Jueves, 23 de mayo de 2019

Religión en Libertad

El popular intelectual autor de «Los monstruos de la Razón»

Tras los ídolos del 68, estaban el nihilismo y el suicidio... con Dios, Cammilleri salvó su vida

Rino Cammilleri, desencantado de la mitología del 68, encontró en el Evangelio un manual para la vida
Rino Cammilleri, desencantado de la mitología del 68, encontró en el Evangelio un manual para la vida

ReL

Rino Cammilleri (www.rinocammilleri.com) es un sociólogo, politólogo y periodista muy conocido entre los católicos italianos por sus ensayos de apologética cristiana, sus novelas históricas y sus colaboraciones en Il Giornale, Il Timone y La Nuova Bussola Quotidiana.

Laureado en Ciencias Políticas en Pisa con una tesis sobre el político y pensador conservador español Donoso Cortés, participó en su juventud en el entonces muy izquierdista "Movimiento Estudiantil".

En esa época estaba muy alejado de la fe pero sus inquietudes le llevaron a un cristianismo firme. Él siempre se ha declarado un converso, como es el caso de otras grandes figuras del periodismo católico italiano, como Vittorio Messori o Lucetta Scaraffia.

Autor de libros como "Il Kattolico", "Pequeño manual de apologética", ¿"Es Dios católico?", "El Evangelio según yo", "La verdadera historia de la inquisición", y, muy difundido en español, "Los monstruos de la Razón", Cammilleri recuerda que la alternativa a la fe católica y la vida en Dios era el nihilismo y el suicidio. Lo explicaba en una entrevista en agencia Zenit en italiano con Antonio Gaspari en 2011.

Bautizado, pero lejos de la fe
“Como casi todos los ateos y agnósticos actuales de Italia fui bautizado en el rito católico, pero después, como sucede a menudo, equivoqué el camino. Por ignorancia. Por dejadez. Porque es verdad que el bautismo te convierte en cristiano, pero para actuar como cristiano se necesita, de hecho, una conversión”, explicó.

"Yo frecuentaba la Facultad de Ciencias Políticas en Pisa en los años setenta y acabé contagiándome. Pero, antes que los demás, llevé hasta el fondo mi revolución personal. Y en el fondo estaba el nihilismo. Es decir, el suicidio", apunta.

"Debo todo a mi conversión, fruto en parte del razonamiento y en parte (como todas las conversiones) de la gracia. Imagínese que incluso había dejado mis estudios para ser cantautor en Milán... En resumen, que toqué el fondo. Pero Dios me “agarró” justo cuando estaba indeciso si acabar con mi vida o posponerlo".

El Evangelio, un manual
Los detalles personales los cuenta en su libro de 2011 “Cómo me convertí en c.c.p. (católico, creyente y practicante) (sólo en italiano) y no le gusta desgranarlos en entrevistas. Pero sí explica la significación que tienen historias de conversión como la suya.

Asegura que convertirse es descubrir que "el Evangelio otra cosa no es sino el manual de la perfecta manutención de nosotros mismos. Si no se aplica el manual (y, por tanto, no se cree en el Constructor) la vida se frustra. Entendámonos bien: la conversión no elimina la cruz, al contrario. Para ello, puedes ver las desaventuras de San Pablo desde el día de su caída del caballo en adelante. Pero te hace descubrir cuál es el sentido de la vida. El sentido justo, quiero decir. Y esta es la perla maravillosa por la que el mercader evangélico entiende que vale la pena vender todo para apropiarse de ella".

No es para superhombres...
Cammilleri insiste en que el Evangelio no es para los perfectos, los superhombres, sino precisamente para las personas heridas y pecadoras.

"Basta pensar en el Buen Ladrón, beatificado por Cristo en persona. Su vida entera es todo menos ejemplar y su final tampoco es mejor. Decía otro converso, Oscar Wilde, que la Iglesia católica es para santos y pecadores; para las buenas personas basta la Iglesia anglicana. A Dios le interesa quien se pone a prueba, no quien lo consigue. Permítame la comparación: también en el amor humano la pasión es preferible al aburrido tram-tram".

No hay dos conversos iguales
Cammilleri, además de ser converso, ha leído y escrito mucho sobre otros conversos. Y ha aprendido así varias cosas.

"Las conversiones nunca son iguales, porque Dios –así se ha dicho– sabe contar sólo hasta uno. Por tanto, el relato de una conversión no es muy ejemplar. Pero tiene una indudable utilidad “testimonial”, como bien saben los publicistas. Quien lee los resúmenes de los conversos descubre que el cristianismo, también hoy, es abrazado totalmente, hasta hacer de él la única razón de vida, por gente (permítame la inmodestia) no banal. Mi caso, que es el que conozco mejor, es el de una persona que había asimilado hasta el fondo los mitos del 68, hasta casi anticipar los tiempos. Cada época proporciona sus mitos a los jóvenes. Pero los mitos matan. Seguir a los ídolos propuestos por el propio tiempo lleva al suicidio. O a una vida equivocada porque está fuera del objetivo. Decía San Agustín (otro converso) que estamos hechos para la Felicidad. Es decir, para Dios. Y que nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en Él. El converso es la persona que ha entendido esto".

Las épocas y las conversiones
Cammilleri pone en contexto la experiencia de la conversión, sea bajo el dominio del cruel paganismo romano antiguo, o el de nuestros tiempos hedonistas y egoístas.

"Cada época ha tenido sus conversos, porque cada generación nace con el Pecado original. También en los tiempos de Jesus existían los Herodes y los Pilatos, gente que había consagrado su existencia a los ídolos (que son siempre los mismos: Sexo, Dinero y Poder). Hoy la sociedad hedonista de masa machaca a más gente, produce más “drop out”, [descolgados] como dicen los sociólogos. Aumenta el número de los que ceden, de los que no lo consiguen y se rinden. Basta encender la televisión para ver cuántos son los que están dispuestos a todo por el éxito, con tal de “emerger”. Pero no hay que creer que los conversos hay que buscarlos entre los fracasados y los perdedores: también el mismo Jesús fue, en el plano terrestre, un perdedor y un fracasado. No, muchos se han convertido precisamente porque han alcanzado sus objetivos y se han dado cuenta de que estaban vacíos. Quien busca el verdadero sentido de la vida lo encuentra, porque Dios mismo se hace encontrar. Pero precisamente está aquí la línea divisoria: si uno en su corazón, y con todo el corazón, busca la Verdad, Dios antes o después lo convierte. Si uno, en el fondo, sólo se busca a sí mismo, encontrará también él lo que busca: nada.

(Con la colaboración para la traducción del italiano de Helena Faccia Serrano, Alcalá de Henares)

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