Jueves, 30 de mayo de 2024

Religión en Libertad

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"La marca de Dios"

por La Columna del #CoronelPakez

Es el título de un importante libro que acaban de publicar Leopoldo Abadía y Toni Segarra. Los dos autores son personas que han recibido de Dios inmensos dones, también el de la generosidad, y por eso han compartido con todos, a lo largo de su vida, esos regalos divinos y esos talentos que, ciertamente, nunca enterraron. Leopoldo, en lo profesional, desde el ámbito académico y de la opinión pública; Toni, desde la comunicación corporativa y la publicidad. Ambos, pues, son comunicadores de gran influencia social.

Entremos brevemente en lo que Toni, con ironía, llamó "teología publicitaria".

Dios es amor y, puesto que Dios es amor, Dios es también necesariamente comunicación. Comunicación eterna, entrañable, entre el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo. Comunicación de Dios con el hombre, al crearlo y hacerlo semejante a Él. Comunicación del Hijo, quien nos manda ANUNCIAR la gran promesa, la buena noticia de ese mismo Amor de Dios a los hombres. Comunicación del Espíritu Santo y de sus dones que, entre otras cosas, enriquecen a la Iglesia al modo divino. Don es, también, la comunicación de la Iglesia; y don es la maestría dada a los hombres para aplicarla. Los dones de Miguel Angel, Rafael o Bernini no eran suyos; como dice San Pablo. "¿Qué tienes que no hayas recibido? Y si lo has recibido, ¿por qué te engríes?"

El libro da por sabidas estas nociones teológicas elementales y traslada la idea fundamental de que la Iglesia es maestra en la comunicación, una suerte de pionera del marketing que lleva influyendo y "vendiendo" su mensaje con éxito desde hace dos mil años. De la Iglesia son las técnicas más profundas de la publicidad y de la comunicación de masas; y de la Iglesia y de su "invento" de la Propaganda Fide en 1622, beben los grandes manipuladores anglosajones de la opinión pública, como Bernays, Creel o Ivy Lee, aventajados maestros de Goebbels y Gramsci. De la Iglesia es el Barroco, la primera gran campaña multimedia orquestada en el mundo. Y de la Iglesia es esa clave de la publicidad que es la repetición, el uso del color y de la música: la única diferencia es que en la Iglesia se llama Liturgia. 

Los modernos comunicadores, dentro de la Iglesia o fuera de ella, deberían inspirarse en esas técnicas que tanto éxito han tenido y tanto siguen teniendo. Deberían mirar más hacia el prodigio que es la Capilla Sixtina o la Iglesia del Gesù y el manierismo de fines del siglo XVI, que hacia TikTok; o más bien, hacia lo uno sin descuidar lo otro. Deberían leer tanto a San Pablo como al citado Edward Bernays o, sin duda, a Steve Jobs, uno de los mejores discípulos del marketing eclesiástico: mensaje único, marca simbólica, producto icónico, tiendas que son altares, etc. Y los comunicadores políticos deberían leer a George Creel, padre de la propaganda política moderna, pero todavía más a San Agustín y Santo Tomás Moro; y estudiar la diplomacia vaticana y a fundadores como San Ignacio de Loyola -creador del liderazgo en red- y San Josemaría Escrivá.

"La marca de Dios" es un libro imprescindible. Me atrevería a afirmar que resulta imprescindible en las carreras de Comunicación. Y es, por encima de todo, un libro que ofrece el criterio y el índice para avanzar en una nueva disciplina: como anticipó Donoso "toda política es teología", uno añadiría "toda comunicación es teología".

CODA: Personalmente, aconsejaría, si me lo permiten, acudir a la fuente del éxito y maestría de la Iglesia cuando comunica, al propio Dios, autor de todo ello. Todos los santos y los buenos cristianos se saben inútiles instrumentos en manos de Dios, son el pincel o el teclado con el que Dios pinta o escribe. Nada más. Las catedrales se construyeron con y desde la confianza que aquellos artistas y artesanos anónimos tenían en Dios, en que eran hijos de Dios y hermanos todos en Cristo. Esta confianza, esta Fe, siempre permite a Dios obrar maravillas. Sin ella, ni Cervantes hubiera escrito el Quijote, ni la Iglesia, formada por hombres pecadores, hubiera logrado nada de lo que ha logrado a lo largo de los siglos. En el fondo, como dijo mi padre mucho antes que el grandísimo Benedicto XVI: "Vivan y trabajen como si Dios existiera".

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