Viernes, 04 de diciembre de 2020

Religión en Libertad

¿Tiene sentido que la Iglesia se queje de que otros la acallen? Una polémica que ha tenido impacto

Mujer ante los medios.
La Iglesia tiene abundantes medios de comunicación, colegios y universidades. ¿Por qué no son suficientes para garantizar su presencia en el debate cultural y transmitir el mensaje cristiano? Foto: CoWomen / Unsplash.

C.L. / ReL

"¿De verdad pueden miembros de la Iglesia católica quejarse de que «otros» les acallan? ¿No tiene tal iglesia hoy en España una red de colegios, de universidades, una cadena de radio, una de televisión, editoriales, asociaciones, organizaciones, institutos, congregaciones, edificios, museos… suficientes como para no depender de si «otros» te otorguen o no la palabra? ¿De veras se están empleando estos enormes recursos del modo óptimo que permitiría ir bien pertrechados a la guerra intelectual?".

La pregunta restalla en un artículo de Miguel Ángel Quintana Paz, profesor de Ética y Filosofía en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, en The Objective, que viene a cuento de uno anterior de Diego S. Garrocho en El Mundo.

Ambos han generado una notable polémica en las redes. Plantean una cuestión que también preocupa en ámbitos intraeclesiásticos ante la evidencia de que el mensaje cristiano no consigue calar en la sociedad y queda fuera de las "batallas culturales", en las que están presentes prácticamente cualesquiera otros grupos o sectores de opinión.

Pero tanto Garrocho como Quintana desplazan la carga de la prueba a la propia comunidad católica, la cual no puede reaccionar con algo así como decir: "Oh, cierto, pero ¡no es culpa nuestra, cristianos, si no estamos presentes en el mainstream! ¡Es culpa de quienes controlan este! Si nos excluyen, nos silencian, o si simplemente no se nos escucha, ¿qué responsabilidad nos puede caber?”.

No hay excusas

Porque, continúa Quintana, ese lamento sería razonable "si procediera de algún grupo marginal, pongamos a los mormones o a los adventistas del Séptimo Día. O a los jugadores de bádminton. Todos ellos dependen, por sus escasos recursos, de la voz que les concedan los demás".

Pero no en España y el ámbito católico, que dispone de los medios descritos.

En su opinión, "todos esos talentos se están dilapidando de forma difícilmente perdonable... Y parte del problema es que ese desperdicio se ha convertido ya en una inercia que pasa desapercibida a los propios dilapidadores".

Vacío mediático

Hay pensadores  e intelectuales cristianos de nivel, pero lo cristiano es marginal incluso en los grandes medios cristianos: "¿Por qué no inundar su parrilla de programas que expliquen el inmenso legado artístico, literario, musical del cristianismo? ¿Por qué no explicar, en formato audiovisual, las ideas de (por recordar solo los aquí citados) Ratzinger, Brague, Girard? Reconozco que no tengo ni idea de si estos programas resultarían lucrativos en lo económico... Lo que es seguro es que esas emisiones resultarían lucrativas en lo intelectual".

Incluso pone como modelo la explotación de la polémica que hizo Pablo Iglesias, hoy vicepresidente segundo del Gobierno: "En cuanto contó con una televisión, pequeña, financiada por la teocracia iraní, comenzó enseguida a producir debates en que exhibir sus ideas extremistas".

Vacío escolar

No se trata, sin embargo, de un problema de los medios de comunicación de la Iglesia. También ha arraigado en la educación: "¿Salen preparados en el legado cristiano los jóvenes que pasan hasta 10, 12, 15 años en colegios católicos? ¿Conocen al dedillo (¡diez años dan para mucho!) los relatos bíblicos, las metáforas de los evangelios, los personajes del Antiguo Testamento? ¿Saben responder si se les pregunta por las virtudes teologales o, al menos, las cardinales?".

"Mi experiencia, como profesor de Ética, es en este sentido decepcionante", continúa Quintana: "A menudo debo explicar a mis alumnos, educados o no en escuelas cristianas, los protagonistas de nuestra civilización con el mismo detenimiento con que ellos deben explicarme a mí los personajes y aventuras de Harry Potter". 

E ironiza: "Una y otra vez he de preguntarme, pues, ¿qué han hecho día tras día, semana tras semana, mes tras mes, año tras año en esos centros educativos?... Me responden algunos alumnos: clases de religión dedicadas a elaborar murales «por la paz». Charlas sobre lo importante que es ser buena persona. ¿Sabíais que es importante ser buena persona? Jesús te ama y la Virgen, también. Más murales con letras de colores en que ponga esto. Hay que ayudar a los pobres. Jesús vivió hace mucho tiempo. Pero te ama. A los pobres también. Hagamos una campaña de recogida de fondos. Por cierto, ¿no sería fantástico acompañarla de un mural?"

A veces es él mismo quien descubre a sus alumnos formados en colegios católicos el tesoro de la doctrina cristiana: "Soy el primero que disfruta el entusiasmo de un joven de 23 años, que está redescubriendo el valor de su civilización cristiana, cuando escucha por primera vez la ya citada parábola de los talentos. Pero uno añora los tiempos en que esas cosas bíblicas se conocían de sobra a semejante edad, y se podía partir de ellas para reflexionar más allá".

Entornos valiosos, pero cerrados

La Iglesia cuenta en España, además, con 16 universidades católicas, más dos facultades eclesiásticas: "Y sin duda todas ellas cuentan con profesores e investigadores de nivel más que apreciable. Pero, de nuevo, ¿consiguen imbricarse en el debate social? ¿Generan discusiones que tengan repercusión fuera de ellas? ¿Introducen asuntos en redes sociales? 16 universidades dan pie a una red de invitaciones mutuas, de lecturas mutuas, de intercambios respectivos".

"Mi impresión es que aquí ocurre lo contrario que describíamos en niveles educativos inferiores", añade Quintana: "Mientras que en ellos el cristianismo queda a menudo diluido en frases vagas o bellas intenciones (y murales), cosas todas ellas que podría compartir cualquier persona de buena voluntad, en el ámbito universitario el enfoque se vuelve más cristiano, pero también más cerrado. No proliferan conversaciones entre ateos y cristianos en las facultades católicas. O entre cientificistas y humanistas. No son frecuentes los debates tampoco entre visiones contrapuestas de la fe. La moral cristiana no aprovecha para propagarse y demostrar su potencia en lucha intelectiva con otras visiones. Las vibrantes discusiones que caracterizaron la universidad medieval son hoy solo un recuerdo mortecino. Todo se despacha a menudo con un par de jornadas en que unos cuantos amigos repiten entre sí las ideas que ya todos ellos conocen; o algún homenaje simbólico a algún autor de renombre, que rara vez tiene más alumnos entre el público que ponentes invitados".

Que el cristianismo siga presente

"Seguramente he generalizado", concluye, pero aspira a que el guante lanzado sea recogido no "como una damisela ofendida", sino como "un reto para batirse en duelo intelectual". Y combatir así "la postergación del cristianismo en nuestra cultura" demostrándonos "a nosotros, a todos, que el cristianismo, dos mil años después, sigue aprovechando cualquier ocasión para ponerse de actualidad".

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