Año nuevo, un solo propósito: permanecer en el Señor
No quiero hacer más. Quiero agradecer a Dios más.

Jesús nos espera en su Presencia Real para comunicarse con nosotros en la oración. Foto: Albert Cortina, sagrario del oratorio de las Siervas del Hogar de la Madre (Cantabria, España).
Cada final de año llega con su liturgia paralela, que no aparece en el Misal, pero se repite con una fe casi sacramental: aparece, la lista de propósitos de Año Nuevo. Comer mejor, dormir más, hacer ejercicio, leer veinte libros, beber menos café, beber más agua, sonreír más, enfadarse menos. Como si el 1 de enero trajera incorporado un ser humano nuevo, más disciplinado, más equilibrado y, sobre todo, más capaz.
Yo he decidido simplificar. Mucho. Este año me quedo con uno solo: estar en el Señor.
No porque desprecie el esfuerzo, ni porque haya descubierto un atajo espiritual. Al contrario. Porque a cierta edad —y a cierta hondura— una empieza a sospechar que la voluntad humana no es tan fiable como nos han contado. Que los propósitos se rompen con la misma facilidad con la que se escriben. Y que hay promesas que no aguantan ni el primer lunes de enero.
La vida espiritual no mejora por acumulación de metas. No se vuelve más profunda por añadir tareas. De hecho, muchas veces ocurre lo contrario: cuanto más intentamos controlarlo todo, menos espacio dejamos a Dios.
Los propósitos suelen nacer de una lógica muy concreta: “yo me propongo”, “yo voy a cambiar”, “yo voy a conseguir”. Todo empieza y termina en el yo. Y el yo, por muy bien intencionado que esté, se cansa. Se frustra. Se desanima. Se viene abajo.
Por eso este año no quiero prometerle nada a nadie. Ni siquiera a mí misma. Prefiero permanecer en el Señor.
Estar. Permanecer. No conquistar, no lograr, no tachar de una lista. Simplemente estar. En Él. Con Él. Desde Él.
Porque estar en el Señor no es una consigna piadosa ni una frase bonita para una taza. Es una forma concreta de vivir la fe cristiana cuando todo lo demás se tambalea. Es reconocer que no todo depende de mi fuerza, de mi constancia o de mi carácter. Es aceptar que hay días en los que no puedo con nada… y que aun así Él puede conmigo.
He aprendido —a base de caer— que muchos propósitos fracasan porque están sostenidos solo por entusiasmo. Y el entusiasmo es volátil. Hoy arde, mañana se apaga. En cambio, poner la vida en manos de Dios no depende del estado de ánimo. Depende de la confianza en Dios. Y la confianza, cuando es real, aguanta incluso cuando no sentimos nada.
Este año no quiero hacer más. Quiero agradecer a Dios más.
Agradecer cuando las cosas salen bien. Y también cuando no. Agradecer la luz… y aprender a agradecer la sombra. Porque la espiritualidad cristiana no consiste en una felicidad permanente, sino en una relación con Dios que no se rompe cuando llega la dificultad.
Me quedo con el propósito de vivir agradecida. De reconocer el regalo en lo pequeño. En el café de la mañana. En el cuerpo que aún responde. En la conversación inesperada. En el día que no tenía nada especial y, sin embargo, estaba lleno.
Quizá el gran error de los propósitos de Año Nuevo es que intentan fabricar una versión mejorada de nosotros mismos, cuando lo único verdaderamente transformador es dejar que Dios actúe.
No necesito ser mejor. Necesito ser más de Él.
Y eso cambia la perspectiva. Porque cuando el propósito es caminar con el Señor, el éxito no se mide por resultados, sino por fidelidad. Hay días en los que solo se puede dar un paso. Otros, ni siquiera eso. Pero permanecer ya es una victoria.
Este año no me propongo no caer. Me propongo levantarme con Él. No me propongo entenderlo todo. Me propongo abandono en Dios. No me propongo controlar la vida. Me propongo confiar.
Y si algún día me preguntan por mis propósitos, lo diré sin complejos y con una sonrisa: solo uno. Estar en el Señor. Todo lo demás, si tiene que venir, vendrá por añadidura.