Miércoles, 18 de septiembre de 2019

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1932. AZNALCÁZAR (SEVILLA) EN DUELO

Incendio y profanación en la España Republicana (10)

por Victor in vínculis

AZNALCÁZAR (SEVILLA) EN DUELO

Publicado en La Hormiga de Oro el 15 de septiembre de 1932

Este pueblo, en la madrugada del 7 (de septiembre de 1932), ha vivido las más amargas horas de su historia: criminales manos han llevado a cabo la idea más nefanda que puede concebir la anormal mente de un desequilibrado. Han prendido fuego con la más ignominiosa premeditación y cobardía a su templo parroquial, y de él solo quedan cenizas.

El pueblecito andaluz dormía en la noche calurosa; todo reposaba, menos cautelosas sombras que, conteniendo la respiración, escalaban las altas paredes del santo templo.

A poco, la calma del ambiente fue turbada por sordo rumor; una como explosión puso en aviso a los vecinos: de los fue un diligente guardia civil que, disparando al aire para despertar al pueblo, se precipitó en la casa del sacristán para llamar a este y penetrar en la iglesia; cuando llegaron a la sacristía no pudieron sino presenciar cómo cada retablo era una ardiente pira de retorcidas llamas, cómo las trompetas del órgano se doblaban y caían fundidas en goterones de plomo al calor infernal, y cómo el Dios Santo en la Eucaristía era consumido por el fuego abrasador.

Se retiraron espantados viendo el imposible de arrebatar nada a la furia creciente en las llamas, y a poco la techumbre se hundió con estrépito fragor; primero la nave central (perdiéndose con ello el riquísimo artesonado de mozárabe  procedencia), e inmediatamente, en brevísimos intervalos, las dos naves laterales, quedando solamente los muros en pie; entonces adquirió el siniestro proporciones gigantescas, densísima humareda se elevaba al cielo en retorcida columna; la esbelta torre, fuera de peligro, destacaba, iluminada al resplandor rojizo, su gallarda veleta rematada por la Cruz, presidiendo aquel espectáculo de odio a Dios que entre aquellas se consumía.

Y el pueblo… Ya todo había despertado y, loco de dolor, corría de un lado para otro por la amplia plazoleta donde está la iglesia: las mujeres llenaban la pesada atmosfera de gritos, lamentos e imprecaciones a los autores de aquel sacrilegio, uniendo sus voces al crepitar de las vigas consumidas por el fuego; muchas, a las que sus maridos dejaron encerradas temiendo una imprudencia en ellas, asomadas a las ventanas de sus casas contemplaban el rojizo cielo y lanzaban los más desesperados lamentos que pudieran salir de un corazón dolorido. Todo el pueblo era un inmenso duelo que lloraba desolado la muerte de su madre querida. Quien pedía terribles castigos para las manos sacrílegas; quien llamaba con las más tiernas frases a su Virgen de las Angustias; quién al Divino Corazón o a su Virgen del Carmen; quién repetía con lastimero son frases desarticuladas; quién lloraba por la belleza de su templo…

Y los hombres… Muchos que no habían llorado en los más terrible trances de su vida, tenían los ojos arrasados por amargas lágrimas y el corazón contristado por la vista de tanta desolación, considerando su inactividad obligada, condenados a ver por la derrumbada puerta cómo el retablo de Santiago ardía todo él y cómo él Apóstol caía carbonizado.

Cuando mayor era la furia del incendio y el clamor doliente de la multitud, apareció el buen sacerdote con vacilante andar, quien quedó petrificado y dolorido en extremo… “Nada, nada quedó” -decía tristemente en su quedo lamento-; y tomando ánimos, alzó la voz cuanto pudo, y al resonar en la noche todo calló: cesaron las lamentaciones, las carreras… y hasta el estrépito del derrumbamiento parecía amortiguarse por escuchar las palabras del buen párroco.

“Hijos de Aznalcázar: Si alguno de este pueblo ha tomado parte en este sacrílego atentado, tened entendido que la maldición de Dios caerá sobre él, pues con el templo se ha quemado Cristo en la Eucaristía y la Santísima Virgen de las Angustias. A ustedes les queda la ineludible obligación de levantar un nuevo templo como este maravilloso qua ahora vemos consumirme y que fue levantado por vuestros abuelos para dar culto al Dios santo y para refugio y consuelo de los cristianos”.

Calló su voz, cortada por un sollozo, y se alzó de nuevo con más dolor aún el coro de lamentaciones de los hijos de aquel pueblo que sentían con vivísima pena la pérdida de su querido templo y de las riquísimas joyas que en él se guardaban, conservando con sin igual cariño y preservadas con amor de los siglos.

Con la llegada de los bomberos, que nada pudieron hacer, coincidió la natural sofocación de las llamas al no tener ya nada que consumir, y los primeros albores de la aurora que alumbraron tristemente el cuadro de dolor que allí se daba.

 Un templo menos… Un templo maravilloso de ágiles columnas que dominaban el espacio, atrevidos arcos y bóveda magnífica lleva de valiosos frescos, un coro alto admiración de anticuarios, un artesonado en la nave central que era un tesoro…; un templo menos…

La imagen del Crucificado, escultura admirable y de desconocido autor, que con el nombre de Cristo de San Pablo se veneraba en el retablo del Sagrario; la Virgen de las Angustias y San Juan, de la escuela de Montañés, y el Cristo del Buen Fin, titulares de la popularísima Hermandad; la dulce imagen del Amoroso Corazón de Jesus, que también presidía fervorosísima Congregación; San José, San Francisco, la Virgen del Carmen, esculturas de gran antigüedad; la Virgen de la Piña y una magnifica custodia de plata que no hace mucho llegaban de ser admiradas en la magna Exposición de Sevilla. Cuatro dorados retablos de estilo barroco y otros de menos valor artístico, cálices, cruces, coronas, plata, oro, perlas… Un templo menos, una salvajada más y muchos más creyentes, pues entre cristianos las calamidades avivan la fe y robustecen el amor a Cristo. Si Aznalcázar ha dado una nota de vandalismo, no ha sido sino el desvarío de unos pocos cerebros trastornados por predicaciones antihumanas; la inmensa mayoría del pueblo lloraba viendo arder su templo, aunque también en la negra noche brillasen algunas sonrisas en bocas de quienes ni hacen lo que deben ni saben lo que hacen.

PEDRO MORA

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