Sociedades secretas y su influencia
Cómo funciona el poder, cómo se organizan las élites, cómo se relacionan entre sí y por qué el relato de una democracia abierta resulta ingenuo.

El poder real en el mundo se decide en círculos muy reducidos caracterizados por la poca transparencia informativa.
Escribo estas líneas con una intención explícita y honesta: dar a conocer y explicar realidades que existen, que están documentadas y que, sin embargo, permanecen fuera del conocimiento habitual de la mayoría de la población.
Estar despiertos: poder, opacidad y la ilusión de una democracia transparente
Se puede intuir la existencia de un “gobierno mundial en la sombra” que dirige muchos acontecimientos históricos. Mi propósito es mostrar cómo funciona de hecho el poder en el mundo contemporáneo, cómo se organizan las élites, cómo se relacionan entre sí y por qué el relato de una democracia plenamente abierta resulta, en muchos aspectos, ingenuo.
La cuestión decisiva atraviesa todo el texto: la ausencia sistemática de transparencia. En los ámbitos que voy a describir no hay acceso público, no hay actas, no hay periodismo independiente, no hay control parlamentario ni rendición de cuentas. Son encuentros explícitamente cerrados, y esa opacidad no es un accidente, sino una condición de funcionamiento.

El verdadero poder no está donde parece.
Bohemian Grove: el poder que se reconoce en la intimidad
Bohemian Grove es un retiro privado situado en California, propiedad del Bohemian Club, fundado en 1872. Cada verano, durante dos semanas, se reúnen allí expresidentes de Estados Unidos, altos cargos políticos, responsables militares, grandes financieros, directivos de medios de comunicación y líderes tecnológicos. No se trata de un congreso abierto ni de un foro institucional, sino de un encuentro estrictamente reservado de élites.
El acceso es imposible para el público. No entra la prensa, no hay grabaciones, no existen actas ni resúmenes oficiales. Todo lo que allí sucede queda fuera del escrutinio ciudadano. Uno de los elementos más conocidos es la ceremonia llamada Cremation of Care, un ritual simbólico y teatral ante una enorme estatua de un búho, en el que se representa la liberación de las preocupaciones morales y sociales del mundo exterior durante el retiro.
En Bohemian Grove se crean afinidades personales, se refuerzan lazos de confianza entre quienes concentran poder, se alinean visiones del mundo y se consolidan consensos que, tiempo después, aparecen ya normalizados en la política oficial, en los medios de comunicación y en las grandes orientaciones culturales. Es un ejemplo claro de cómo el poder real se prepara lejos de la luz, antes de llegar a las instituciones visibles.
La masonería: estructura iniciática y poder cultural
La masonería es una organización iniciática real, con siglos de historia, estructurada en grados, rituales, símbolos y juramentos de discreción. Su cosmovisión hunde sus raíces en la Ilustración y ha ejercido una influencia profunda en la configuración del liberalismo político, el laicismo y determinadas concepciones modernas del progreso, especialmente en la cultura política de Occidente.
No es una organización accesible al público. Sus reuniones y deliberaciones internas no son transparentes, no existen actas abiertas ni mecanismos de supervisión democrática, y quienes pertenecen a ella no rinden cuentas de lo que allí se debate o decide. El ciudadano no puede saber qué ideas se promueven, qué consensos se alcanzan o qué orientaciones se refuerzan en su interior.
El problema no reside en su mera existencia, sino en la combinación de influencia real y opacidad. Cuando personas con responsabilidades políticas, judiciales o económicas participan en estructuras cerradas, iniciáticas y sin control externo, se crea un espacio de poder paralelo, ajeno a la luz pública, que condiciona la vida social y política sin someterse a los principios básicos de transparencia y rendición de cuentas.
B'nai B'rith: redes fraternas y reserva
La B’nai B’rith es una organización fraternal judía internacional, fundada en el siglo XIX, con presencia en numerosos países y una notable proyección cultural, social y de influencia política. Se articula como una red de pertenencia selectiva que fomenta la cohesión interna, la colaboración entre sus miembros y la promoción de determinadas causas en el ámbito público.
Sus reuniones internas son cerradas, no existe acceso periodístico, no se publican actas ni contenidos detallados de sus deliberaciones, y no hay ningún tipo de supervisión democrática externa. El ciudadano no puede conocer qué debates se producen en su interior, qué consensos se alcanzan ni qué orientaciones se refuerzan en estos encuentros.
