Martes, 18 de junio de 2019

Religión en Libertad

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Subiendo la cuesta

por Sólo Dios basta

Este fin de semana Ágreda ha tenido mucha vida. Ágreda es un pueblo que se localiza en la provincia de Soria, donde Castilla se une a Navarra, Aragón y La Rioja. Es un enclave peculiar. El que va una vez seguro que vuelve. Eso me pasaba a mi desde niño, que solía ir en verano algún día con unos buenos amigos a disfrutar de la majestuosidad del Moncayo que une y a la vez sirve de frontera natural entre estas regiones. Y desde que me ordené sacerdote voy con mucha frecuencia porque en Ágreda reposa el cuerpo incorrupto de su hija más ilustre, la Madre Sor María de Jesús, o como aprendí desde niño a llamarle: “La Venerable”. Con el tiempo entendí de un modo más claro que “La Venerable” es tal porque está en proceso de beatificación y ahora ayudo a la comunidad en esta causa. Es una monja concepcionista franciscana que en unión a su madre Catalina y a su hermana Jerónima comienzan en la casa familiar un nuevo tipo de vida: la vida de clausura como concepcionistas franciscanas. Su padre Francisco y los hijos varones, hermanos de Sor María, Francisco y José, ingresan en la Orden de San Francisco. ¡Toda una familia se consagra a Dios y su hogar pasa a ser monasterio! Eso celebramos en Ágreda este año: 400 años de este acontecimiento singular. La fecha de fundación es 13 de enero de 1619. Y lo celebramos, pero era invierno y en Soria. Un poco de fresco soriano corría por las calles en ese día. Pero tampoco es que el domingo pasado calentara el Sol con fuerza, sino todo lo contrario, los vientos del Moncayo soplan con fuerza haciendo real ese refrán de “hasta el 40 de mayo no te quites el sayo”.

Y vuelvo al tema, que si no, no hablamos de lo importante. Este fin de semana han tenido lugar tres acontecimientos importantes: el estreno en España de un documental que no se puede perder nadie que quiera conocer de verdad a Madre Ágreda, se titula La aguja y el hilo. Esto tiene lugar el viernes. El sábado un musical que ya ha sido representado alguna vez, Sor María de Jesús de Ágreda. La Dama de azul. Por último, el postre de estos días: la misa y procesión en recuerdo de esta monja agredeña sin par en la mañana del domingo. ¿Y por qué estos días de mayo? Porque cada 24 de mayo el pueblo natal de Sor María de Jesús recuerda con alguna celebración la muerte de su hija más querida. Y en torno a esta fecha se ha preparado esta serie de actos para realzar el 400 aniversario de la fundación del monasterio.

Me quedo con lo último. Del documental no digo nada para que así todos se animen a verlo cuando se distribuya por España. Sólo quiero decir y con toda sinceridad, que refleja con gran detalle y perfección la vida, obra y mensaje de la mística del Moncayo. Felicito a Víctor Mancilla, el director y productor, y a su equipo que ha dedicado muchas, muchas, muchas horas a la preparación de este documental. Soy testigo de ello. Han grabado en varias ocasiones en Ágreda y mucho más en las tierras de Nuevo México donde Sor María se bilocaba para evangelizar a las tribus de aquella zona, los Jumano-Apaches. El que quiera saber más que lo vea. El recital todavía hay oportunidad de disfrutarlo el próximo miércoles a las 20:30 de la tarde en el monasterio concepcionista de Blasco de Garay 51-53 de Madrid. No puedo comentarlo porque no pude estar en dicho acto.

Y vamos a lo importante. La mañana del domingo en Ágreda. Ya he dicho que Sor María evangelizaba a los indígenas de Nuevo México. Pues bien, esa obra tan necesaria y beneficiosa sigue viva en nuestros días. A las 10:00 h el obispo de la diócesis, D. Abilio Martínez, en la basílica de la Virgen de los Milagros bautiza y confirma a una adolescente de 15 años hija del pueblo Jumano. ¡Sor María de Jesús sigue llevando el Evangelio a aquellas lejanas tierras! Su larga cabellera, los penachos de plumas y la vestimenta no dan lugar a dudas. Su madre, de igual modo, acompaña este momento tan impresionante. Más tarde, pasado el mediodía, la basílica mariana vuelve a cobrar vida. Ahora es para celebrar la misa en recuerdo de los 400 años de la fundación del monasterio en unión a la fecha del 24 de mayo. Como se suele decir en los pueblos, “lleno hasta la bandera”, hijos del pueblo de Ágreda, monjas concepcionistas de varios monasterios cercanos a Ágreda y como no, un grupo muy grande venido desde Nuevo México y Texas, los descendientes de aquellos que reciben la fe hace más de 300 años por medio de una monja de clausura nacida en este pueblo, que sin dejar de estar presente con sus hermanas de hábito, aparece por los contornos de El Álamo, Río Conchos, Río Grande, y esos lugares que muchos que no hemos estado por allí conocemos por las películas “del Oeste”. La fe se transmite, se vive, se celebra.

