Nietszche ha muerto
“Hoy vuelve Dios a la conversación pública. No por imposición sino por hambre. No por coacción sino por frío”

Amaia Montero regresa como voz solista de La Oreja de van Gogh: en el programa anterior a las uvas en Televisión Española cantaron 'Yo creo en Dios'.
En los últimos tiempos se está hablando mucho de Dios en lo público. Hemos visto la peli de Los Domingos. Hemos oído a Rosalía decir que hay un hueco que solo llena Dios. Y a La Oreja de Van Gogh cantando que que creen en Dios, aunque “a su manera”. Algo se mueve. El ateísmo es un fracaso ya no solo a nivel teórico. El corazón vuelve a preguntar por lo eterno.
No creo que estas manifestaciones que vemos en muchos sitios se traten de postureo espiritual, ni de simple moda. Son la constatación de la existencia de un vacío real, de un hueco que necesita ser llenado, de un frío que reclama fuego. Se ha probado de todo: éxito, placer, consumo, terapias, likes… Sigue faltando algo. Cuando el alma no descansa, acaba buscando el nombre que le dijeron que tenía que olvidar.
Estamos hechos así. San Pablo dijo con claridad a los tesalonicenses: “que todo vuestro espíritu, alma y cuerpo, se mantenga sin reproche hasta la venida de nuestro Señor Jesucristo” (1 Tes 5,23). La distinción entre “espíritu, alma y cuerpo” es algo clásico en las visiones griega y judía de la persona. Los antiguos sabían que somos una unidad profunda que no se entiende si amputamos alguna de sus dimensiones.
El cuerpo, en griego el “soma”, recibe las percepciones a través de los cinco sentidos. Es nuestra puerta al mundo. Sin cuerpo no hay experiencia. El alma, “psique”, es nuestra parte mental, la que ordena esas percepciones. En ella brotan pensamientos, recuerdos, heridas, deseos y sentimientos. Es el ámbito que hoy más se trabaja. Pero si todo acaba aquí la vida se queda encerrada en sí misma. Es como una hormigonera que da vueltas.
El espíritu, “pneuma”, es la parte que va más allá. Nos saca de nosotros mismos. Nos abre a la pregunta por el sentido, por el bien, por la belleza, por la verdad, por Dios. Su voz entra por ahí para susurrarnos que hay algo más, que la vida no se agota en andar buscando placeres y sobreviviendo con resiliencia a las desgracias, que la felicidad es algo más que sentirse bien. Hoy se habla mucho de salud mental pero poco de vida espiritual.
Muchos de los psicólogos más importantes del siglo XX, con Freud a la cabeza, negaron la existencia de Dios y construyeron sus sistemas de pensamiento teniendo en cuenta la conexión entre el “soma” y la “psique” pero rechazando el “pneuma”. Freud decía que este era una ilusión que nacía del miedo. Redujo al hombre a impulsos y conflictos. Negó el espíritu. Cerró la puerta a Dios. La existencia para él no tenía sentido más allá de la muerte. El resultado de aquello eran simplemente análisis sin trascendencia, terapias sin horizonte, vidas sin sentido. Mucha explicación teórica y poco consuelo. La psicología sin Dios hizo creer a muchos hasta hoy que todo puede explicarse desde el cuerpo y la mente. Ninguna esperanza. Cuando se expulsa a Dios del mapa quedan el vacío y la nada. Y la hormigonera de vueltas y vueltas mentales.
Pero cada vez más muchos hijos pródigos actuales se dan cuenta de que hay algo más que no les han contado. Una dimensión más profunda del ser que nos permite conectar con el Padre y tener la esperanza de somos amados, de que podemos levantarnos y dejar el barro y los cerdos para recibir el abrazo de Dios y volver a empezar. Es nueva la vieja expresión “nos hiciste Señor para ti y nuestro corazón está inquieto hasta que descansa en ti”, de San Agustín. No pasa de moda porque no es moda. Hoy vuelve Dios a la conversación pública. No por imposición sino por hambre. No por coacción sino por frío. El corazón humano no ha cambiado, sigue necesitando algo que no se fabrica ni se compra. Algo que un repartidor de Amazon no puede llevar a tu puerta. El fracaso del mundo sin Dios ha reabierto la pregunta religiosa.
No estamos asistiendo a una vuelta a la fe en Jesús sino una apertura buena a volver a conocerle y reconocerle. Hoy no es extraño hablar de creer en Dios a la manera de uno mismo, un dios a la carta que confirma lo que cada uno piensa, un espejo cómodo en el que mirarse. Hasta El País ha cambiado su habitual notica anual de que Jesús no nació el 25 de diciembre por hablar de que cada uno elige la espiritualidad. Quizás abrumados por ver que seguir negando a Dios les resta visitas y por ello dinero.
Pero falta el encuentro personal con Él que transforma la vida entera. Pero la tierra en la que sembrar es buena, muchos corazones antes reacios hoy están abiertos. Los cristianos no anunciamos una idea espiritual más sino a una Persona. Cristo. Quien le ha visto a Él, ha visto al Padre. Un Dios con un corazón enamorado de nosotros, con rostro, con palabras, con cruz y resurrección. No es un Dios desconocido ni lejano. Dijo San Pablo en el aeropago griego: “paseando y contemplando vuestros monumentos sagrados, encontré incluso un altar con esta inscripción: Al Dios desconocido. Pues eso que veneráis sin conocerlo os lo anuncio yo. El Dios que hizo el mundo y todo lo que contiene” (Hch 17,23-24). El Apóstol ataca a los hombres de su tiempo sino que reconoce en ellos una búsqueda religiosa real. Y da el paso decisivo: ese Dios ya no es desconocido, tiene rostro, nombre e historia, Jesucristo.
El fracaso ideológico ha reabierto la pregunta por Dios. Son tiempos de anuncio. Cuando todo promete y no salva Cristo vivo vuelve a aparecer más claramente como respuesta. Son tiempos de testimoniar con la vida el amor de un Dios humilde y pequeño que quiere salvarnos abrazando nuestros sufrimientos y perdonando nuestros pecados. Suena escandaloso. Pero en esto consiste creer no a nuestra manera sino la suya.