Personas con un peso institucional, mediático y político significativo participan en espacios inaccesibles al escrutinio público, donde se dialoga y se influye sin transparencia. Esa combinación de influencia real y reserva sistemática plantea, legítimamente, preguntas sobre el ejercicio del poder en sociedades que se presentan como plenamente abiertas y democráticas.
Council on Foreign Relations: fabricar el marco de lo pensable
El Council on Foreign Relations (CFR) es uno de los think tanks más influyentes del mundo en materia de política exterior y estrategia internacional. Por sus filas han pasado presidentes de Estados Unidos, secretarios de Estado, directores de agencias de inteligencia, banqueros y grandes empresarios, lo que da una medida clara de su peso real en la configuración del orden global.
Aunque el CFR publique artículos, informes y análisis accesibles al público, sus reuniones estratégicas decisivas se celebran a puerta cerrada. No existe acceso periodístico, no hay actas detalladas de los debates internos y no se somete a ningún tipo de supervisión democrática la manera en que se construyen los consensos que luego terminan orientando la política exterior de potencias enteras.
Aquí el poder no se ejerce mediante rituales ni símbolos, sino a través de ideas, marcos mentales y narrativas que delimitan qué opciones se consideran razonables y cuáles quedan fuera del debate. Se trata de una forma de poder especialmente eficaz: invisible, intelectual y profundamente influyente, que actúa sin asumir responsabilidad pública directa sobre sus consecuencias.
La Comisión Trilateral: coordinación sin elección
La Comisión Trilateral, fundada en 1973 por iniciativa de David Rockefeller, nace con el objetivo de coordinar intereses políticos, económicos y estratégicos entre Estados Unidos, Europa y Japón, en un contexto de crisis del orden internacional y de creciente interdependencia global. Desde su origen, no se concibe como un organismo público ni representativo, sino como un foro reservado de élites, integrado por políticos de alto nivel, expresidentes, ministros, altos funcionarios, banqueros, directivos de grandes corporaciones y académicos influyentes, todos ellos seleccionados por cooptación y no por elección democrática.
Sus reuniones no son públicas, no permiten la presencia de periodistas, no publican actas detalladas y no rinden cuentas ante ningún parlamento ni instancia ciudadana. Nadie puede saber con precisión qué se discute, qué intereses se priorizan o qué consensos se alcanzan en su interior. Sin embargo, resulta significativo que muchas de las orientaciones que allí se debaten terminen reflejándose después en políticas económicas, reformas estructurales y estrategias geopolíticas presentadas como inevitables o técnicamente incuestionables.
La Comisión Trilateral ejerce una influencia real al marcar el marco de lo pensable para lo que legislan y gobiernan. Este modelo de poder, basado en la influencia sin responsabilidad, revela uno de los rasgos más preocupantes del mundo contemporáneo: decisiones que afectan a millones de personas se preparan en espacios cerrados, por actores no elegidos, sin transparencia ni control democrático, mientras la democracia formal queda reducida, muchas veces, a ratificar consensos ya establecidos.
Skull and Bones: formar a la élite desde la juventud
Skull and Bones es una sociedad secreta universitaria fundada en la Universidad de Yale en el siglo XIX. Su carácter cerrado es absoluto: no se puede acceder, no se puede observar y no se conoce oficialmente qué se discute en su interior. La pertenencia se decide por selección interna y juramentos de reserva, y todo su funcionamiento se apoya en la opacidad.
Por esta sociedad han pasado presidentes de Estados Unidos, jueces del Tribunal Supremo, directores de agencias de inteligencia y altos cargos políticos y financieros. No se trata, por tanto, de un club marginal, sino de un espacio donde se tejen vínculos tempranos de lealtad, confianza y pertenencia entre personas que más tarde ocuparán posiciones decisivas en el Estado y en las estructuras de poder.
El dato verdaderamente significativo es que el secreto comienza ya en la fase de formación de quienes luego gobernarán. Antes incluso de acceder a cargos públicos, algunos futuros dirigentes han sido socializados en entornos cerrados, inaccesibles al escrutinio ciudadano, donde se construyen redes y afinidades que acompañarán toda su trayectoria. De este modo, el poder no solo se ejerce sin luz, sino que se aprende desde el inicio a vivir fuera de ella.
