Religión en Libertad

El desierto donde el Evangelio empieza a gritar

Ángel Barahona: de Judea a los “desiertos cotidianos” del siglo XXI

Ángel Barahona Plaza, catedrático de la UFV y coautor de

Ángel Barahona Plaza, catedrático de la UFV y coautor de "El último hombre".

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Ángel Barahona Plaza, doctor en Filosofía por la Complutense, catedrático y exdecano de Humanidades en la Universidad Francisco de Vitoria, padre de familia numerosa y abuelo de quince nietos, es un laico curtido en la batalla del desierto: no solo como experto en la teoría mimética de René Girard y la antropología cristiana, sino como guía de peregrinaciones a Tierra Santa donde peregrinos meditan las tres tentaciones de Jesús desde mediodía hasta la puesta de sol. De esas experiencias brota "El último hombre. Una meditación en el desierto: 1 (UFV, 2025)", coescrito con Isidro Catela Marcos —cuya pluma templa los “excesos filosóficos” del autor— y dirigido por Isaac Caselles Jiménez, un libro que invita a todos, clérigos o laicos, a contextuar el Evangelio en sus propios desiertos cotidianos: la precariedad económica, la soledad post-pandemia, la frustración ante virus y guerras, o el “mundanal ruido” de redes que promete magia tecnocientífica pero deja al hombre en el desasosiego nietzscheano-marxista-freudiano.

Barahona vincula esta meditación a sus obras previas como "Sobre el amor en tiempos incrédulos" o "De lo que no se puede hablar", donde ha impulsado retornos a la Iglesia, pero aquí el foco es esperanzador: el desierto es combate contra los “cantos de sirena” del deseo imitativo, pero también pasaje a la Pascua, donde Cristo —el verdadero “aliado” más allá de Primo Levi— amortiza el miedo a la muerte y hace libres para donarse, como santos y mártires. Para universitarios en crisis de fe, su consejo es claro: den una oportunidad al Evangelio, antropología “increíble” que grita en la aldea global, antídoto contra la nada de un futuro sin esperanza.

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-¿Cómo surge la idea de "El último hombre" como meditación en el desierto, y qué rol jugó su colaboración con Isidro Catela e Isaac Caselles en esta estructura centrada en las tres tentaciones?

-Llevamos muchos años yendo de peregrinación a Tierra Santa y una de las etapas consiste en internarnos en el desierto de Judea y dejar que los peregrinos se vayan a rezar meditando las tres tentaciones, previa predicación-comentario, desde mediodía a la puesta de sol. Isidro ha participado en alguna de estas peregrinaciones. La amistad y la confianza en el buen hacer literario de Isidro fue lo que motivó la colaboración, pensando en acercar a la gente —aunque no puede acudir al desierto físico— este pasaje del evangelio y que pueda contextualizarse en sus desiertos cotidianos para tener un encuentro con el Dios que habla con la voz del silencio sutil.

-El desierto se describe como batalla, promesa y tesoro: ¿de qué modo ilustra las tentaciones de Jesús la "inquietud interior" en nuestra era de "mundanal ruido" y aislamiento post-pandemia?

-Nuestra vida y nuestra historia es una peregrinación por el desierto. Murmuramos en nuestro corazón porque no nos gusta el trabajo que tenemos, no llegar a fin de mes, tener el tercer hijo, afrontar nuestra soledad, ver nuestra salud amenazada por virus incontrolables, guerras, vejez… 

