Viernes, 04 de diciembre de 2020

Religión en Libertad

Iglesia: una idea equivocada

Iglesia: una idea equivocada
Los cristianos de los primeros siglos no tuvieron ninguna intención de asimilarse a su tiempo. Imagen: «La última oración de los mártires cristianos» de Jean-Léon Gérôme (1883), The Walters Arts Museum, Baltimore, Estados Unidos.

por Josep Miró i Ardèvol

Opinión

Las recientes palabras del Papa sobre la regulación de la convivencia civil y los homosexuales, tan solo veinte segundos en un vídeo de más de una hora, se han convertido en una noticia de alcance global, mucho más que el reciente texto pontificio, Fratelli tutti . De hecho, la frase se ha comido literalmente a la encíclica.

Al hilo de las palabras de Francisco se produce un reiterado tipo de comentario, formulado ante cualquier iniciativa por parte de la Iglesia. Consiste en exigir que se parezca mucho más al “mundo”, a la sociedad, asumiendo sus cambios, y el reconocimiento de sus nuevas instituciones, prácticas, costumbres, deseos y pasiones. En este caso referido al ma­trimonio homosexual, pero igual sirve para razonar sobre el aborto, la eutanasia, el sacerdocio femenino y muchos más temas.

Esta forma de razonar expresa un desconocimiento grande de la misión de la Iglesia, de aquello que da sentido a su existencia desde la Pentecostés del año primero. Esta falta de comprensión señala también el inmenso trabajo pendiente que tienen ante sí los cristianos.

Pero ¿por qué es tan equivocada esta visión de la Iglesia? Porque su tarea no es la de asemejarse al mundo en cada momento, sino la de transformarlo de acuerdo con el mandato de Jesucristo. “Nuestro destino es el Reino de Dios, que Él mismo comenzó en este mundo, que ha de ser extendido hasta que Él mismo lo lleve también a su perfección” (Catecismo de la Iglesia Católica, 782). Una perfección solo posible al final del tiempo.

Y es que la condición de plenitud en la pertenencia al Reino es la inmortalidad, el triunfo sobre la muerte. “¿Dónde está, oh muerte, tu victoria?” (1 Corin­tios 15, 55). Esta es la buena nueva, junto con saber que Dios nos ama absolutamente. A esto estamos llamados, y a esto debemos servir. Este es el tensor cristiano hacia su horizonte de sentido que atraviesa la historia y la vida de cada persona: extender el Reino. Se trata de una elección a la que hay que responder como plantea Maurice Blodel en La acción: “¿Sí o no, la vida humana tiene un sentido y el hombre un destino?”. La referencia para el cristianismo no es el mundo, sino Jesucristo y la propia Iglesia.

La Iglesia vivió con muchas dificultades en el seno del imperio romano durante siglos, mucho más tiempo que esta recientísima época nuestra. En ningún momento creyó que debía cambiar su propuesta para asemejarse al imperio. No asumió sus valores básicos, no aceptó el aborto, el menosprecio por los pobres y humildes, reivindicó la dignidad de todos, no acató a la deificación del Estado dando testimonio con la vida. Su modelo no era la grandiosidad de Roma. ¿Por qué ahora habría de ser distinto? Quienes postulan la referencia mundana, no entienden aquello de lo que sí se percató H.G. Wells y dejó escrito en Esquema de la historia universal (1919): “La doctrina del Reino de los Cielos, que fue la enseñanza principal de Jesús, es ciertamente una de las más revolucionarias que alguna vez haya animado y transformado el pensamiento humano”. En eso estamos.

Además, ¿a qué “mundo”, a qué sociedad ha de asemejarse la Iglesia? Porque en realidad a lo que se refieren es tan solo a la circunstancial hegemonía de una determinada cultura y moral en parte de Occidente. Solo eso, y que además es muy distinta a como éramos hace pocas décadas. ¿En qué se parece la Europa de hoy a la de los años cincuenta, treinta, o de principios del siglo pasado? ¿Y esta fungibilidad tan local ha de guiar a la Iglesia, dos mil años de vida, más de mil millones de fieles? ¿No es acaso una pretensión desmesurada? El cristianismo engendra culturas, civilizaciones, y no al revés. Se inculturaliza en lo accesorio, y afronta y transforma lo fundamental.

La fe y seguimiento de Cristo transmuta los valores y sentimientos instintivos del ser humano, que se subleva ante él. El sentido común reclama riqueza, abundancia, placer, poder, fama. No es esto lo que dice Jesús. Y no lo es porque no se trata de sentido común “sino de una actitud inspirada en la plenitud del eterno”, escribe Romano Guardini, quien nos dice que el que interpreta rectamente las palabras del Señor es quien observa sere­namente las ideas que se ha formado acerca de lo que es grande en el mundo, pero que comprende que todo ello es pequeño, impuro y decadente ante lo que viene del cielo.

Cuando Antonio Negri necesita de San Agustín y San Francisco de Asís y no de Marx, Lenin o Trotski para escribir Imperio, una alternativa política al sistema, resultaría que los cristianos deberíamos desechar no solo a aquellos singulares maestros, sino a todo lo que disiente del actual modelo de sociedad. Deberíamos acatar al imperio , que pretende que sus verdades son sólidas a pesar de la carcoma de sus crisis enquistadas. Claro que no lo haremos. El cristianismo es alternativa y regeneración permanente a todo lo orgulloso, falso, egoísta, concupiscente, corrupto e injusto, a toda ira, a lo que excluye el perdón, y el respeto, que habita en nuestro tiempo y en sus instituciones.

Publicado en La Vanguardia.

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