Grupo Bilderberg: hablar sin dejar rastro
El Grupo Bilderberg reúne cada año a líderes políticos, económicos, financieros y mediáticos de Europa y Norteamérica en encuentros estrictamente reservados. La lista de asistentes incluye primeros ministros, ministros en ejercicio, altos cargos de organismos internacionales, directivos de grandes corporaciones, banqueros y responsables de los principales medios de comunicación occidentales. No se trata de un foro abierto ni institucional, sino de un espacio selectivo de encuentro entre élites.
Las condiciones de estas reuniones son claras y constantes: no hay acceso para la prensa, no se levantan actas, no se publican conclusiones oficiales y no existe ningún tipo de supervisión democrática. Todo lo que allí se dice se declara explícitamente off the record. El ciudadano no puede saber qué temas se tratan, qué propuestas se defienden ni qué consensos se alcanzan.
El problema no es que personas influyentes hablen entre sí, sino que lo hagan en un entorno de opacidad absoluta, sin rendir cuentas y sin posibilidad de contraste público. Cuando quienes concentran poder político, económico y mediático deliberan fuera de la luz, la democracia queda reducida a un plano formal, mientras las orientaciones reales del mundo se gestan en espacios inaccesibles al escrutinio ciudadano.
Burning Man: el poder también se coordina en lo informal
Burning Man es un festival cultural que se celebra anualmente en el desierto de Nevada y que se presenta como un espacio de expresión artística, experimentación social y ruptura con las estructuras convencionales. Sin embargo, desde hace años se ha convertido también en un lugar de encuentro informal para directivos y fundadores de grandes corporaciones tecnológicas, como Amazon, Meta o Google, junto a inversores y figuras influyentes del ámbito digital y cultural.
No es un foro político ni un espacio institucional, pero precisamente por eso funciona fuera de toda cobertura. No hay registros de reuniones, no existen actas, no hay seguimiento periodístico ni escrutinio público sobre las conversaciones que allí se producen. Los encuentros se dan en un contexto deliberadamente desestructurado, donde la informalidad facilita la creación de afinidades, alianzas y visiones compartidas al margen de cualquier control democrático.
Cuando quienes se reúnen concentran un enorme poder económico, tecnológico y cultural, la opacidad deja de ser irrelevante. Aunque no se tomen decisiones formales, en estos espacios se alinean mentalidades y se refuerzan consensos que luego influyen de manera decisiva en el rumbo de la tecnología, la comunicación y, en última instancia, de la vida social y política. El poder, incluso cuando se disfraza de cultura y ocio, también importa que esté a la luz.
Club de Roma: pensar el mundo sin mandato democrático
El Club de Roma, fundado en 1968, es un think tank internacional que reúne a científicos, economistas, políticos, empresarios y altos funcionarios. Alcanzó notoriedad mundial con el informe Los límites del crecimiento, que influyó profundamente en la manera de concebir la economía, el desarrollo, la demografía y la relación con el medio ambiente.
Conviene subrayar un aspecto esencial: el Club de Roma no es un organismo elegido, ni representativo, ni sometido a control democrático alguno. Sus miembros no rinden cuentas al ciudadano, sus deliberaciones internas no son públicas, y sus consensos no se someten a debate social abierto.
Y, sin embargo, muchas de sus ideas han terminado convertidas en políticas públicas globales, asumidas por gobiernos, organismos internacionales y grandes fundaciones. Aquí se ve con claridad cómo el poder no siempre legisla, pero sí orienta el marco de lo pensable, delimitando qué opciones se presentan como inevitables y cuáles quedan fuera del debate.
World Economic Forum: el escaparate visible de consensos opacos
El World Economic Forum (WEF), conocido por sus reuniones anuales en Davos, no es una organización secreta en sentido estricto, pero sí profundamente elitista y opaca en lo decisivo. Reúne a jefes de Estado, directivos de grandes corporaciones, líderes tecnológicos, financieros y mediáticos.
Aunque una parte del programa es pública, las reuniones verdaderamente relevantes se celebran a puerta cerrada, sin actas, sin prensa y sin posibilidad de supervisión democrática. Nadie ha elegido a los participantes para decidir el rumbo económico, tecnológico o social del mundo, y sin embargo de ahí surgen conceptos y agendas globales que luego aparecen como inevitables.
El WEF funciona, en muchos casos, como escaparate visible de consensos que ya han sido fraguados previamente en ámbitos más discretos: grandes fundaciones, consejos empresariales, think tanks y foros cerrados. La democracia llega después, cuando llega.