»Siempre estamos murmurando en nuestro corazón contra el Dios que pensamos que podría haber creado el mundo de otra manera. Las tentaciones de Jesús no son un relato literario tipo “Mil y una noches”, son una síntesis llena de sabiduría de todo aquello que hace sufrir al ser humano y que no puede, por más que lo intente, controlar. El problema es que, al estar escrito en lenguaje mítico-religioso, no sabemos aplicarlo al día a día. Los 40 días de comer nos transmiten un mensaje subliminal que se nos lanza a nuestro inconsciente: ¿Por qué tienes que sufrir? ¿Por qué, si Dios es amor, no nos da de comer? Y resuena en nosotros siempre el sofisma nietzscheano del ateísmo vulgar: si Dios existe, ¿por qué no llego a fin de mes? Si yo fuera Dios, podría convertir la adversidad en positividad, ganar más dinero, comer mejor, decirle a las piedras que se conviertan en pan, cambiar mi cuerpo al antojo porque no me gusta, modificar los sucesos de la historia que me hieren. 

»A nadie le gusta pasar desapercibido, no ser querido… Si pudiéramos usar la magia —hoy en día ese papel lo cumple la tecnociencia—, cambiaríamos la condición de hijo de carpintero por hijo de rey, manipular nuestra mediocre condición por la apariencia de ser algo más, tener más éxito social, modificar nuestras condiciones originales por otras según el deseo mimético (de ser como nos dicen que tenemos que ser), etc. Pensamos como Marx, como Nietzsche, como Freud (para mí los tres pensadores más emblemáticos que han caído en las tentaciones sobre las que Cristo sale victorioso): "Si Dios existe, si es omnipotente, si dice que nos quiere, que todo es posible para él, ¿por qué no lo ha hecho de otra manera? Si Dios es amor y es omnipotente, ¿por qué soy pobre, no me satisface nada, estoy frustrado, no encuentro trabajo? Si Dios es bueno y omnipotente, ¿por qué vivimos en un desierto lleno de ruidos, tan hostil? Traduzcamos hambre y desierto por cualquier situación existencial fuera de control y que nos suponga desasosiego y entenderemos la actualidad y pertinencia de estas tentaciones.

-Influido por René Girard, ¿aplica la teoría mimética al desierto como espacio de resistencia a los "cantos de sirena" del deseo imitativo y la violencia cultural?

-Sí, el desierto cuaresmal es una oportunidad para librar el buen combate de la fe. Asumir el desierto como lugar inhóspito es abrirnos a la posibilidad de alzar los ojos al cielo, de tener esperanza, no expectativas, sino esperanza. La gente creemos que los demás son más felices porque tienen más, son mejores, más exitosos, más guapos… pero son como los perfiles de las redes sociales, caretas; creamos un personaje teatral para sobrevivir al modo en el que los demás nos dicen que hay que ser. Sin embargo, ninguno de los guiones teatrales que nos autoescribimos resuelve el problema de dar sentido a la muerte. Se aprende a vivir, a orar dialogando con la Verdad, que es el antídoto contra el veneno de la mentira que nos envuelve por todos lados en la sociedad de consumo, en la política, en la publicidad, en las redes, en las series… Cristo es el modelo de libertad, de autenticidad que todos deseamos, pero que no sabemos dónde buscar porque lo hemos expulsado de nuestra vida tachándolo de gurú religioso, como otro cualquiera en la oferta planetaria. En Él hay algo más que un maestro de sabiduría, que un profeta o filósofo al uso.

-¿Cuál es el mensaje esperanzado del libro para lectores en "tiempos recios", y cómo vincula el desierto personal con la Pascua cristiana, similar a sus reflexiones sobre Cuaresma?

-Cristo se ha metido en nuestra carne, para que podamos confiar en que hay vida más allá de la muerte, que hay esperanza en la desesperante y desasosegante existencia. Decía Primo Levi que en el Lager todos se mataban por un trozo de pan… pero cuando empezaron a oír que llegaban los aliados, se volvieron generosos compartiendo su miserable chusco con los enfermos y los ancianos para que resistiesen hasta su llegada… Él hablaba de que el apunte de esperanza repuesta en los aliados les volvió generosos, despertó la ética de la responsabilidad.

