Navidades: ayer, hoy y siempre
Si el Niño que es el centro de la Navidad es Dios, entonces participa de su intemporalidad.

Nacimiento de luces en la Plaza de las Cortes de Madrid en la Navidad de 2025.
Ante el nuevo año, inspirado en la célebre frase de la carta a los Hebreos 13, 8 “ayer, hoy y siempre”, quisiera enmarcarla en este tiempo navideño y hacer la siguiente reflexión en base a la celebración y vivencia de nuestras navidades.
Es cierto que la Navidad nos traslada a un ayer; al ayer de hace más de dos mil años en que Dios vino al mundo naciendo en Belén de Judea; este es el acontecimiento que celebramos todos los años. Pero también hay un ayer en la vida de cada uno de nosotros, que nos traslada a otras navidades vividas cuando éramos niños, adolescentes, jóvenes…, ahora acompañadas de un recuerdo especial de los seres queridos que ya no están entre nosotros –a quienes añoramos– y que nos introdujeron en la vivencia de la Navidad: haciéndonos compartir esos días con familiares, amigos, conocidos y personas necesitadas; haciéndonos vibrar de ilusión con los Reyes Magos, sus regalos y cabalgatas majestuosas; haciéndonos participar de las celebraciones, preparando los decorados navideños, aprendiendo villancicos y montando los belenes que nos invitaban a rezar y ensanchar el corazón.
Este ayer es el que ha forjado nuestro hoy. Pero se trata de un hoy sobre el que quisiera hacer brillar una luz para aquellos que lo viven con cierto pesimismo y desilusión. Habiendo vivido fuera de España durante años, puedo percibir –quizá con más facilidad– aspectos navideños que llenan de esperanza e ilusión.
Por ejemplo, me llaman positivamente la atención los adornos con simbología navideña y religiosa en las calles de algunas de nuestras ciudades. Años atrás, uno solo veía adornos luminosos que no tenían nada que ver con la Navidad: paraguas, osos, rectángulos, pinceles…, por no hablar de cabalgatas que más bien parecían de carnaval y que llegaron a presidir reinas magas. Hoy podemos ver colgaduras luminosas con las palabras: Feliz Navidad, adornos que se corresponden con lo que celebramos: la Virgen María, San José, el Niño Jesús, los pastores, los Reyes Magos, estrellas, ovejas y camellos, así como un sinfín de belenes que nos recrean y llevan a contemplar el misterio por su calidad artística y mensaje espiritual.
Y junto al ayer y al hoy, un siempre que nos recuerda quién es el que nace en Navidad: el Emmanuel que significa Dios con nosotros. Y si el Niño que es el centro de la Navidad es Dios, entonces participa de su intemporalidad. Por tanto, la Navidad no puede quedar encasillada en un tiempo del año, pasado el cual, se guarda todo en cajas para meterlas en un armario y reabrirlas al año siguiente, sino que al quedarse Dios con nosotros podemos con toda verdad exclamar: ¡siempre es Navidad!
A este propósito recuerdo una preciosa experiencia que viví un caluroso mes de agosto, cuando fui destinado a Tierra Santa. Al día siguiente de mi llegada, quise ir a Belén con una temperatura que rozaba los 45 grados centígrados. Llegado a la sacristía de la basílica de la Natividad, donde se encuentra la gruta en la que nació Jesús, el hermano sacristán, que era de Jordania, me recibió con una amplia sonrisa y me dijo en tono festivo: "¡Feliz Navidad!". Yo, que estaba empapado de sudor y sofocado por el calor, no pude por menos de decirle: "Hermano Ibrahim, si estamos en agosto, ¿cómo que 'feliz Navidad'?". A lo que me respondió sin dudar: "Es que aquí siempre es Navidad".
En definitiva, que la forma de vivir nuestras navidades de hoy –apoyadas en las de ayer–, den lugar a que también nosotros podamos decir: "Aquí siempre es Navidad". ¡Feliz Navidad!