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Escultura de Domingo de Soto sen Segovia

Escultura de Domingo de Soto sen Segovia

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En la Edad Media tenemos por un lado a los ingleses Robert Grosseteste, Roger Bacon y los calculatores de Oxford y, por otro, a los franceses Jean Buridan y Nicolás Oresme. ¿No hubo ningún español?

Ciertamente hubo buenos intelectuales en nuestro país, pero para encontrar a alguien de la talla de estos personajes debemos acudir al fraile dominico Domingo de Soto

Éste nació en Segovia en 1494 en el seno de una familia humilde, pero su erudición le abrió puertas: estudió en París, donde conoció el legado de Buridan y Oresme, y en la Universidad de Alcalá, donde ocupó por primera vez la cátedra de metafísica. Finalmente, en 1526, fue nombrado profesor de teología en la Universidad de Salamanca.

Entre sus alumnos se decía: “Quién conoce a Soto lo conoce todo”. ¿Exagerado? Probablemente no. En el ámbito del derecho, escribió el tratado Deliberación en la causa de los pobres, convirtiéndose en el primero en abordar este tema. Además, en línea con Francisco de Vitoria, fundador de la Escuela de Salamanca, contribuyó al desarrollo del ius gentium en defensa de los derechos de los pueblos indígenas, un concepto considerado como uno de los fundamentos del derecho internacional, y publicó el tratado De iustitia et iure.

En teología, participó en el Concilio de Trento, donde defendió la escolástica y destacó por abordar la cuestión de la conjunción armoniosa entre gracia y naturaleza. Esta búsqueda de un orden en la teología probablemente impulsó a Domingo a buscar un orden en la naturaleza. Allí también dejó su huella, tanto en la cinemática como en la dinámica, algo que hemos llegado a conocer gracias al historiador francés Pierre Duhem y a los profesores españoles Ignacio Sols y Juan José Pérez Camacho

Soto ayudó a sentar las bases de la física moderna al describir el movimiento de caída libre de un cuerpo como un movimiento uniformemente acelerado en el tiempo. Él afirmaba que, en la caída libre de un cuerpo, la velocidad es proporcional al tiempo transcurrido; incluso añadió que solo en el vacío se cumplirá con exactitud esta ley.

Aunque Galileo confirmó esta ley experimentalmente décadas después, la originalidad de Domingo de Soto reside en su formulación teórica y la conceptualización de este movimiento como uniformemente acelerado. Lo denominó uniformiter disformis, es decir, un movimiento que experimenta una variación en velocidad que permanece uniformemente distribuida. Además, lo explicó haciendo referencia al cálculo infinitesimal, cuando este aún no se había inventado: al dividir el tiempo en "pequeñas porciones", porciunculae, que posteriormente se denominarían infinitesimales, el aumento de velocidad desde el inicio de la pequeña porción hasta su mitad es igual al aumento desde la mitad hasta el final. 

Incluso ofreció un ejemplo: «si el objeto en movimiento A sigue aumentando su velocidad de 0 a 8, cubre tanto espacio como [otro objeto] B moviéndose con una velocidad uniforme de 4 en el mismo período de tiempo».

Asimismo, Domingo de Soto introdujo la noción de masa inerte como resistencia interna al movimiento, no solo la resistencia del entorno externo, una idea que también se consideraba exclusiva de Galileo. Este concepto fue esencial para la formulación del principio de conservación del movimiento por parte de Descartes y para toda la mecánica newtoniana, publicada en 1687.

La teoría del movimiento de Domingo de Soto, con sus contribuciones cruciales, se expuso en la Universidad de Alcalá entre 1522 y 1523. Soto impartió posteriormente clases en Salamanca, donde presentó su teoría y publicó en 1545 una primera versión de su obra completa de 1551, Super octo libros Physicorum Aristotelis quaestiones.

La difusión de todas estas ideas se produjo a través de Francisco de Toledo y Francisco Suárez, quienes llevaron las enseñanzas de Soto al Colegio Romano de Roma. Además, todo apunta a que los apuntes de Galileo en su juventud se basaron en esas lecciones y que las ideas del fraile dominico permanecieron presentes en varios científicos del entorno de Galileo. Todo esto refuerza la conexión entre Soto y Galileo, y muestra cómo el pensamiento del sabio segoviano traspasó fronteras y siglos, anticipando principios que luego serían pilares de la física moderna.

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