Lunes, 23 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

¿Por qué la película «Últimos días en el desierto» es tan aburrida?


Pero si Jesús fuese meramente humano, ¿a quién le importaría? Lo que le hace irresistible, fascinante y extraño es el juego entre su humanidad y su divinidad.

por Monseñor Robert Barron

Opinión

Con su última película, Últimos días en el desierto, Rodrigo García ha logrado algo verdaderamente destacable. Ha tomado una parte de la vida de la persona más interesante que jamás ha vivido y la ha convertido en una película colosalmente aburrida.

Mientras veía Últimos días en el desierto me acordé de muchas películas que vi en París cuando preparaba el doctorado: un montón ininterrumpido de fotogramas con escenas de paisajes, muchas tomas de gente que camina alrededor y no dice nada, un sinfín de primeros planos de caras serias con la mirada perdida a media distancia. A veces pensaba que toda esta especie de “meditación” daría lugar a un resultado espectacular, pero no, solamente había más personas caminando alrededor y mirando.

Lo que hizo la película tan tediosa no fue simplemente su estilo cinematográfico; fue el hecho de que, al igual que en decenas de películas similares de los últimos cincuenta años, se retrató a Jesús simplemente como un ser humano, un ser que busca espiritualidad como muchos otros.

Voy a confesar que me hizo gracia la publicidad que anuncia a este filme como "imprudente" y "osado" al presentar a un Cristo más humano. ¡Por favor...! Lo que sería realmente dramático y revelador sería una película que mostrase convincentemente que el carpintero de Nazaret también es Dios.

Con la caracterización de Ewan McGregor vemos a Jesús como un hombre bueno, decente y honesto que está seriamente buscando su camino. No hay nada milagroso, distintivo o particularmente sobrenatural en Él. Este Cristo es como cualquier otro fundador religioso. En realidad, como cualquier persona espiritualmente alerta que se puede encontrar en el interior de una iglesia.

¿Por qué debemos prestar atención a Cristo? ¿Por qué esta figura se recuerda después de dos mil años? ¿Por qué gran parte de la civilización occidental se basa en Él?

Por favor no me malinterpreten: una clara afirmación de la humanidad de Jesús es parte fundamental de la doctrina cristiana. En el lenguaje del Concilio de Calcedonia, Cristo es "verdaderamente humano y verdaderamente divino", las dos naturalezas son inherentes a la unidad de la persona y se unen "sin combinarse, mezclarse o confundirse". Según la Iglesia, Jesús no es cuasi-divino o cuasi-humano, a la manera de Aquiles o Hércules, sino completamente humano y completamente divino.

Ha existido, de hecho, a lo largo de la historia cristiana, la tentación de caer en una interpretación monofisita, según la cual Jesús tiene una sola naturaleza, a saber, la divina. Según esta interpretación, la humanidad del Señor es un simulacro de una naturaleza humana real, como si Dios simplemente tomara la apariencia de un ser humano. La tradición cristiana se ha opuesto siempre a ese punto de vista. De hecho, durante la controversia monofisita del siglo VIII, la Iglesia sostuvo que Jesús tiene una naturaleza humana totalmente constituida, y que está dotado de una mente y una voluntad humanas.

Por lo tanto, es perfectamente admisible hablar de desarrollo en la naturaleza humana de Jesús, como lo hace el Evangelio de San Lucas: "Y Jesús crecía en sabiduría, edad y gracia ante Dios y los hombres". Incluso es apropiado hablar, como la Carta a los Hebreos, de Jesús siendo "tentado en todo lo que somos”.  Así se justifica Últimos días en el desierto al retratar al Señor como propenso a la tentación y el desánimo.

Pero si Jesús fuese meramente humano, ¿a quién le importaría? Lo que le hace irresistible, fascinante y extraño es el juego entre su humanidad y su divinidad. En realidad, toda la poesía y el teatro del cristianismo que se encuentran en la Catedral de Chartres (Francia), la Divina Comedia de Dante, la Suma Teológica de Santo Tomás, los sermones de John Henry Newman, los ensayos de Chesterton, la mística de Santa Teresa de Ávila y el ministerio de la Madre Teresa, se basan en esa yuxtaposición. Reducir a Jesús al nivel humano es hacerlo totalmente insulso y vulgar, y eso es precisamente lo que tenemos en los Últimos días en el desierto.

Hay algo que distingue a la Biblia prácticamente de todas las espiritualidades, religiones y filosofías del mundo. Mientras éstas pueden articular muy bien la dinámica de nuestra búsqueda de Dios, la primera (la Biblia) no está principalmente interesada en esa historia, sino que trata de la búsqueda de los hombres por parte de Dios.

Lo primero se dice y se repite una y otra vez en la literatura espiritual, desde la Epopeya de Gilgamesh a La Guerra de las Galaxias, y ha engañado a las mentes de algunas de las grandes figuras de la historia de la humanidad: Homero, Virgilio, Cicerón, Platón, Spinoza, Kant, Newton o James Joyce. En un sentido muy real, el mitólogo comparativo Joseph Campbell tenía razón: en todas las culturas del mundo se canta una gran canción y se repite un solo mito.

Pero la Biblia no es un mito más que se repite. Es la consideración profunda y sorprendente de cómo el Creador del universo nos busca incansablemente y viene a por nosotros personalmente en Jesús de Nazaret. Jesús no es un hombre más en busca de Dios; Él es Dios encarnado en busca de su pueblo: "No eres tú quien me ha elegido; soy Yo el que te ha elegido a ti".

Tendría que haber un cineasta que diese un paso al frente para contar esa historia.

Robert Barron es obispo auxiliar de Los Angeles.
Tomado de Aciprensa.
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