Miércoles, 29 de junio de 2022

Religión en Libertad

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El beato José Polo Benito llevó a cientos de peregrinos a Tierra Santa

La Ascensión por Polo Benito (en ABC)

por Victor in vínculis

JUEVES DE LA ASCENSIÓN

(ABC, 21.05.1936)

Plenitud de sentimiento y doctrina, la palabra de Cristo resucitado y triunfante no esconde ya entre parábolas su contenido y alcance. El pensamiento y su expresión enlázanse en insuperable concordancia. Resuena el vocablo con entonaciones de imperio y alientos de divinidad y resplandece con luces de creación, que también en esta hora, como en la del Génesis, nace un mundo y se disipan unas tinieblas; se descubre el nuevo continente del espíritu cristiano y cae por tierra el antiguo continente de la religión primitiva.

Aparte este sentido estrictamente religioso de la Ascensión una vida, la de la Iglesia, que nace de una muerte la de Jesucristotiene la prodigiosa subida una significación eminentemente social, de auténticas y profundas aplicaciones, ahora más que nunca.

Idea y acción de las democracias socializantes coinciden en atribuir al reparto de los bienes materiales la categoría suprema de eficiencia productiva, el anhelado designio de satisfacer todas las apetencias individuales y colectivas, pero a juzgar por el resultado de los experimentos que en la actualidad se efectúan, solamente se advierte que cada día se mecaniza más la vida humana, que volvemos a la fórmula del paganismo homo hominis lupus (el hombre es un lobo para el hombre), que aumentan la hostilidad y los odios entre las clases sociales. Como el Saturno mitológico devoraba a sus propios hijos, así esta civilización industrializada amasada con sustancia de tierra, destruye y aniquila los mismos frutos que antes ha cultivado porque desvía al hombre de su dirección y le aparta del rumbo natural de su pensamiento y actividad.

Enferma de hartura de materialismo la sociedad contemporánea, le será forzoso si ha de superar la crisis que padece, devolver al espíritu la primacía que se le ha arrebatado; pues no es la tierra el centro de las almas, sino el cielo su destino y definitiva mansión.

He aquí el verdadero sentido y la enseñanza social que se desprende de la Ascensión de Jesucristo, que hoy la Iglesia festeja y conmemora. Subir, ascender hasta la cima, hasta la cumbre de la vida, que es el cielo, no haciendo de la tierra sino escalón y peldaño que facilita la marcha.

Subo a mi Padre, que es vuestro Padre; a mi Dios, que es vuestro Dios, decía Cristo en palabra de tiernísima despedida a sus apóstoles, después de perfeccionada la misión redentora con su pasión y muerte. Luego la vida para el hombre cristiano consiste, en buena lógica, en el andar continuo y ascendente hacia su casa solar, que es el cielo. Sin él carece de sentido nuestra venida a la tierra y de explicación cabal el enigma de nuestra existencia.

Dos hechos que son, a la vez, dos lecciones de imperecedera actualidad, resaltan  y como caracterizan los días de la cuarentena que precedió a la Ascensión; el robustecimiento y orientación de la fe en aquellos que primeramente habían de predicarla, y la delegación de poderes, a fin de ejercitar el ministerio evangélico con plenitud de sacerdocio.

Los apóstoles, algunos cuando menos, soñaban todavía en un reinado de su Maestro sobre el carácter y fisonomía de la religión nueva. La preocupación nacionalista, tan arraigada de antiguo en el alma judía, gravitaba reciamente sobre aquellos aldeanos, para quienes el triunfo mesiánico equivalía a restaurar el trono y el cetro del pueblo de Israel.

Sustancialmente, esta interpretación tan errónea como perjudicial subsiste y se mantiene al cabo de los siglos en esa zona turbia de confusionismo, donde unas veces por inconsciencia y otras por mala voluntad, se mezcla y amalgama la religión con la política, como si ideas y sentimientos, actos y creencias de órdenes radicalmente diversos, hija del cielo la una y flor de tierra la otra, pudieran ayuntarse en fusión y confusión que desnaturaliza, deforma y contradice principios y conductas.

Para subrayar el alcance del otro de los dos hechos preliminares, basta con recordar que fue Jesucristo en persona el que de manera inmediata y directa confirió a sus apóstoles y con ellos a sus legítimos sucesores, las facultades ministeriales para la predicación evangélica, con lo que se elimina y descarta cualquier intervención que pretenda mediatizar y disminuir este mandato y su normal ejercicio y desenvolvimiento. Universalidad en la extensión, independencia en el desarrollo son, por tanto, notas esenciales del cristianismo, que lo sitúan en plano propio y exclusivo.

Así empieza la Iglesia y de esta línea misional, que es elevación y conquista, no la apartan un ápice persecuciones, cismas ni herejías. No hay sino hojear la historia para advertir que en ninguna época, ni en esta de campante laicismo, se ha borrado la huella del pie que evangeliza y en ningún trance ha enmudecido la lengua apostólica. Cabalmente, la única libertad que a través de veinte siglos ha superado todas las esclavitudes y vencido todas las tiranías, fue la del verbo de Dios. Saltó con la sangre de los mártires sobre la barbarie de las persecuciones romanas, hiciéronla triunfar los doctores del error y de la apostasía y cuando los desmanes cesaristas impusieron silencio al sacerdocio, por él hablaron sus obras. Contra esta libertad, bajada del cielo, jamás prevalecieron los poderes de la tierra. Ni prevalecerán en lo porvenir. Y no se hace la afirmación por alarde de pueril bravata, sino como evocación y recuerdo de una verdad histórica fácilmente comprobable.

Además, ¿quién lo ignora? Es promesa de Cristo y no puede fallar.

Toda la razón de ser del pontificado, eco viviente de la voz del Maestro, está en la propaganda del credo evangélico, en la creciente iluminación de las conciencias, en el proselitismo doctrinal de las almas. “No es la acción misionera —escribe el papa Pío XI— una de tantas obras de supererogación, sino el cumplimiento del más sagrado deber de la Iglesia. Desde los comienzos del pontificado —añade— estamos resueltos a no dejar piedra sobre piedra que mover para facilitar a todos los pueblos infieles el único camino hacia su salvación, poniendo a la infidelidad en contacto con la fe”.

Y así estas dos características, constitutivas y diferenciales, culminan sobre las demás en la hora de la despedida, cuando al dar Cristo el postrero adiós a los discípulos, rubrica sus encargos y deseos, haciendo de todos compendio y síntesis en el de la predicación y magisterio.

Hasta la vieja copla española, alquimia poética del sentimiento popular, destaca la preeminencia en el calendario nacional.

Tres jueves hay en el año
que relumbran más que el sol,
Jueves Santo, Corpus Cristi
y el Jueves de la Ascensión.


JOSÉ POLO BENITO

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