»Pero la ética se queda corta. Él no supo lo que es la esperanza, solo manejó expectativas, porque, aun habiendo sobrevivido a los campos nazis, se suicidó posteriormente. El verdadero aliado del ser humano es Cristo, porque no trae pan, la salud, cierto sentimiento de seguridad, sino que atestiguó con su cuerpo glorioso que tras su atroz sufrimiento en una carne igual a la nuestra venció a la muerte: amortizar el miedo a la muerte con su resurrección es lo que hace a los hombres libres para donarse… Esa es la historia de los santos y los mártires: es posible ser feliz en medio del dolor, no desesperarse, porque los testigos nos dan confianza, nos garantizan que todo tiene sentido, que todo está bien hecho, que tenemos que ser probados para ratificar que nuestro deseo de Dios no es una ilusión, sino la plenitud de sentido de la vida.

-¿Cómo influye su experiencia como laico, padre de familia numerosa y abuelo en la visión del desierto como espacio de batalla amorosa accesible a todos los fieles?

-Estoy en una nueva fase académica, lejos de la dirección, pero sí como padre y abuelo de quince nietos (tres en camino). Mi vida ha sido un desierto de fracasos, soledades y frustraciones, salpicado de alegrías inmerecidas. Ese contraste revela el 'todo está muy bien hecho' del Génesis. La fe ha redimido mi sufrimiento, forjándome en paciencia y caridad. Solo me atribuyo anunciar que Cristo es la Verdad; el resto es don de Dios (Salmo 127), incluso el dolor y la muerte de seres queridos, 'diseño inefable' (Oda de Salomón). Así aprendo a amar sin desesperar, a juzgar menos, a pedir perdón y a descansar en la agitación diaria.

-Representa este libro el inicio de una serie (":1"), y cómo se conecta con sus obras previas como "La guerra perpetua" o "René Girard: de la ciencia a la fe"?

-Con los que estoy más contento son "De lo que no se puede hablar" y "Sobre el amor en tiempos incrédulos", porque me llegan muchos ecos de gente que se ha retornado a la Iglesia, o que le ha dado otra oportunidad a Cristo para que entre en su vida cuando había cerrado esa puerta.

»Lo bueno de este es que está impregnado del buen hacer de Isidro, que templa mis excesos filosóficos, corrige parrafadas y comunica con sencillez y enjundia meditaciones que de otra manera sería difíciles de entender debido a mis complejos academicistas.

-¿Qué consejo daría a jóvenes universitarios de la UFV para "librar la batalla del amor" en el desierto moderno de redes sociales y crisis de fe?

-Que le den una oportunidad al evangelio. Suena raro decir que es algo más que el libro que sostiene una religión. Como decía Simone Weil, antes que una religión, es una antropología increíble. Girard afirmaba que nunca, como en el siglo XXI, estos textos habrán hablado tan claro. Este futuro anterior que él emplea nos dice que la Revelación acaba de empezar a gritar en esta aldea global que o “nos convertimos o el horizonte es la nada”. Entiendo “nada”, no en sentido apocalíptico atómico y guerrero, sino al estilo de las tentaciones en el desierto: si no confías en Dios, la alternativa es el desasosiego, la falta de esperanza, el desprecio del cuerpo, miedo al devenir de la historia y a la muerte, angustia y ansiedad, violencia, soledad. Son los ítems que recogen la psiquiatría actual como definitorios de lo que está pasando y de lo que está por venir en grado superlativo. El pan no es suficiente, no solo de pan vive el hombre; la ciencia y la medicina no son suficientes, solo pueden alargar un poco la agonía; y la fama y el éxito, tampoco. Al final, el transhumanismo es una quimera; todos moriremos, y no se vive ni se muere igual sin esperanza que con esperanza. La ciencia que no está contaminada de ideología y de prejuicios anticristianos nos da datos más que suficientes para pensar y confiar en que somos algo más que un cúmulo de moléculas o células bien combinadas.

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