Jueves, 29 de octubre de 2020

Religión en Libertad

Juana María, de una aldea zamorana a Angola: la vida misionera de la cara visible del Domund 2020

La hermana Juana María lleva ya 26 años como misionera en Angola / Domund
La hermana Juana María lleva ya 26 años como misionera en Angola / Domund

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La hermana Juana María es una de los 11.000 misioneros españoles que se encuentran repartidos por el mundo. Y desde hace más de un cuarto de siglo esta religiosa proveniente de un pueblecito de poco más de 300 habitantes de la comarca zamorana de Aliste entrega su vida por los más pequeños y pobres en Angola.

Esta religiosa es precisamente el rostro visible de este Domund 2020, una Jornada Mundial de las Misiones marcada irremediablemente por el coronavirus, pues las huchas y sobres deberán dejar paso a las herramientas tecnológicas para poder hacer llegar los donativos a los misioneros.

El sueño previo a la misión

En La Opinión de Zamora, esta religiosa asegura que hay un mundo entre los peligros que uno cree que vivirá en la misión y la realidad del día a día.  De hecho, cuenta que antes de partir hacia Angola tuvo un sueño: “Nos habían dejado en una montaña, nuestra casa estaba sobre una roca y alrededor de las piedras solo había leones, panteras y tigres esperando a que saliéramos”.

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Pero nada más lejos de la realidad. Esta monja de las Hijas de la Virgen de los Dolores ha podido comprobar que “África es un don” y que en Benguela encontró algo totalmente diferente a lo que había soñado.

A sus 75 años nunca hubiera imaginado que su imagen sería el cartel del Domund, pero ella representa esta felicidad y plenitud que da el “darlo todo” junto a sus hermanas.

Llegó a la misión de Benguela en 1994, con el país todavía en guerra civil.  “Cuando llegamos, las cinco hermanas que estábamos nos instalamos en una casa pequeñita. Yo dormía en la entrada, no teníamos protección y por la noche se oían los tiros, había asaltos. Pero yo no tenía miedo, el Señor nos protege”, recuerda esta religiosa.

Una vocación desde niña

Su vocación religiosa le vino desde niña y a los 13 años dejó su pequeño pueblo de Figueruela de Arriba para prepararse para esta vida. Juana María afirma que su madre “ya quiso ser religiosa pero no lo consiguió porque tenía que cuidar a su madre, luego ya se casó con mi padre y abandonó la idea. Pero en familia vivíamos esa piedad del pueblo, la misa, el rezo del Ave María cuando tocaban las campanas de madrugada, o el Ángelus. Mamé esa fe desde pequeña, cuando mi madre me llevaba debajo de su manto a rezar el Rosario”.

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Esa fe que ya vivía fue impulsada con el ejemplo de otras religiosas del pueblo y unas charlas que dieron las Hermanas de la Virgen de los Dolores. Afirma que le “cautivó esa forma de hablar, de pedir. Empecé a notar que entre las cosas que había a mi alrededor, tenía hambre de algo más y esa experiencia tan maravillosa la renuevo cada día”.

Ya como religiosa, se dedicó a la enseñanza en varias zonas de España y también en Portugal hasta que la congregación le ofreció la posibilidad de irse como misionera a una zona muy pobre de Argentina.

“Necesitaban brazos para trabajar y yo me ofrecí, pero cuando se lo dije a mi madre, que tenía 68 años, me pidió que no me fuera tan lejos. Incluso fue hasta Trujillo (Cáceres), donde tenemos la casa-madre para pedir a la superiora que no me dejara marchar tan lejos”, explica.

Su amor a la misión

Finalmente, Juana María continuó en España hasta que a principios de los 90 se planteó la misión en Angola. “Le dije a la superiora que me iría encantada pero tenía el inconveniente de mi madre. Pero esa vez para mi sorpresa, cuando se lo dije me contestó: 'hija ya no me perteneces, eres de Jesús y que el Señor haga lo que quiera'. Entonces ya era libre, me vine a Benguela y aquí sigo, dándolo todo”.

Y desde entonces ha servido a los pobres en Angola, donde además del campo de la enseñanza ha tenido que multiplicar sus labores también al ámbito de la salud. “Nuestro carisma es despertar en la juventud la vocación. Trabajamos en la parroquia, en la pastoral juvenil y familiar, y estamos intentando montar un colegio”, cuenta Juana María.

“Es muy reconfortante esta labor, nos sentimos muy queridas”, agrega esta misionera. Esa tierra generosa y fértil donde “hoy siembras una lechuga y en una semana la comes, las uvas se pueden cosechar tres veces al año, podríamos ser el primer productor de vino del mundo. Cuando llegamos nos quedamos admirados de la riqueza que tenía, y nos decían pues no os imagináis el mar, echas una red y viene de todo”.

Si quieres ayudar a los misioneros a través del Domund pincha aquí.

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