Lo que aprendí de Dios viajando con niños (y no estaba en ninguna guía)
Tal vez por eso viajar con hijos termina siendo una de las metáforas más honestas de la fe

Viajando
Viajar con hijos es una experiencia teológica, aunque al principio no lo parezca. Especialmente en esa primera etapa en la que uno no viaja, se traslada. El coche va tan lleno que no queda claro si el destino es la playa o un almacén logístico. Pañales, mochilas, juguetes “imprescindibles”, una cuna portátil que juras no volver a usar jamás y que, misteriosamente, acaba viniendo a todos los viajes. En ese momento no hay reflexión espiritual posible: solo supervivencia, turnos y café.
Al inicio, viajar con hijos es puro control. Horarios, comidas, siestas, rutas alternativas “por si acaso”. No se elige hotel por encanto, sino por practicidad. No se busca aventura, se busca ascensor. Y, sin embargo, incluso ahí —en medio del cansancio y la logística— hay algo profundamente humano y muy cristiano: la vida se reduce a cuidar. A estar. A acompañar. No hay grandes planes, pero hay presencia. Y eso, aunque no lo sepamos entonces, es ya una forma de fe.
Luego los hijos crecen. Y sin pedir permiso, el viaje cambia. Ya no preguntan cada cinco minutos cuánto falta, pero empiezan a preguntar cosas mucho más incómodas: por qué la gente vive así, por qué esta iglesia es distinta, por qué Dios permite ciertas cosas. El trayecto deja de ser ruido y se convierte en conversación. Uno empieza a notar que ya no viaja para ellos, sino con ellos. Y eso descoloca más que cualquier berrinche en un área de servicio.
Hay un momento —silencioso, sin ceremonia— en el que los hijos empiezan a recordar los viajes mejor que tú. Te corrigen detalles. Te recuerdan escenas que tú habías archivado como “agotamiento”. Y ahí algo se mueve por dentro. Porque descubres que el viaje no era el hotel, ni el destino, ni siquiera el plan: era el vínculo que se estaba construyendo sin que lo notaras.
Viajar con hijos mayores tiene menos mochilas y más silencios compartidos. Menos prisas y más miradas. También más discusiones, porque ahora no se pelea por sueño o hambre, sino por ideas, por decisiones, por maneras distintas de ver la vida. Y eso exige otro tipo de paciencia. La de aceptar que educar no es dirigir, sino caminar al lado. Que acompañar no es controlar. Que amar no es evitar el tropiezo, sino estar cuando llega.
Desde la fe, todo esto tiene un eco clarísimo. Dios también nos lleva de viaje así. Al principio nos cuida de manera casi exagerada. Luego nos deja espacio para preguntar, equivocarnos, explorar caminos que no estaban en el plan. No desaparece, pero cambia la forma de ir con nosotros. Y eso, como cualquier relación que madura, requiere confianza.
Los viajes —como la vida— se van simplificando con el tiempo. No porque tengamos menos, sino porque aprendemos qué sobra. Descubrimos que no hace falta verlo todo, hacerlo todo ni aprovechar cada minuto. Que a veces basta con compartir una comida sencilla, una conversación larga o un silencio cómodo. Que lo importante no es el mapa, sino con quién caminas.
Tal vez por eso viajar con hijos termina siendo una de las metáforas más honestas de la fe. Empieza con miedo y acaba con memoria. Empieza con control y termina en abandono. Uno sale creyendo que va a mostrarles el mundo y vuelve descubriendo que ha aprendido a mirarlo de nuevo con ellos. Con menos prisa. Con más gratitud. Con más verdad.
Y al final entiendes que Dios, como buen Padre, no nos lleva siempre al lugar más cómodo ni al más bonito, sino al que nos ensancha por dentro. Viaja ligero. No carga con lo innecesario. Y nos enseña —trayecto a trayecto— que lo esencial no estaba en la maleta, sino en haber aprendido a caminar juntos.