Le Cercle: el poder que casi nadie nombra
Mucho menos conocido que Bilderberg o Davos, Le Cercle es uno de los grupos más discretos y menos transparentes del panorama europeo. Se trata de un círculo informal que reúne a políticos, diplomáticos, militares, responsables de inteligencia y líderes empresariales, con un fuerte enfoque en geopolítica, seguridad y estrategia internacional.
La información pública sobre Le Cercle es mínima. No hay actas, no hay comunicados oficiales, no hay control parlamentario, no hay supervisión democrática. Sin embargo, su influencia en determinados consensos estratégicos europeos y atlánticos es ampliamente reconocida por investigadores y analistas.
Le Cercle encaja perfectamente en el patrón que atraviesa todo este análisis: espacios donde el poder se coordina sin luz, fuera del debate público, y donde las decisiones que afectan a millones de personas no pasan por ningún proceso participativo real.
Familias de poder: Rockefeller y Rothschild
Las familias Rockefeller y Rothschild no pertenecen al terreno del mito ni de la ficción conspirativa. Son dinastías financieras reales, con una influencia histórica ampliamente documentada en ámbitos clave como la banca, la energía, la política internacional y la filantropía global. A lo largo de generaciones han acumulado capital económico, social y cultural, convirtiéndose en actores decisivos en la configuración del mundo moderno.
Estas familias han financiado instituciones, universidades, fundaciones, centros de pensamiento y proyectos culturales que han tenido un impacto profundo y duradero. A través de estas estructuras, su influencia no se ha ejercido principalmente de forma directa o visible, sino mediante lo que hoy se denomina poder blando: la capacidad de orientar ideas, valores, prioridades y marcos de acción sin necesidad de ocupar cargos políticos formales.
No controlan el mundo ni actúan como un bloque monolítico, pero han contribuido de manera decisiva a moldear el sistema económico y cultural actual, en estrecha relación con élites políticas, financieras e intelectuales y, en determinados momentos históricos, con entornos masónicos o redes elitistas afines. Su caso ilustra bien cómo el poder más eficaz no siempre gobierna, sino que configura el terreno sobre el que otros gobiernan, a menudo lejos de la luz pública.
Filantropía y poder blando: Gates y Soros
Las grandes fundaciones filantrópicas impulsadas por figuras como Bill Gates o George Soros desempeñan hoy un papel decisivo en el ámbito internacional. Financian medios de comunicación, universidades, organismos de investigación, proyectos educativos, sanitarios y culturales, y actúan con una capacidad económica que, en muchos casos, supera el presupuesto de numerosos Estados. Su influencia no se limita a la ayuda puntual, sino que orienta prioridades, agendas y marcos de acción a escala global.
Este tipo de poder no pasa por las urnas ni está sometido a control democrático alguno. Nadie ha elegido a estas fundaciones para definir políticas sanitarias, educativas o sociales, y sin embargo sus decisiones condicionan legislaciones, programas públicos y discursos oficiales. La ausencia de rendición de cuentas convierte su acción en un factor estructural del poder contemporáneo, aunque se presente bajo el lenguaje amable de la filantropía.
Cuando la filantropía maneja recursos descomunales y actúa sin transparencia ni supervisión, deja de ser solo ayuda y se convierte en poder. Un poder blando, aparentemente benévolo, pero opaco y sin responsabilidad pública, que influye de forma profunda en la vida de millones de personas sin estar expuesto a la luz que se exige a las instituciones democráticas.
Influencia de las élites en la Organización de las Naciones Unidas
La ONU nació con la vocación de ser un espacio de cooperación entre naciones soberanas, orientado a la paz, el desarrollo y la defensa de la dignidad humana. Sin embargo, con el paso del tiempo, su funcionamiento real se ha visto crecientemente influido por actores que no representan a los pueblos, sino a élites económicas, financieras, tecnológicas e ideológicas. Foros como el CFR, la Comisión Trilateral, el World Economic Forum, así como grandes fundaciones privadas, ejercen una influencia significativa en la definición de agendas, prioridades y marcos conceptuales que luego se asumen en organismos de la ONU. Esa influencia no se produce mediante votaciones formales, sino a través de informes “técnicos”, asesorías, financiación de programas y la colocación de expertos procedentes de esos mismos entornos en puestos clave.