En la misa se encuentra en primera fila la que ha tenido la dicha de ser bautizada en la misma pila bautismal que Madre Ágreda. Sobre sus vestidos característicos se ha puesto la túnica blanca del bautismo. A su lado su madre. Una imagen que deja ver de modo patente la gracia que Dios ha derramado esa mañana. Sin dejar de ser jumana, ahora es también cristiana. ¡Qué grande es Dios! La ceremonia es completa ya que al coincidir con la pascua del enfermo también se administra la unción de los enfermos a los que se encuentran faltos de salud por un motivo u otro. Y sorprende que también se coloca en la fila la que ha recibido el bautismo y la confirmación. Tiene problemas de salud y por ello recibe también este sacramento. En el momento de la comunión recibe por primera vez a Jesús eucaristía. ¿Qué más se puede pedir en una eucaristía dominical?

Pues la procesión hasta el monasterio concepcionista llevando en andas a la “Preladita”, una imagen de la Virgen que preside el coro de las religiosas y ante la que Sor María y todas las abadesas que le han seguido se entregan a Ella como verdadera “Prelada” o para entenderlo mejor, la superiora de la comunidad. La Virgen es la que lleva esta casa desde hace 400 años. Y sale a la calle, la llevan a hombros los quintos de este año, delante van los estandartes de las diversas cofradías; y entre los estandartes y la imagen mariana deslumbra la estela de monjas concepcionistas franciscanas, que con sus hábitos blancos y mantos azules dan una imagen única a la procesión. Nos recuerda aquella primera procesión de hace 400 años para fundar el monasterio. Detrás de la “Preladita” va el obispo con los sacerdotes que hemos concelebrado en la misa. Gente por detrás y por delante, hijos de este pueblo y también de los cercanos, muchos con flores porque al final se hace una ofrenda floral ante la imagen que hay a la puerta del monasterio.

Dejamos atrás la plaza de la basílica, empezamos a subir hacia el monasterio, pasamos esas calles estrechas que brindan un entorno entrañable a la procesión. Llegamos a la plaza de San Miguel que da vista al monasterio primitivo y empezamos a subir hasta el monasterio actual que es construido en el tiempo de Sor María. La cuesta es empinada. Miro hacia atrás, me recreo con la gente que va con alegría desbordante. Y hacia delante lo mismo. Pero no del todo. Contemplo a la “Preladita”, a las monjas de blanco y azul, a la muchedumbre que llena la subida y a los estandartes en lo más alto de la calle; al fondo el Moncayo. Bueno, lo poco que se puede ver. Las nubes lo cubren, no parece mayo, mas bien enero. Tiene un encanto especial este momento.

Había que estar ahí, en esa procesión. Acompañando a las hermanas y al pueblo de Ágreda para dejar que esas nubes cubran nuestro ser y nos dejemos llenar de Dios. Aunque no se vea apenas el Moncayo ahí está, no lo dudo, lo sé, como todos los que vamos cuesta arriba. Esa imponente montaña que se contempla desde muy lejos no desaparece. Sólo que está cubierta de nubes. Eso nos tiene que hacer recapacitar y pensar para darnos cuenta que Dios se hace presente en su pueblo, en la historia, en la vida de cada uno de nosotros para cubrirnos con su gracia. Eso es la vida de Sor María de Jesús de Ágreda, llenarse de Dios para luego contagiarlo a los más alejados en el espacio y en la cultura: el pueblo Jumano- Apache. Desde un rincón de Castilla hasta las grandes llanuras de Nuevo Méjico y Texas. En el siglo XVII y en el XXI. Es posible, no es un sueño, es real. Y se ha demostrado con esa chica que vuelve a su tierra de modo nuevo, ahora es hija de Dios. No va sola, le acompañan muchos que han venido con ella y también nosotros nos unimos con nuestra oración. Esa oración y unión con Dios mismo que envuelve el Moncayo y nuestra vida, como en la mañana del último domingo de mayo en Ágreda, cuando contemplo, gozo y hago mía para siempre esa imborrable escena que queda grabada en mi corazón cuando en procesión hacia el monasterio de Sor María de Jesús vamos subiendo la cuesta.

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