestra, desgraciadamente, inflexible. Siendo constatable la desaparición de la familia, el desprecio a la maternidad, el envejecimiento de la población, el paro estructural. Y a nivel personal, el aumento de enfermedades mentales (la depresión femenina es una realidad en aumento) y el recurso a válvulas de escape destructivas (alcoholismo, drogas, sexo) -válvulas de escape en los que el índice de varones consumidores es cuantitativamente superior al de mujeres, poniendo de manifiesto la desubicación del varón en un mundo al que ya no aporta nada-.


Es cierto que la incorporación de la mujer a la “modernidad” del mundo como parte activa de éste, no sólo trajo consigo la “adquisición” de derechos que le eran negados, sino un paulatino y silencioso declive de civilización. A medida que la mujer se incorporaba al mundo del trabajo no sólo disminuía la oferta de puestos de trabajo para el varón (con la consiguiente búsqueda del varón de esas válvulas de escape como refugio a su incapacidad), sino que la destrucción de la familia como célula básica de la sociedad se hacía cada vez más evidente. Las familias monoparentales no sólo iban en aumento, sino que las mismas relaciones afectivas se volvían cada vez más superficiales constatando una incapacidad interior al amor y a la entrega. Faltó el corazón del hogar -la madre- y aumentó, como en un círculo sin fin, la ruptura familiar, la caída de la natalidad y el desprecio a la maternidad. El declive demográfico -el envejecimiento de occidente- aparece como corolario manifiesto del drama humano que atraviesa la modernidad.


La realidad es terca: sacada la mujer del hogar se ha dejado al mundo sin alma y con ella occidente ha entrado en un declive de civilización. Y detrás de ello ese mensaje-trampa (la mujer se realizará en el mundo) que se sigue asumiendo y defendiendo sin querer ver las consecuencias. O probablemente desde ciertos sectores sean esas consecuencias su objetivo. El problema son las cándidas comparsas que favorecen desde la ingenuidad el derrumbe. Quizá porque sacada  la madre del hogar se ha sacado la sabiduría y el afecto, entrando el maestro más hábil jamás conocido: la televisión, que propaga sus consignas sin encontrar rechazo o dificultad. Consignas que ahondan en esos mensajes-trampa: éxito y liberación; vacío y materia.


Parravacini ya intuyó los tiempos actuales a su modo, a ese modo desconcertante que tantas incomprensiones le supuso en vida. Pero Parravicini era un católico convencido, sabedor de lo extraño de cuanto le pasaba, que ni comprendía porqué ni el porqué a él. Y a cuantos trataron de arrimarle a ese incipiente new age de misticismos de conciencias globales él siempre respondía: “es mi ángel quien me dice esas cosas al oído”. Cierto que los católicos no le entendieron y sí los parapsicólogos, y como el corazón necesita afectos, a ellos se arrimó aún sin renegar de su catolicidad. Pero ahí siguen los dibujos de Parravicini tildados de psicografías sin que nadie les haya rescatado -la mayoría- a su catolicísimo origen de desconcertantes profecías inspiradas. Cómo no recordar ese dibujo profético del año 37: “cabeza de barba que parecerá santa, más no lo será y encenderá las antillas”, anticipando en veinte años la llegada de Castro a Cuba. Y es que Benjamin Solari Parravicini se hizo pintor para plasmar cuantas profecías le eran dadas, dejándonos admirables revelaciones de oníricos mensajes y descriptivos dibujos. Parravicini merece un estudio más profundo, pero el conjunto de su descripción del acontencer humano se ha mostrado atinado e intuitivo, llegando a profecías que siguen sorprendiendo.


Y así Parravicini alcanzó a ver con una claridad admirable la tortuosa senda por lo que habían de transcurrir los pasos de la liberación de la mujer. Y en cierto modo se estremeció. Ya en 1936 diría: "La mujer pasará su cabello al hombre y el hombre pasará sus ropas a la mujer. Ambos mandarán en igualdad de mando, pero el tiempo les hundirá", porque había intuido una trastocación de la realidad, de la naturaleza más profunda del ser humano. No se trataba sólo de extrañas profecías, como aquella del año 1937 en que anticipaba un transexualismo que entonces no se podía entender pero que hoy vemos desconcertantemente nítido: “El hombre mujer, será en dos faces (sic). Una por nacimiento bisexo, otra por ancestralismo. El mal será el vicio en el hombre, este llevará el sexo en búsqueda y terminará en hombre mujer falso. Médicos operarán y harán bien, más el hombre mujer no será interpretado hasta el 70.” No, no se trataba de intuiciones proféticas de excesos marginales. No, para Parravicini había una previa trastocación del ser del hombre en el mundo, de su misión constitutiva e íntima, en la que la mujer sería arrebatada del corazón del hogar para ser entregada al falso corazón de un mundo tecnificado.


Y ese era el problema anterior y esencial. Por eso Parravicini dejaría en 1949 una sorprendente profecía que parece hablar de nuestros días: "La mujer perderá la atracción del sexo, usurpará al hombre de su quehacer, atrapará la política, llevará su mando al alto estrado, será dominante factor en el mundo, pero el mundo en el día de los días la aplastará. Será en el final de la grande prueba." Porque ese éxito de la mujer se ha convertido en su misma destrucción, en su misma insatisfacción, en su misma desilusión. Y con la “pérdida” de la mujer se ha avanzado en la destrucción de la civilización, porque ha sido posible derribar sus cimientos más esenciales al grito silencioso de “realización”. Pero era una prueba, una dura y pesada prueba que estaba atravesando el hombre, hasta su culminación, hasta esa culminación final que intuyó el mismo Parravicini: "En el final de la prueba la mujer llegará a mostrarse en disfraces ridículos y modales absurdos, imposibles al hombre, el que en hastíos escapará de ella. El día de San Malaquías es casi en el día!”.


Desaparecido el hogar, el hombre queda a merced del mundo, desarrapado, desprotegido, sometido a los vaivenes del dictado de los medios. Y su vocación al amor queda pervertida porque se ha apartado del él a quien mejor puede enseñar el verdadero sentido del amor: la madre. Por eso interesa encumbrarla, hacerla mundo, para que el hombre no encuentre el suelo del afecto que le guía en la vida y le constituye en lo más profundo. Por eso veía Parravicini en ello signo de la perversión de los tiempos y de su precariedad. Hoy sus oníricas profecías las comprendemos como nunca antes, porque vemos que su materialización ha llevado a las sociedades a un duro invierno. Invierno demográfico y familiar que, curiosamente, algunos siguen llamando primavera.




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