Los ojos que aún saben mirar: la mirada de los niños en Navidad
En Navidad, la mirada de los niños revela el misterio, la fragilidad y una esperanza que los adultos hemos aprendido a defender —y a perder.

Abuelos, padres y niños, juntos y alegres en las fiestas de Navidad, con el árbol, foto de Freepik
En estos días de Navidad he vuelto a descubrir que los niños no miran: revelan. No se sitúan frente a la realidad como quien la examina, sino que la atraviesan con los ojos abiertos, desarmados, como si todavía no hubieran aprendido a defenderse del asombro. En su mirada no hay estrategia ni interpretación. Hay una verdad desnuda que no se explica: acontece.
Los he visto estos días —en estaciones saturadas de ruido, en casas colmadas de presencias, en iglesias apenas iluminadas— mirar como solo se mira cuando no se posee nada. Miran un belén sin necesidad de comprenderlo. Miran una vela encendida como si algo irrepetible estuviera sucediendo. Nos miran a los adultos con una confianza grave, casi exigente, como si nos formularan en silencio una pregunta decisiva:¿es este un mundo capaz de sostener una esperanza?
Sus ojos no mienten porque aún no saben protegerse. No saben ocultar el cansancio ni disimular la alegría, no filtran el desconcierto ni amortiguan la ternura. En su mirada no hay ironía, ni cálculo, ni distancia. Hay presencia. Y esa presencia —frágil, vulnerable, expuesta— es una forma de fragilidad que incomoda, porque no se deja domesticar.
Tal vez por eso cuesta tanto sostenerles la mirada. Porque los niños no negocian con la realidad. No la reducen a lo manejable ni la ajustan a sus defensas. Miran y, al hacerlo, nos obligan a recordar cómo mirábamos antes de aprender a protegernos del dolor, del exceso, del ruido, de la decepción.
En Navidad, esa mirada adquiere un peso particular. No porque los niños comprendan el misterio, sino porque lo intuyen. Algo en ellos reconoce que estos días no son solo una coreografía de gestos heredados, sino una espera distinta. Perciben un silencio que no es vacío, una luz que no es decorado, una alegría que no se puede fabricar ni imponer.
La tradición cristiana lo entendió desde el inicio: Dios no quiso ser explicado, quiso ser mirado. No entró en el mundo como una idea, sino como una vulnerabilidad absoluta. Se dejó encontrar en unos ojos pequeños, incapaces de defenderse. Y desde entonces, cada mirada limpia, cada mirada que no se apropia, se convierte en un umbral posible para el encuentro.
He observado estos días cómo los niños miran a quienes llegan cansados, a quienes regresan sin saber muy bien a dónde, a quienes han perdido el hilo de su propia historia. Sus ojos no juzgan. Acogen. Y en esa acogida silenciosa hay una enseñanza decisiva: solo quien no teme la fragilidad puede reconocer a Dios cuando pasa.
Los adultos hablamos demasiado de la Navidad. La explicamos, la analizamos, la gestionamos. Los niños, en cambio, la miran. Y al mirarla sin poseerla, nos recuerdan que la fe no comienza en el discurso ni en el control, sino en la capacidad de dejarse tocar.
Hay miradas que salvan sin saberlo. Miradas que no resuelven, pero humanizan. Miradas que no dan respuestas, pero sostienen la esperanza. En estos días, los ojos de los niños hacen precisamente eso: mantienen abierto un espacio donde Dios puede seguir entrando sin pedir permiso.
Quizá la tarea espiritual de estos días no sea comprender más, sino aprender a mirar de nuevo. Recuperar algo de esa transparencia que no se protege, pero confía. Porque cuando los niños nos miran —cuando de verdad nos miran— no solo nos ven: nos devuelven a lo esencial.
Y tal vez ahí, en ese cruce de miradas limpias, Dios sigue naciendo.