A esto se suma el papel creciente de la filantropía global y de las alianzas público-privadas, que han introducido en la ONU una lógica de gobernanza cada vez más dependiente de intereses no elegidos ni controlados democráticamente. Grandes fundaciones financian programas, condicionan líneas de acción y promueven determinadas visiones antropológicas, educativas o sanitarias que luego se presentan como consensos internacionales. El resultado es una organización que, aunque mantiene su estructura formal de representación estatal, opera en muchos ámbitos bajo la influencia de redes opacas, donde las decisiones estratégicas no nacen del debate entre naciones y pueblos, sino de marcos previamente diseñados en espacios cerrados. Esto convierte a la ONU en un instrumento de una conspiración global, y la sitúa dentro de la misma lógica que atraviesa todo lo analizado: el desplazamiento del poder real hacia ámbitos sin luz, sin elección y sin verdadera rendición de cuentas.
Una misma red: relaciones, cruces y circulación del poder
Si se observa en conjunto todo lo expuesto hasta ahora, aparece un rasgo constante que conviene expresar con claridad en el artículo: estos foros, grupos, sociedades, familias e individuos no actúan de manera aislada, ni constituyen compartimentos estancos. Forman parte de una misma ecología del poder, articulada a través de personas concretas que circulan de unos espacios a otros, de instituciones que se solapan y de intereses que se refuerzan mutuamente.
Un mismo perfil puede haber sido miembro del Council on Foreign Relations, asistir a reuniones del Grupo Bilderberg, participar en la Comisión Trilateral, formar parte de consejos de administración de grandes corporaciones y, al mismo tiempo, mantener vínculos con fundaciones filantrópicas globales. Esta circulación constante genera una homogeneidad de visión del mundo, de prioridades y de soluciones consideradas aceptables, incluso cuando existen diferencias tácticas entre unos y otros.
En este entramado, los espacios iniciáticos o fraternos, como la masonería, la B'nai B'rith o Skull and Bones, cumplen una función decisiva: crear lealtades tempranas, lenguajes compartidos y confianza mutua. No son necesariamente lugares donde se diseñan políticas concretas, pero sí donde se forja una mentalidad común que luego se despliega en los foros estratégicos, económicos y políticos.
Los espacios de encuentro cerrado, como Bohemian Grove o las reuniones del Bilderberg, refuerzan esa red desde un plano más personal e informal. Allí no se toman decisiones oficiales, pero se afianzan relaciones humanas entre quienes concentran poder, algo que resulta determinante cuando, más tarde, esas mismas personas deben “negociar” desde gobiernos, bancos centrales, grandes empresas o medios de comunicación.
Las familias históricas de poder, como Rockefeller y Rothschild, actúan como nodos estructurales de esta red. A través de su capital, de sus fundaciones, de su presencia en universidades, think tanks y organismos internacionales, han facilitado durante décadas la interconexión entre política, finanzas, cultura y filantropía, contribuyendo a dar estabilidad y continuidad a este entramado más allá de los cambios electorales.
En el mundo contemporáneo, este sistema se ve reforzado por las grandes fundaciones filantrópicas privadas, que conectan directamente con gobiernos, organismos internacionales y foros como el World Economic Forum. La filantropía funciona así como puente entre el capital privado, la agenda política y la legitimación moral, sin pasar por mecanismos de elección ni control democrático.
El resultado de todo esto es una especie de “gobierno mundial secreto” centralizado: una constelación de espacios cerrados, interconectados, opacos y autorreferenciales, donde se genera el marco mental, cultural y estratégico dentro del cual se mueven después los gobiernos y las democracias formales.
Dicho con claridad para el lector: no todos deciden, no todos participan y no todos saben. Las decisiones más importantes se incuban en estos espacios de relación privilegiada, y la política visible suele llegar después, cuando lo esencial ya ha sido pensado y asumido en otro lugar. Esa es la verdadera relación que une a todos estos foros, grupos, familias e individuos: la continuidad del poder fuera del escrutinio público.
La cuestión de fondo: poder sin transparencia
Aquí está el núcleo de todo lo anterior, el punto donde confluyen todos los nombres, foros, familias y estructuras mencionadas. Conviene decirlo con precisión y sin exageraciones: todo esto prueba de manera concluyente la existencia de un gobierno mundial omnipotente, centralizado y perfectamente coordinado. Las grandes decisiones que orientan el rumbo del mundo no se gestan, en su fase decisiva, en espacios abiertos, públicos y deliberativos, sino en redes cerradas de relación, afinidad y consenso, donde la democracia, en sentido estricto, no entra.
