Domingo, 18 de agosto de 2019

Religión en Libertad

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Toda la verdad sobre la casa de la Virgen en Efeso

por Luis Antequera

 
            El reportaje de Rome Reports sobre la apertura del proceso de beatificación de la monja francesa Sor Marie de Mandat-Grancey, cuando dice de ella que descubrió la Casa de la Virgen María en Éfeso”, desliza una afirmación que, sin ser exactamente falsa, sólo aporta confusión en lo relativo a una de las grandes, y por otro lado, más modernas, reliquias del cristianismo, cual es la de la Casa de la Virgen María en la ciudad, hoy día turca, de Efeso. Pero no adelantemos acontecimientos y vayamos paso a paso, que la historia lo merece.
 
            Para empezar, se ha de decir que la versión de una Virgen María que habría vivido en Efeso una vez que su hijo desaparece de este mundo, es sólo una de las dos que sobre el tema existen en la tradición cristiana. La otra sitúa a la Virgen en Jerusalén, donde habría vivido sin solución de continuidad hasta el momento de la dormición. Pero esto es harina de otro costal, al que dedicaremos algún capítulo otro día.
 
            Concentrándonos en la versión que aquí nos ocupa, a saber, la de que María se habría desplazado a Efeso donde habría pasado buena parte de su vida e incluso habría terminado sus días sobre la tierra, está estrechamente relacionada, como es fácil de imaginar, con el mandato que Jesús da al apóstol San Juan (y que por cierto, sólo se recoge en el Evangelio del propio Juan) en sus momentos finales sobre la cruz, cuando le dice: Ahí tienes a tu madre”, aclarando el evangelista que “desde aquella hora el discípulo la acogió en su casa” (Jn. 19, 27).
 
            Siendo así que, según la más consolidada tradición, San Juan dedicó lo mejor de sus días a la ciudad de Efeso, donde de hecho habría muerto sobre el año 100 al poco de terminar de escribir su Evangelio, nada más lógico que situar junto a él a la madre de Jesús, cuya protección le había encargado ni más ni menos que su propio hijo. Documentalmente hablando, dicha tradición reposa en testimonios tales como un texto de difícil interpretación del Concilio de Efeso (431), un escrito del obispo jacobita Abulpharagius del s. XIII, y la afirmación en ese sentido del Papa Benedicto XIV (17401758).
 
            A partir de esta piadosa tradición, la veneración de una casa en la que habría residido María no es nada, en principio antiguo (luego veremos que, en realidad, es más antiguo de lo que creemos), y para su culminación hemos de esperar a la aparición en el s. XIX de un curioso personaje, que no es otro que la monja alemana Sor Anna Katharina Emmerick (17741824), beatificada en 2004, objeto de unas curiosas alucinaciones que le llevan a visionar muchos de los episodios evangélicos de una manera, por un lado, muy vívida, y por otro, extrañamente verosímiles. Aunque muchos de Vds. habrán oído hablar de esta monja, valga decir de ella que sus visiones son las inspiradoras de no pocas escenas de la extraordinaria película “La pasión” de Mel Gibson.
 
            Las visiones de Sor Katharina Emmerick fueron llevadas a papel por el escritor alemán Clemens Brentano entre los años 1818 y 1824. Dichas visiones dieron para varios libros, uno de ellos “La amarga pasión de Nuestro Señor Jesucristo”, y otro de ellos, el que nos interesa aquí “La vida de la Virgen María”. Pues bien, en éste último, la monja alemana, -que nunca  visitó Turquía, dicho sea de paso-, hace, a partir de las visiones que tiene, una descripción de la casa en la que habría vivido María en la ciudad turca de Efeso, la cual sitúa en la falda de una montaña, cercana a un arroyuelo, con vistas a la ciudad y al mar, de piedra, planta rectangular, con un ábside y una chimenea.
 
            Con esta descripción, los padres paúles H. Jung y Eugene Poulin organizan una expedición en 1891. Hallándose en la región de Degirmerdere y muertos de sed, preguntan a unos paisanos donde pueden encontrar algo de agua, y conducidos a un arroyuelo, se aparece ante sus atónitos ojos una casa que coincidía perfectamente con la descripción realizada por la monja alemana, y que, para colmo de las coincidencias, tiene en el ábside una estatua de la Virgen María, lo que obliga a aceptar la existencia de una tradición inveterada y probablemente ininterrumpida en el lugar. Razón por la que decíamos arriba que el culto era más antiguo de lo que se nos presenta. Analizada por los arqueólogos, se llega a la conclusión de que se trata de una edificación del s. I d.C., sobre la que en el s. IV se habría superpuesto una pequeña iglesia.
 
            A partir de ahí, comienza el proceso de reconocimiento de la reliquia. En 1914, el Papa Pío X ofrece indulgencia plenaria a los peregrinos que visiten la Casa de Efeso. En 1951, apenas un año después de declarar el dogma de la Asunción de María, último de los declarados por la Iglesia, Pío XII la declara objeto de peregrinaje. Y el 26 de julio de 1967, Pablo VI se convierte en el primer Papa que la visita. Más tarde lo harán también Juan Pablo II, el 30 de noviembre de 1979, y Benedicto XVI, el 29 de noviembre de 2006.
 
            El santuario reviste la notable particularidad de ser lugar de culto común de cristianos y musulmanes, conocida como es la devoción que éstos profesan a la Virgen María, de la que hemos tenido y tendremos ocasión de hablar en estas páginas. Por cierto, que existe entre los turcos musulmanes la tradición de peregrinar a la Casa de María justamente el 15 de agosto, fecha en la que, como se sabe, los cristianos celebramos Asunción de María.
 
            Todo esto dicho, cabe preguntarse ahora sobre el papel que cabe en toda esta historia a la monja francesa Sor Marie de Mandat-Grancey, que lo tiene y muy importante. Pero a ese tema, no poco interesante, nos dedicaremos mañana, que por hoy ya he abusado bastante de su paciencia, y no es cosa de agotar al lector desprevenido que hace una incursión por estos lares. Hasta mañana pues. 
 
 
 
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