Religión en Libertad

Cuaresma, tiempo de gracia

Al vaciarnos de nuestros pecados y nuestras debilidades podemos llenarnos del amor de Cristo, única Fuente de Vida.

Cuaresma es el tiempo para despejarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo de la Cruz y la gracia.

Cuaresma es el tiempo para despejarnos del hombre viejo y revestirnos del hombre nuevo de la Cruz y la gracia.Paola Rossinelli / Cathopic

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En nuestra época, en la que muchas iglesias permanecen semivacías incluso el domingo, día del Señor, llama la atención que, además de la Navidad, el Miércoles de Ceniza sea, en gran parte del mundo, uno de los días en que más se llenan los templos. Pues, a pesar de que no es un día de precepto, muchas personas que rara vez frecuentan los sacramentos se apresuran a recibir la imposición de la ceniza. Esto resulta aún más significativo si se considera que este sacramental, con su característica cruz de ceniza trazada en la frente, invita a la conversión al tiempo que advierte sobre la brevedad de la vida: “Recuerda que polvo eres y en polvo te convertirás”.

Desafortunadamente, después del Miércoles de Ceniza, muchos cristianos no vuelven a poner un pie en la iglesia durante toda la Cuaresma. Así, las piadosas prácticas de los cuarenta días (en los cuales la Iglesia nos anima a purificar nuestro corazón y perfeccionar nuestra vida a fin de prepararnos a la celebración de las solemnidades pascuales) son ignoradas por muchos católicos que han sustituido la iglesia por la playa y la Semana Santa por las llamadas vacaciones de primavera. Pues, mientras es fácil marcar la frente con una cruz de ceniza (olvidando que es símbolo de humildad, penitencia y conversión), es muy difícil aceptar la cruz de cada día para seguir a Cristo en su camino al Calvario.

Así, seducidos por vanidades y placeres, deseamos todo lo que el mundo nos promete, aunque sea pasajero y, relegamos a Dios, que nos ofrece lo eterno. Y es precisamente porque la Iglesia, como madre que es, sabe bien que la carne es débil, que nos invita a fortalecer nuestro espíritu, especialmente durante la Cuaresma. De ahí que las prácticas cuaresmales tengan por objetivo ayudarnos a desapegarnos de las cosas de este mundo, especialmente las pecaminosas que tanto ofenden a Dios y nos alejan de Él, para poder centrar nuestra vida en Cristo.

San Ambrosio (en su Comentario a San Lucas 5, 23-27) nos recuerda que: 

  • “La Cuaresma es tiempo de, como nos exhorta San Pablo, despojarnos del hombre viejo y dejar atrás todo lo que nos separa de Cristo, especialmente vicios y pecados graves para revestirnos del hombre nuevo (Col 3, 9-10). Mas, para ello, debemos pedir a Nuestro Señor que nos libre de la podredumbre de nuestros pecados eliminando aun nuestras pasiones más escondidas y secretas. Escuchadme, hombres pegados a la tierra, los que tenéis el pensamiento embotado por vuestros pecados. También yo estaba herido por pasiones semejantes. Pero he encontrado a un médico que habita en el cielo y que derrama sus remedios sobre la tierra. Sólo Él puede curar mis heridas porque Él no tiene esas heridas; sólo Él puede quitar al corazón su dolor y al alma su languidez, porque conoce todo lo que está escondido".

Ciertamente, la Cuaresma es el tiempo de gracia en el cual Dios nos recuerda que tiene abiertas, de par en par, las puertas de su misericordia y está presto a sanar los corazones que, contritos y humillados, reconocen que, sin Dios, el hombre nada puede, nada tiene y nada es.

Si bien, como cristianos, siempre debemos procurar el bien y evitar el mal, debemos esforzarnos mucho más durante la Cuaresma, tiempo perfecto para alejarnos de “las tentaciones del mundo, las asechanzas del diablo, la fatiga de esta vida, los placeres de la carne, el oleaje de estos tiempos tumultuosos y todo tipo de adversidad, corporal o espiritual, los cuales han de ser superados, contando con la ayuda misericordiosa de Dios nuestro Señor, mediante la limosna, el ayuno y la oración” (San Agustín, Sermón 207, 1).

De esta manera:

  • con nuestra oración confiada, recta, ordenada, devota y humilde, elevamos nuestro corazón para hablar con Dios
  • con la limosna, dada con caridad, procuramos aliviar las necesidades, tanto físicas como espirituales, de nuestro prójimo
  • y con la penitencia aprendemos a aceptar todas nuestras cruces diarias, sin importar lo pequeñas o grandes que sean.

Pues como Santa Teresa nos recuerda: "La medida del poder llevar una cruz grande o pequeña es la del amor".

Ese amor que lleva a buscar a agradar a Dios y no al mundo a fin de que, como nos exhorta San Pablo, “aceptemos con paciencia todas nuestras tribulaciones, necesidades y angustias” y vivamos siempre “cual moribundos, mas mirad que vivimos; cual castigados, mas no muertos; como tristes, mas siempre alegres; como pobres, siendo así que enriquecemos a muchos; como que nada tenemos, aunque lo poseemos todo” (2 Cor 6 4,9 y 10). Ya que, al renunciar a nuestra voluntad para hacer Su voluntad, encontramos la verdadera libertad y, al vaciarnos de nuestros pecados y nuestras debilidades podemos llenarnos del amor de Cristo, única Fuente de Vida.

Empecemos esta Cuaresma imitando al hijo pródigo y, arrepentidos de todo corazón, exclamemos: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti” (Lc 15, 21). Pidamos misericordia a Dios, imploremos su perdón y hagamos reparación por nuestros pecados y los pecados de este mundo que ha olvidado su gran deuda de gratitud para con Dios, “que tanto amó al mundo que dio a su Hijo Unigénito [obediente hasta la muerte y una muerte de Cruz; Flp 2, 8] para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna" (Jn 3, 16).

Y recordemos que, como afirmase el arzobispo Fulton J. Sheen

  • “Podemos pensar en la Cuaresma como un tiempo para erradicar el mal o cultivar la virtud, un tiempo para arrancar malas hierbas o plantar buenas semillas. Está claro cuál es mejor, porque el ideal cristiano es siempre positivo en lugar de negativo. Una persona es grande no por la ferocidad de su odio al mal, sino por la intensidad de su amor por Dios. El ascetismo y la mortificación no son los fines de la vida cristiana; son sólo los medios. El fin es la caridad. La penitencia simplemente hace una abertura en nuestro ego en la que puede derramarse la Luz de Dios. A medida que nos vaciamos, Dios nos llena. Y es la llegada de Dios el evento importante”.
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