Yo iba para princesa, pero Dios me dio armadura
Detrás de toda persona a la que llaman "fuerte" hay un corazón que, en algún momento, necesita dejar de serlo

La princesa
Yo llegué a mi familia con un destino razonablemente claro: iba para princesa. No una de cuento medieval —que ya bastante tenían—, sino una princesa moderna, educada, con fe ordenada, sentido del deber y una confianza casi conmovedora en que la vida, si una se porta bien, se mantiene la coherencia narrativa. Todo parecía previsto, contemplado, casi como si alguien hubiera redactado un guion con instrucciones de uso: “Llegará, será encantadora, confiable, elegante… y todo irá según lo planeado”. El rol estaba tan preparado que bastaba con abrir la puerta y empezar a vivirlo.
Pero la vida, con su sarcasmo refinado, no llegó con subtítulos ni banda sonora clásica. Pasas de escuchar un waltz vienés a tener a Sabina a todo volumen, y de pronto las notas dulces se mezclan con el humo del bar, el café frío y la ironía de la realidad. Lo que antes parecía un relato coherente se convirtió en un mosaico desordenado de decisiones improvisadas, riesgos no solicitados y esa frase que aprendí a escuchar demasiado pronto: “Qué fuerte eres”.
Lo dicen con admiración. Una sonríe por educación.
Por dentro, sin embargo, se piensa: yo no pedí este personaje.
No me hice fuerte por convicción ni por virtud. Me hice fuerte porque no había alternativa digna. La fortaleza, cuando llega así, no tiene nada de épico. Es práctica. Funcional. Bastante poco glamurosa. Y sospecho que Dios, que tiene un sentido del humor infinitamente más fino que el nuestro, observaba la escena con calma: no porque disfrute viéndonos resistir —Dios no es un coach motivacional de Instagram—, sino porque sabe algo que a nosotros nos cuesta aprender: que la fortaleza no consiste en no caerse, sino en no desaparecer cuando una se cae.
Así fue como dejé de ser princesa y pasé a ocupar un rol menos decorativo y más operativo: el príncipe valiente, -ahora es cuando el feminismo me lapida-. No el del caballo blanco, sino el que llega tarde, cansado y sin tiempo para la épica. El que no salva reinos, pero mantiene el día en pie. El que no presume de armadura porque, francamente, no le queda energía para eso y no es de su talla.
Desde fuera, esta transformación parece admirable. Desde dentro, es simplemente lo que había que hacer.
Hay algo que rara vez se dice —quizá por pudor, quizá por incomodidad—: detrás de toda persona a la que llaman “fuerte” hay un corazón que, en algún momento, necesita dejar de serlo. Un corazón que quiere desplomarse sin escenografía, sin lecciones aprendidas, sin convertirse en ejemplo para nadie. No por falta de fe, sino porque la fe no es una competición de resistencia.
A mí no me sostiene una épica del sufrimiento. Me sostiene Dios. Me sostuvo cuando estaba aterrada, cuando la fortaleza era pura representación y el miedo se filtraba por las grietas. Me sostuvo cuando no entendía nada, cuando rezar no calmaba, pero impedía huir. Y me sostuvo también cuando tuve que aceptar —con bastante menos elegancia de la que me habría gustado— que no todo se arregla, que algunas cosas solo se atraviesan, y conviene hacerlo silbando el puente sobre el río Kwai, por salud mental.
No soy así porque me hayan pasado “cosas gordas”. Esa explicación es tentadora, pero superficial. Soy así porque he sido sostenida. Porque cuando yo no podía, Dios sí. Y porque la fe, en su versión más adulta, no promete tranquilidad: promete compañía.
Y luego está la calle. Bendita y formativa calle.
Hay una frase gloriosamente malasañera que funciona como diagnóstico infalible: “A tu teoría le falta calle”. Y es verdad. A muchas ideas —también a muchas ideas religiosas— les falta calle. Las que vivimos como universitarias el Madrid en los noventa aprendimos cosas que no estaban en los libros: a relativizar cuando todo parecía definitivo, a usar el humor como mecanismo de supervivencia y a cuidar sin solemnidad. Aprendimos que se puede estar hecha polvo y aun así quedar para un café. Que el sarcasmo no es cinismo, sino una forma educada de no romperse del todo.
La calle nos sostuvo cuando nosotras no sabíamos cómo hacerlo.
Por eso mi fe nunca ha sido vaporosa. Tiene aceras, bares, cementerios, noches largas y mañanas difíciles. Dios se me ha revelado menos en los momentos sublimes que en el "sigue". Menos en el “todo irá bien” que en el “aquí estoy”. Y eso, con el tiempo, no te vuelve más dura, sino más lúcida.
Hoy sé que ser fuerte no es una identidad, sino una circunstancia. Que la valentía no es un rasgo de carácter, sino una respuesta. Y que incluso el príncipe —sobre todo el príncipe— necesita, de vez en cuando, sentarse en el suelo y admitir que no puede más. Dios no se escandaliza por eso. Sospecho que, en realidad, es ahí donde más cómodo se encuentra.
Tal vez ese era el plan desde el principio.
No el cuento perfecto, sino la vida real.
No la princesa protegida, sino el príncipe que aprende a confiar.
No una fe decorativa, sino una fe con calle, con humor y con cicatrices.
No el papel más bonito.
Pero sí, probablemente, el más verdadero.
P.D. Que los puritanos del feminismo se agarren: “príncipe valiente” y “princesa débil” son los cuentos de mi infancia, y a mis años, con la cabeza en su sitio, mis personajes los escribo yo, con humor, cicatrices y sin pedir permiso.