Lunes, 25 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Piedad sicaria

Manifestantes contra la eutanasia.
Manifestaciones contra la eutanasia a las puertas del Congreso de los Diputados. Foto: Efe.

por Eduardo Gómez

Opinión

El último capítulo del teorema de la libertad de conciencia ha sido la aprobación de la ley de eutanasia en España; la última del tremedal positivista que rige la vida jurídica de los españoles. La ley se aprobó con efusividad en el parlamento, y los parlamentarios a favor bien que expusieron las bondades de algo que bien pudiera se denominado piedad sicaria. Sí, el sicario también puede hacer de la suyas haciendo uso de la piedad como máscara veneciana de sus crímenes. La sociedad actual habita en estructuras de pecado encargadas de la demolición del alma. Con la anuencia de los moralistas de la libertad de conciencia se aprueba una ley para el Reino de España que habilita a los hombres sin conciencia a liquidar a los que adolecen de una conciencia sin libertad. Esto nos conduce a un escenario dantesco en el que unos celebran la demostración del teorema liberal y otros juegan a la piedad sicaria.

Los nuevos sicarios (sicarios del Leviatán globalista) aprovechan las estructuras de perdición, que debilitan a sus víctimas, para acto seguido convencerlas de que lo mejor que les queda es algo parecido a un tiro de gracia remozado a la estatista. No hay bendición, no hay sacramentos, no hay belleza, no hay verdad, y menos aún rastro de bien. No importa: el buen ciudadano tiene el beneplácito del Estado, y la inestimable colaboración de sus sicarios además del tronar de los moralistas de la libertad de conciencia. Menudo planazo para los agonizantes que arrumbados, por un concepto fisicalista de dignidad humana urdido por las estructuras de perdición, son tratados como mercancía que ya no renta al nihilismo de Estado.

Saber cómo se llega a esta barbarie exige escrutar que detrás de la decisión política reza la carencia de saludables fundamentos teológicos y filosóficos, verdades de opera prima en el drama humano que han sido veladamente soslayadas por la política moderna. Una política que ahora pendula entre el confinamiento obligatorio y el patíbulo voluntario; en otras palabras: cuando los libres e iguales campan exultantes en los quehaceres de la libertad de conciencia, el Estado les aterroriza con orquestaciones pandémicas, y cuando andan agonizantes, cede gustosamente a su último deseo con la ley de eutanasia y la máscara veneciana de la “muerte digna”.

Recurriendo a los grandes: Gustave Thibon, en sus artículos para el boletín Manta-News, definió al santo como “aquel que ante los peligros que amenazan su alma y la del prójimo reacciona con idéntico vigor y espontaneidad que cualquiera de nosotros reaccionaría ante los peligros de la muerte física”. No es precisamente la propuesta del Estado, que asume máximos de malignidad y encarna al desorientador de las almas que pena en momentos de flaqueza.

¿Y la resistencia? Mención aparte merecen las posiciones contrarias a la eutanasia que se han hecho más populares: mayormente subtendidas a la patria potestad, a los cuidados sanitarios o al mero estoicismo. Todas causas menores que no ganarían un solo caso en los juzgados del purgatorio. Entre la santidad y la piedad del sicario, media un abismo de discernimiento perdido, una distancia sideral entre la Verdad y el Mal asumido como bueno por las sociedades en fase de derrumbe. Curiosa mutación la experimentada por la moral relativista del mal menor: no hay mejor forma de implantar el mal que darle el salvoconducto de liberador de sufrimientos en medio de un pueblo desnortado. Siempre encontrará nichos de mercado donde la teología se repliegue.

Es lo que tiene el cuarteamiento fisicalista de la humanidad en partes alícuotas llamadas individuos; que en última instancia nos trae el cuarteamiento de valores universales reducidos a una voluntad hecha jirones; anhelo que aprovecha el Estado para reafirmarse en medio del desánimo como único dador plenipotenciario de bien y mal y, de paso, aligera la carga que le suponen los libres e iguales que ya no rentan. Y he aquí una aporía del destino: el liberalismo se convierte en el mayor aliado del argumentario de Estado y sus crímenes eutanásicos contra el Quinto Mandamiento.

Así, por más que se empeñen los libertarios, henchidos de insurgencia, lo cierto es que el teorema de la libertad de conciencia siempre fue la mejor baza para el Estado y la peor para la libertad de los hombres en una sociedad sin una sana teología. Como diría Georges Huber: ”El águila volando por encima de las cumbres tiene una visión de la que carece un gallo de corral“. Y al final, cuando al gallo de corral se le caen las plumas, implora al Estado su voluntad libertaria en forma de último deseo: la piedad sicaria.

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