¡Ya es Navidad en Pepolandia!
Don Pepone decide, ante los residentes de la comarca, encaramarse a la nube en su galeón. Y con bocanadas de aire la disipa por completo.

La Navidad ha llegado a todos los rincones del mundo, incluido Pepolandia.
¡Al fin, llegó la Navidad! Los habitantes de Pepolandia aguardaban -impacientes- a la espera de la época más risueña y colorida del año; y Don Pepone, burgomaestre de esta entrañable comarca, les tiene preparada una sorpresa de lo más desconcertante.
Los pepolandios llevan durante varios meses con la mosca detrás de la oreja, debido al enorme jirón de algodón de azúcar que se encuentra posado sobre el mar. Se trata de una nube de color rosa pálido, que permanece inmóvil, situada en el mismo lugar de manera perenne.
Otra cosa que llama la atención de esta nube rosácea es su densidad, puesto que resulta tan opaca que no se puede traslucir lo que hay detrás de ella; pero lo que más le inquieta a los pepolandios es que nadie ha tenido las agallas suficientes como para zarpar y aproximarse a ella.
El 25 de diciembre, día de Navidad, Don Pepone decide, a ojos de todos los residentes de la comarca, encaramarse a la nube en su galeón. Una vez la alcanza, desenvaina un gigantesco ¡secador de pelo! Y descerraja fuertes bocanadas de aire sobre esta algodonosa nebulosa, hasta disiparla por completo.
¿Y qué había detrás de esta jabonosa neblina? Para sorpresa de todos los presentes, se yergue un hermoso palacio, con un estilo arquitectónico de lo más abigarrado y ecléctico.

Lo que se descubrió bajo la nube deslumbró a todos los pepolandios.
A su izquierda y derecha, respectivamente, descuellan una torre que parece levantada por Gaudí y otra que acaba en un clásico tejado de aguja.
En el extremo izquierdo, la construcción gaudiniana está cubierta -hasta dos tercios de su altura- por una fachada medieval, dividida en dos mitades: en la superior, se puede ver una estereotípica casita de aldea de dicha época; y, en la inferior, una ventana gótica (en cuyo interior habita una capilla).
En el hemisferio derecho, por debajo del otro torreón, hay una puerta palaciega de estilo árabe, con todos sus remates y ornamentos; y culminada por una cúpula decorativa de estética sevillana.
¡Una construcción de lo más heterogéneo! Además de surrealista; aunque no todo termina aquí.
El centro de la edificación es ocupado por dos fachadas muy sobrias y elegantes, cada una de ellas coronada por una mansarda francesa y separadas -la una de la otra- por una estilizada columna jónica: la de la izquierda es de impronta lusa, portuguesa, ajedrezada por anticuados azulejos, deliciosamente ajados por el transcurso de las décadas; la de la derecha es indubitablemente británica, revestida de ladrillos ahumados de color carbón (en contraste con el tono níveo del dintel y de las jambas), idéntica a la del número diez de Downing Street, pero con la puerta tintada de rojo bermellón.
Los lugareños de Pepolandia -en su aplastante mayoría- han quedado rendidamente arrobados ante la belleza que atesora esta casa encantada. Es más, multitudes de pepolandios se reservan varios minutos al día para contemplarla desde lo lejos en un ceremonioso silencio…
Transcurren los días, las semanas y los meses, y los pepolandios no cesan de acudir a avizorar sus cautivadoras fachadas con una delectación inefable. Sin embargo, poco antes de alcanzar el año desde su inauguración, los habitantes de la comarca empiezan a sentirse incómodos con semejante derroche de belleza. Admiten que se trata de una de las ocho maravillas del mundo, pero reconocen, también, que tanta solemnidad les abruma, que prefieren tener una rutina más frívola…
Se cumple, al pie de la letra, aquel aforismo del poeta Ovidio, ese que reza: Video meliora proboque, sed deteriora sequor (“veo lo mejor y lo apruebo, pero sigo lo peor”). Los pepolandios continúan siendo capaces de apreciar la magnitud del coloso arquitectónico que sobresale en el horizonte (porque ven lo mejor y lo aprueban), aunque, también, optan por rechazarlo, dado que algo tan sublime les conturba y estremece (pero siguen lo peor).
Ante este comportamiento tan descorazonador, Don Pepone es despuesto del cargo por voluntad propia; en otras palabras, decide dimitir como burgomaestre de Pepolandia. Escasos días después de su renuncia, los obstinados lugareños de la comarca se aproximan al palacio en sus barcas, para arrojar una veintena de humeantes antorchas contra éste. No consiguen calcinarlo por completo, pero sí que lo dejan en un estado bastante ruinoso.
Transcurren los días, las semanas y los meses, y empieza a palpitar entre las gentes un aguzado sentimiento de nostalgia. Se nota cómo echan de menos -cada vez más- aquella casa encantada. Se ven con las fuerzas mermadas para reconstruirla, por lo que se decantan por esbozar réplicas en láminas, rompecabezas y maquetas, con el objetivo de galvanizar su recuerdo.
Transcurren los días, las semanas y los meses, y ocurre algo tan misterioso como estremecedor: los pepolandios tienen ahora más presente en sus vidas la imagen de aquel cautivador palacio que cuando éste estaba intacto y recién construido…
Don Pepone se queda estupefacto ante este giro copernicano, razón por la cual le hace una visita al docto y erudito de su hermano, Fray Pepone, para que le dé una explicación sesuda y convincente de este golpe de timón tan enigmático.
-Desde mi humildad e ignorancia, acudo a ti, mi oráculo de la sabiduría, para que me expliques, con pelos y señales, que está sucediendo…
-No te dirijas a mí en un lenguaje tan solemne, galopín. Recuerda que, por encima de todo, soy tu hermano; y que, antes de ingresar como fraile, fui un truhán y zascandil de tomo y lomo.
-Tu sentido del humor jamás se desvanece; y, aun así, siempre razonas con la seriedad de los más sabios.
-Como decía G.K. Chesterton, “divertido no es lo contrario de serio; lo contrario de divertido es aburrido”.
-Siempre tienes una respuesta elocuente para todo.
-Más que elocuente, yo diría “contundente”. Fuera de bromas, lo que acaba de ocurrir es una metáfora muy poderosa, que refleja -con muy buen tino- el sentido más hondo de la Navidad.
-¿Qué quieres decir? ¿No crees que, de tanta erudición, empiezas a desbarrar un poco?
-En absoluto. Recuerda que aquella casa encantada que ordenaste construir fue, en primer momento, admirada; poco más tarde, denostada; y, finalmente, adorada. Esta secuencia, ¿no te resulta familiar?
-¡Caramba! Es una reviviscencia de la vida, pasión, muerte y resurrección de Cristo. De hecho, la casa, tras haber sido sacrificada en el fuego de las antorchas, ha resucitado con una fuerza indomable.
-¡Eureka! No podías haberlo explicado mejor, hermanito. Así pues, celebrémoslo con unos opíparos manjares.