Viernes, 19 de julio de 2019

Religión en Libertad

Varón y mujer los creó


por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

El debate sobre la perspectiva de género es importante en la medida en que esta concepción se ha convertido en una ideología de Estado en países como el nuestro, y porque muchos de sus defensores son poco propensos al análisis crítico, y bastante dados a la censura. Ahora la Santa Sede, a través de la Congregación para la Educación Católica, ha hecho público un pensado documento, que por su origen resulta complicado de censurar. Su título recuerda el punto de partida cristiano: “Varón y mujer los creó" (Génesis 1, 27). Se estructura en cinco partes: escuchar, puntos de encuentro, critica, razonar, y proponer, el apartado más extenso.

Escucha y encuentro

La manifestación de la voluntad de escucha, la búsqueda de elementos de encuentro, y el dedicar más extensión a la proposición que a la crítica, definen su talante.  No hay cerrazón en la posición de la Iglesia, y sí claridad. Así, presenta una diferencia entre lo que es la ideología del gender [género], y las diferentes investigaciones sobre el gender llevadas a cabo por las ciencias humanas. Mientras que la ideología pretende, como señala el papa Francisco, «imponerse como un pensamiento único que determine incluso la educación de los niños», no faltan las investigaciones que buscan profundizar adecuadamente en el modo como en diferentes culturas se vive la diferencia sexual entre hombre y mujer.

El documento señala posibles puntos de encuentro en el campo educativo, como el del respeto a cada persona en su particular y diferente condición. También subraya positivamente los valores de la feminidad que se han destacado en la reflexión del gender.

La crítica

El documento plantea una crítica integral a una ideología que también se presenta como global, y señala su responsabilidad en la desorientación antropológica actual, y en la desestructuración de la familia, al cancelar las diferencias entre el hombre y la mujer, consideradas como simples efectos de un condicionamiento histórico-cultural.

Nos lo muestra el reciente congreso feminista en Madrid, con motivo de los 70 años de la publicación de El segundo sexo de Simone de Beauvoir, recuerda  que aquella obra constituye  la base sobre la que se asienta la teoría feminista contemporánea. En frase de Beauvoir: “La mujer no nace como tal, sino que llega a serlo”. No existe una naturaleza femenina y las características específicas de la mujer son una construcción cultural, “empezando por la maternidad”. O, como escribía recientemente la feminista Amanda Mauri, “las categorías sexuales no son verdades naturales; la sexualidad es una ficción representada como verídica”. Son estos tipos de planteamientos a los que responde críticamente la Iglesia, como hace Francisco en Amoris Laetitia (56): “Niega la diferencia y la reciprocidad natural de hombre y de mujer. Esta presenta una sociedad sin diferencias de sexo, y vacía el fundamento antropológico de la familia”, constituyendo una “ideología que lleva a proyectos educativos y directrices legislativas… radicalmente desvinculadas de la diversidad biológica entre hombre y mujer”, trasmitiendo, como declaró Benedicto XVI, “una concepción de la persona y de la vida pretendidamente neutra, pero que en realidad reflejan una antropología contraria a la fe y a la justa razón”.

La crítica se dirige a diversos aspectos centrales. Uno de ellos es el del dualismo antropológico: que, en palabras de Francisco en su discurso a la Asamblea General de la Pontificia Academia para la Vida: “En vez de combatir las interpretaciones negativas de la diferencia sexual, que mortifican su valencia irreductible para la dignidad humana, se quiere cancelar, de hecho, esta diferencia, proponiendo técnicas y prácticas que hacen que sea irrelevante para el desarrollo de la persona y de las relaciones humanas. Pero la utopía de lo ‘neutro’ elimina, al mismo tiempo, tanto la dignidad humana de la constitución sexualmente diferente como la cualidad personal de la transmisión generativa de la vida”

Se vacía de esta manera la base antropológica de la familia y con ella desaparece la reciprocidad y la complementariedad de la relación hombre-mujer, de manera que el matrimonio es considerado una herencia patriarcal.

A la luz de la razón, de los datos de las ciencias biológicas y médicas, la diferencia sexual entre hombres y mujeres son una evidencia probada, constata el Documento, en la genética, la endocrinología y la neurología. El análisis filosófico muestra también cómo la diferencia sexual masculino/femenino es constitutiva de la identidad humana. Y es que precisamente su formación se basa en la alteridad, y con ella la capacidad de trascender a uno mismo. En la familia, la comparación con la madre y el padre facilita al niño la elaboración de su propia identidad. La complementariedad fisiológica, basada en la diferencia sexual, asegura las condiciones necesarias para la procreación y el reconocimiento de la diferencia.

La concepción antropológica cristiana ve en la sexualidad un elemento básico de la personalidad, un modo propio de ser y de vivir el amor humano, que forma parte del desarrollo de la personalidad y de su proceso educativo, y que no puede presentarse de manera aislada, sino integrada en una concepción integral afectivo-sexual.

El rechazo de la diferencia complementaria entre el hombre y la mujer que practica la perspectiva de género no solo borra la visión de la creación, sino que delinea una persona abstracta que después se construye a sí misma. Puede ser hombre, mujer, heterosexual, bisexual, homosexual, transexual, multitud de identidades, sin que importe la base natural subyacente. Es una visión doctrinal que se aparta de toda base empírica, de toda falsabilidad científica.

Sus consecuencia son importantes porque asienta la idea de que no deben respetarse los límites de la naturaleza del ser humano, y contribuye a constituir el marco de referencia que normalice la manipulación genética y el transhumanismo. Al mismo tiempo incentiva la formación de una sociedad de individuos solos, porque la familia como una realidad reconocible y estable a lo largo del tiempo tiende a desaparecer. La perspectiva de género es el estadio no tecnológico superior de la sociedad desvinculada. Desarrollar todas las ramificaciones de sus consecuencias es una tarea necesaria y urgente, porque presenta efectos colaterales poco estudiados, como su incompatibilidad con los fundamentos que hacen posible el estado del bienestar, o su relación con la desigualdad económica entre clases sociales, y en la formación del precariado, como apunta La trampa de la diversidad de Daniel Bernabé con un subtítulo bien explicito: Cómo el neoliberalismo fragmentó la identidad de la clase trabajadora.

En el ámbito educativo induce proyectos educativos y pautas legislativas que confunden “la genuina libertad con la idea de que cada uno juzga como le parece, como si más allá de los individuos no hubiera verdades, valores, principios que nos orienten, como si todo fuera igual y cualquier cosa debiera permitirse”.

Publicado en La Vanguardia.

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