Viernes, 10 de julio de 2020

Religión en Libertad

David cuenta aquel encuentro con la vagabunda, a los que entonces no ayudaba

«El día que conocí a Cristo»: Cómo una anciana sin techo le bendijo y revolucionó su vida de fe

David tiene claro que encontrarse con Judy le cambió la vida / Imagen referencial
David tiene claro que encontrarse con Judy le cambió la vida / Imagen referencial

J. Lozano / ReL

David Roney nunca olvidará cómo le cambió la vida un día de 2012 pues está seguro de que en aquel momento se encontró con Jesucristo, lo que le hizo profundizar en su fe católica provocando en él una gran transformación.

Este hombre, que ahora es miembro auxiliar de la Orden de Malta y Caballero de Colón de tercer grado, cuenta en Catholic Stand, que "iba montando en mi bicicleta cuando vi lo que parecía ser una mujer sin hogar caminando con la suya. Estaba bastante despeinada y tenía varias bolsas de supermercado colgando del manillar, repletas de lo que claramente no era comida. Era pequeña y frágil y parecía mucho más mayor, pues tenía la piel curtida por el sol. Era un día caluroso en Phoenix, más de 38 grados según recuerdo”.

"Por alguna razón me sentí llamado a ayudarla"
Pasó de largo pero la imagen de esta anciana se le quedó grabada y mientras seguía de camino a casa no podía dejar de pensar en lo sedienta que debía estar. Por ello, agrega, “aunque no había tenido contacto directo con personas sin hogar durante los últimos años, por alguna razón me sentí llamado a ayudarla, así que cogí dos botellas de agua y volví hacia ella”.

Esta mujer parecía tener sobre unos 70 años, aunque en muchas ocasiones las personas sin hogar parecen más mayores de lo que realmente son. “Me acerqué a ella y simplemente le pregunté si le gustaría un poco de agua fría. Cuando levantó la cabeza y la miré a los ojos, vi los ojos azules más hermosos que jamás había visto. Eran de un azul brillante y cautivador. Me sorprendió su resplandor y profundidad y casi no pude ni hablar”.


David Roney colabora con distintas organizaciones caritativas de la Iglesia

Ella le dio la bendición
Sin embargo, afortunadamente ella sí habló, recuerda David Roney. Ella le cogió la mano y con una sonrisa dulce pero rota le mostró su gratitud por el agua fresca. “Parecía genuinamente feliz de estar hablando con alguien. Luego, para mi completa sorpresa, procedió a bendecirme. Sí, a mí. Vine a ayudarla y ella me dio una bendición”.

Poco después se despedían y cada uno siguió su camino pero “mi vida –asegura este hombre- había cambiado. Estoy convencido de que fui llamado a ayudarla a fin de que ella me ayudara. Y estoy seguro de que en esos ojos vi los de Cristo”.

Un cambio en la vida y profundización en la fe católica
Para David fue providencial aquel encuentro porque “antes de ese día, había tenido miedo de dar dinero a la gente en la calle, ya que me preocupaba cómo se gastarían ese dinero. También tuve un par de experiencias extrañas con personas que pedían dinero, lo que me llevaba a evitar ayudarles”.

Sin embargo, tras encontrarse con esta anciana, “comencé a estudiar más sobre los Evangelios y, así como sobre el Catecismo, e investigué sobre lo que estoy llamado a hacer como católico”.

Ayudar a otras personas necesitadas
Además, se le hizo evidente rápidamente que “debemos hacer mucho más que sólo emitir cheques para obras de caridad. Debemos ayudar a quienes podamos personalmente y no dejar que nuestra preocupación por cómo usan nuestros dones nos disuadan de servir a Cristo y hacer una diferencia inmediata”.

Desde ese momento, empezó a comprar tarjetas de regalo para comidas en el McDonald´s. “En el último año, he regalado muchas. Veo que hay gente en la autopista, en las esquinas de las calles, sentados en bancos y en otros lugares. Y si puedo llegar a ellos sin causar problemas de tráfico, me detengo y les pregunto cortésmente si puedo comprarles  algo de comer y les doy una tarjeta de regalo. Es una experiencia maravillosa para mí”.



"Jesús actuó en mí a través de ella"
Finalmente pudo conocer a esta mujer pues más o menos cada dos meses podía verla por el barrio. Se llama Judy y cuando la veía se acercaba a ella para charlar y para ayudarla. Ella siempre respondía con una sincera sonrisa.
David recuerda uno de esos encuentros posteriores donde la invitó a desayunar. “Estaba muy agradecida, como siempre, pero por primera vez me pidió un abrazo. Lo agradecí. Estaba radiante, y yo también. Ella no sabe que las pocas cosas buenas que hice por ella no se pueden comparar con lo que el conocerla ha hecho por mí”.

“Cada vez que veo a Judy, trato de encontrar esos increíbles ojos azules. Pero no están ahí, son tan normales como los tuyos o los niños, pero así eran el día que nos conocimos”, insiste David.

Él tiene clarísimo que “sé que vi a Cristo ese día, o parte de él, y aprovechó esa oportunidad para cambiar mi vida. Él me mostró que a pesar de haber hecho obras de caridad de varias maneras anteriormente, necesitaba que Judy me mostrara lo que realmente es amar a tu prójimo. Fue el día en que creo que Jesús actuó a través de una persona sin hogar para salvarme”.
 
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