Entre el descarte y la cruz: repensar la maternidad
Crear una cultura de la vida es atrevernos a redescubrir la maternidad, la paternidad y el milagro de la vida con los ojos de Dios.

No se trata de 'liberarse' de la maternidad sino de descubrir, a través de la mirada de los demás, que la maternidad es el don de participar de una manera única en el milagro de la vida.
Hace dos días estuve conversando con dos amigos sobre toros, persona y aborto –lo sé, temas ligeritos para pasar la tarde–. Durante toda la discusión me limité a preguntarles genuinamente qué entendían que era la persona, es decir, qué hace que alguien sea persona o no, pues pensaba que, al referirse a los toros como personas, tendrían un pensamiento afín al de Peter Singer (que es un autor cuya confrontación me encanta). Sin embargo, no obtuve más que un “no lo sé y no tengo por qué saberlo”.
Este “no lo sé y honestamente no tengo por qué saberlo” me ha hecho reflexionar sobre la cultura de la vida y del descarte. Para la mayoría de personas a favor del aborto, preguntarse sobre la dignidad humana del no nacido –es decir, si es una persona o no– carece de valor porque es una cuestión de los derechos de la mujer a elegir. En otras palabras, no importa si estamos matando a una persona humana, porque lo importante aquí es que la mujer decida dar a luz o no al bebé. Para ellos, el aborto –aunque conlleve matar a un inocente indefenso– es el mal menor frente al mal mayor, que es la maternidad. Parece preferible permitir que un “médico” aspire, desgarre o provoque un paro cardíaco (o inanición en el caso del aborto químico) con el consentimiento de la madre, que permitir que una madre dé a luz al hijo que crece en su interior.
La mayoría de mujeres, como el resto de la humanidad, no necesitamos tanto que nos quiten el yugo que supone la maternidad, sino que el amor lo vuelva ligero. No somos seres superficiales y egoístas que solo hallan felicidad en una vida sin vínculos reales y estables, sin responsabilidades, sin compromiso ni sacrificio. No queremos una vida sin peso, sino una vida en la que ese peso tenga sentido. No se trata tanto de “liberarse” de la maternidad como de descubrir, a través de la mirada de los demás, que la maternidad es el don de participar de una manera única en el milagro de la vida.
Quizás deberíamos preguntarnos si la única solución que ofrecemos es suprimir la capacidad de “sufrir el problema”, es decir, la fertilidad, y, en último término, “acabar con el problema”, es decir, con el hijo concebido. O quizá haya otra opción, aquella que pasa por la cruz: una opción que implique llevar el yugo, pero nunca sola ni olvidada; que nos vea por lo que somos y valore aquello que nos hace únicas, en vez de exigirnos actuar como hombres solo porque lo nuestro no “empodera”; que decida apostar por nuestra capacidad de maternar, ya sea física o espiritualmente, y por nuestra capacidad de consolar, escuchar, cuidar y dulcificar cualquier ambiente.
Todo esto nos lleva, como sociedad, a una pregunta: ¿cómo hemos llegado a esto? A una cultura que habla de la maternidad como condena en vez de bendición. Es evidente que algo estamos haciendo mal como sociedad si la mujer siente que ser madre es motivo de vergüenza y no de orgullo. Quizás debemos preguntarnos si le damos a la maternidad la dignidad que le corresponde, si cuidamos a las mujeres embarazadas con la comprensión y ternura que se merecen, si somos capaces de ver la belleza en su barriga, en sus varices o en la cicatriz de cesárea, si apreciamos lo suficiente lo que significa dar a luz.
También deberíamos preguntarnos si empatizamos realmente con los padres que van a misa, viajan o salen a comer con sus hijos; si sonreímos cuando vemos a los niños jugar; si celebramos a cada persona con alguna discapacidad que vemos; o si reclamamos y hablamos como corresponde sobre la necesidad de mejorar la asistencia obstétrica y ginecológica pública.
La cultura de la vida no se reduce únicamente a estar en contra del aborto ni a argumentar o legislar en favor del no nacido. Crear una cultura de la vida...
- Es admirar a cada mujer que tuvo la valentía de cuestionar que solo el trabajo o la fama la harán libre.
- Es aplaudir a cada mujer adolescente y adulta que decide no castigar a su hijo no nacido por los errores de otros.
- Es sufrir, con humor y paciencia, los cambios de humor de las mujeres embarazadas que tenemos cerca.
- Es atender sonriendo y sin reprochar a las embarazadas que pasan el día en urgencias, o que te interrogan sobre el queso o la limpieza de los tomates, por ejemplo.
- Es ver el tabernáculo o arca donde durante nueve meses se ha gestado una vida en la barriga, en las varices o en las cicatrices.
- Es visitar y preocuparse primeramente por la madre que acaba de parir.
- Es comprender con una sonrisa a los padres cuyos hijos tienen una pataleta en el bus, avión, tren o restaurante, especialmente a aquellos padres que quieren inculcar a sus hijos la fe llevándoles a misa, en vez de mirarles con dureza y reproche.
- Es dejar que los niños jueguen, ya sea en el parque, urbanización, piscina o en su casa (aunque se oiga por todo el edificio).
- Es mirar con admiración a las familias que apostaron por la dignidad de sus hijos pese a malformaciones o discapacidades, no con pena sino con gratitud.
- Es ofrecer una alternativa a una falsa solución que elimina al hijo concebido y desprecia el valor de la fertilidad, proponiendo en su lugar un camino que pase por la cruz y, en lugar de quitarnos el yugo, lo aligere con amor; una alternativa que reconozca en las mujeres una grandeza capaz de sostener la vida, acompañarla y embellecerla, incluso cuando duele.
Crear una cultura de la vida es atrevernos a redescubrir la maternidad, la paternidad y el milagro de la vida con los ojos de Dios. Y, para ello, pedirle que nos haga comprender que lo que recibimos de Él se debe cuidar.