Beauvoir, icono feminista: el embarazo es «un drama» y el feto, «un parásito»

La actriz española Julia de Castro (n. 1984) declaró recientemente en 'Hora 25' de la Cadena SER: 'Ya está bien de la familia tradicional, hay que abolir la familia ya de una vez; no está funcionando esta cosa de padre y madre'.
Hay personas que, resabiadas de un exceso de sinceridad a la hora de defender sus postulados, contribuyen más a repeler a sus destinatarios que a atraerlos hacia su causa. Este es el caso de la actriz Julia de Castro, quien, con su falta de maña, tacto o cariz sibilino, ha propiciado un sonoro denuesto de la ideología progresista tras sus recientes declaraciones; alocución en la que ha pedido literalmente “abolir la familia ¡ya!, por favor” (inspirada por el lunático manifiesto de una tal Sophie Lewis).
Esta proclama, expresada con una sinceridad tan locuaz, lenguaraz o deslenguada, no forma parte de una manera de pensar residual o marginal, sino que es uno de los ejes vertebradores del pensamiento de Simone de Beauvoir, la gran matriarca intelectual del feminismo sesentayochista (véase el actual, el hegemónico desde las algaradas de aquel mayo francés de 1968).
En otras palabras, esta mujer no es un verso suelto, un renglón torcido o una nota disonante en la partitura de nuestra historia reciente, sino uno de los puntales ideológicos de la moral descristianizada imperante (y rampante). Un hecho que explica que no fue un personaje anodino es que, además de haber sido muy famosa y de que mantuvo una relación abierta con el célebre Jean-Paul Sartre, su guerra librada contra la familia tiene notables influencias comunistas como Friedrich Engels y precedentes capitalistas con el nombre de John Stuart Mill (sus teorías al respecto, por cierto, las abordaré en los renglones ulteriores).
El feto, un parásito
A juicio de Simone de Beauvoir, la familia no es un nido de amor, ni un cálido lugar de acogida, sino todo lo contrario: una mazmorra en la que la mujer mora encadenada a su marido, a sus hijos, y a los deberes y obligaciones -en su jerga, a las cargas impuesta- propias del matrimonio. En su panfleto El segundo sexo, sentencia sin rubor, recato ni rebozo: “El hogar es un espacio donde la mujer se consume lentamente en su propia nada”; a lo que agrega que “el embarazo es, sobre todo, un drama que se representa en el interior de la mujer”; y por consiguiente, “el feto es una parte de su cuerpo y es también un parásito que la explota; ella lo posee y también es poseída por él”.
Como solución, Beauvoir plantea el aborto no sólo como una opción (lo cual ya es, de por sí, macabro y siniestro), sino que va más allá: lo promueve como un mecanismo para desvincular a la mujer de esa identidad natural que la sojuzga y oprime; hasta el punto de entender la defensa del no nacido como un “humanitarismo intransigente”. De hecho, Virginie Despentes, una de sus fideicomisarias ideológicas más acérrimas (además de cineasta, crítica de cine porno y exprostituta), interpreta que “el aborto es una cuestión de supervivencia para la mujer”.
Mujer no se nace
Otro de los despropósitos que Simone de Beauvoir estampó en su opúsculo panfletario El segundo sexo fue que “no se nace mujer: se llega a serlo” y que, por ende, “ningún destino biológico, psíquico o económico define (…) a la hembra humana”; puesto que, bajo su parecer, “es el conjunto de la civilización el que elabora ese producto intermedio entre el macho y el castrado al que se califica de femenino”. A esto, cabe añadir que Beauvoir abrigaba una enorme contradicción en uno de sus postulados elementales: por un lado, sostenía que la mujer no se encuentra definida por la naturaleza; por otro, predicaba que tenía que rebelarse contra dicha naturaleza; y, por otra parte, decía que “toda mujer es homosexual por naturaleza”.
Sobre esta quimera consistente en que la identidad sexual es una ficción, una construcción cultural impuesta, se sustentaron las sórdidas y grotescas prácticas psicológicas del doctor John Money. Y la obsesión de Beauvoir con el desarrollo de la identidad sexual tuvo el psicoanálisis de Sigmund Freud como punto de referencia.
Su idea de vivir “sin ataduras domesticas”, plasmada en sus Memorias de una joven formal, y de que el matrimonio y la vida familiar le impedirían “definir por sí misma su existencia”, es una extrapolación de la lucha de clases de Karl Marx (donde el obrero se ha de sublevar contra el burgués que le oprime) a la guerra de sexos (en virtud de la cual la mujer se rebelaría contra el hombre que la esclaviza). Ahora bien, esta conclusión no es una invención de Simone Beauvoir, sino que el propio Friedrich Engels, coetáneo y camarada ideológico de Marx (huelga recordar que juntos escribieron El Manifiesto Comunista), ya la desarrolló en su obra El origen de la familia, la propiedad privada y el Estado. A fuer de esta traslación de la lucha de clases marxista al terreno de la guerra de sexos, Beauvoir abogaría, inspirada por La mujer y el socialismo de August Bebel, por que “ya no haya hombres y mujeres, sino sólo trabajadores iguales entre sí”.
En síntesis, Simone de Beauvoir, primero, extrapola la lucha de clases de Marx a la guerra de sexos (tal y como lo hacía Engels), para, después, incorporarle un cariz marxista a dicha guerra de sexos. En otros términos, fusiona lo peor de cada postulado en un mismo cuerpo doctrinal.
La Ley de Bronce de los Salarios
A pesar de que Simone de Beauvoir fuese un icono de la izquierda de mayo del sesenta y ocho, su ánimo por depauperar la institución familiar, de rebelar a la mujer contra el hombre, de minar la maternidad y de propagar su consiguiente antinatalismo, lo podemos identificar en las teorías de los padres fundadores del capitalismo moderno.
Entre estas teorías, cabe destacar:
- la Ley de Bronce de los Salarios, de David Ricardo, basada en que si la sociedad tiene menos descendencia, será más fácil que se conforme con un sueldo mínimo de subsistencia (algo de escalofriante actualidad, por cierto);
- Jean-Baptiste Say, en su Tratado de economía política, sublimó al soltero como un modelo de trabajador, puesto que carece de la necesidad de mantener a una familia;
- Robert Malthus, también, fue otro capitalista que pasó a la historia por su enfervorizado antinatalismo, hasta el punto de que el término maltusianismo es reconocido como sinónimo del mismo;
- y también es digna de mención aquella teoría de John Stuart Mill, plasmada en su obra La esclavitud de la mujer, consistente en enfurruñarla contra el hombre, a la vez que se exalta su desarrollo individual como profesional en detrimento de su vocación de maternidad.
De hecho, podemos hallar ejemplos más próximos en el tiempo a nosotros. Walter Lippmann, quien promovió en 1938 un célebre coloquio considerado por muchos como el origen de la revolución neocapitalista, manifestó lo siguiente en su obra The good society: “Una economía dinámica debe alojarse necesariamente en un orden social progresista”.
Es más, Pier Paolo Pasolini denunció este fenómeno con las siguientes palabras: “El neocapitalismo se presenta taimadamente en compañía de las fuerzas del mundo que van hacia la izquierda”; además de presagiar, en 1972, que la libertad sexual progre se convertiría en un instrumento al servicio del capitalismo.
Esto último se debe a que la mentalidad progre no es una bandera exclusiva de los intelectuales izquierdistas, sino también de aquellos capitalistas huérfanos de rectitud moral y apeados de la tradición cristiana occidental; siendo este abandono de los valores cristianos la primera causa de tales despropósitos, y no una pugna entre las izquierdas y las derechas.