La democracia moderna se nos presenta como un sistema en el que las decisiones nacen del debate público, del contraste de ideas, de la deliberación parlamentaria y del voto ciudadano. Sin embargo, lo que muestran estos foros, grupos y redes es otra cosa: cuando una decisión llega al parlamento, a la ley o al decreto, suele llegar ya “madura”, con un marco mental previamente fijado, con unas opciones consideradas razonables y otras descartadas de antemano. El debate público, en muchos casos, no decide el fondo, sino que discute los márgenes.
Cuando no hay actas, cuando no hay periodistas, cuando no existe supervisión institucional, el ciudadano queda excluido del proceso real de decisión, aunque conserve la ilusión de participación. No puede saber qué se dijo, quién defendió qué intereses, qué alternativas se descartaron ni por qué. Esa ausencia de luz no es neutra: protege al poder de toda responsabilidad real. Nadie puede pedir cuentas de lo que no se puede conocer.
En este contexto, los parlamentos y las urnas no desaparecen, pero cambian de función. Dejan de ser el lugar donde se decide lo esencial y pasan a ser, con frecuencia, el espacio donde se ratifican orientaciones ya preparadas en otros ámbitos. La democracia se convierte así en escenografía, en un marco formal que legitima decisiones tomadas fuera de su alcance. No se anula, pero se vacía progresivamente de contenido.
Y aquí aparece un elemento clave: la interconexión. Estos espacios no son islas. Las mismas personas transitan por varios de ellos a lo largo de su vida: hoy en un think tank, mañana en un gobierno, después en un consejo de administración, más tarde en una fundación filantrópica o en un medio de comunicación. Esa circulación constante crea una red densa, autorreferencial, donde el poder se reconoce a sí mismo y se reproduce.
En esa red se comparten categorías mentales, prioridades, miedos, soluciones prefabricadas y una determinada visión del ser humano y de la sociedad. Lo que se presenta luego como “consenso internacional”, “criterio técnico” o “inevitabilidad histórica” suele ser el reflejo de ese mundo cerrado, no el fruto de un debate abierto entre pueblos y culturas diversas.
Negar la existencia de esta red es ingenuo. No porque todo esté controlado, sino porque el poder tiende naturalmente a concentrarse, a protegerse y a operar lejos de la mirada pública. Cuanto mayor es el poder, mayor es la tentación de sustraerse al control democrático. Esto no es una anomalía; es una constante histórica.
El verdadero problema, por tanto, no es solo político, sino profundamente antropológico y moral. Cuando las decisiones que afectan a millones de personas se toman sin transparencia, sin responsabilidad y sin posibilidad de corrección desde abajo, la dignidad del hombre se erosiona. La persona deja de ser sujeto de la historia para convertirse en objeto de decisiones ajenas, aunque conserve el derecho formal a votar.
Por eso, la cuestión de fondo no es si existe o no una élite omnipotente, sino algo más incómodo: hasta qué punto hemos aceptado vivir en sistemas donde el poder real circula fuera de la luz, mientras nos conformamos con mecanismos democráticos cada vez más formales y menos efectivos. La falta de transparencia no es un detalle técnico; es una herida en el corazón mismo de la libertad.
Ese es el núcleo de todo lo dicho: no vivimos simplemente en democracias imperfectas, sino en sistemas donde el poder más decisivo se ha desplazado a espacios que no están pensados para ser vistos. Nombrar esta realidad es el primer paso para no vivir anestesiados y para recuperar, al menos en parte, la responsabilidad que corresponde a una ciudadanía verdaderamente adulta.
Conclusión: no vivir anestesiados
Creer que todo se decide de forma abierta, transparente y participativa es una narrativa tranquilizadora, pero infantil y errónea. La madurez exige lucidez.
Estar despiertos no implica paranoia ni miedo. Implica no aceptar relatos infantiles, comprender cómo funciona el poder y defender la dignidad humana frente a la concentración opaca de decisiones. La libertad comienza cuando uno se niega a vivir anestesiado, mira la realidad de frente y no delega su pensamiento.
Nombrar estas realidades, comprenderlas y mantener la conciencia crítica ya es hoy un acto profundamente contracultural y profundamente humano.