Sobre el Orgullo Gay


por Pedro Trevijano

Opinión

Estos días se está celebrando la Semana del Orgullo Gay. Como católicos, ¿qué pensar de ello?

La Biblia nos dice, ya en el primer capítulo del Génesis: “Y creó Dios a los hombres a su imagen; a imagen de Dios los creó; varón y hembra los creó” (1,27). La identidad sexual es la base de la identidad personal, y es esencialmente en relación con la generación como se define. Ser mujer es haber nacido de una persona de su mismo sexo; ser varón supone haber nacido de un cuerpo de sexo distinto. La anatomía humana apunta a la heterosexualidad. En Biología la distinción entre ambos sexos es clarísima: quien tiene cromosoma Y es varón, quien no lo tiene es mujer.

La homosexualidad corresponde a una tendencia sexual que se inicia durante el desarrollo afectivo de la persona. La homosexualidad como tal no existe, lo que existe son personas con problemas de homosexualidad, es decir con deseo homosexual, lo que es un dato innegable, que se impone al individuo que lo tiene y que a priori no lo ha escogido. Ante todo, recalquemos que el hecho de ser homosexual no pertenece al orden moral. Las tendencias en cuanto tales no son objeto de valoración moral. No es ni una “falta”, ni un “pecado”, ni un “vicio”: es un hecho. Hay ciertamente que distinguir entre tendencia y conducta. Además, el tener una orientación homosexual no significa que el sujeto quiera ejercerla como actividad, pues sigue siendo una persona libre y de hecho muchos de ellos tratan de vivir en castidad y santidad. Inclinación y comportamientos están relacionados, pero no se identifican, ni se implican incondicionalmente.

El homosexual, al igual que el heterosexual, tiene el deber de controlar su vida y sus actos sexuales, y de hecho muchos así lo hacen. La libertad humana se extiende también a la sexualidad. Pensar que alguien es incapaz de ello, es negar que sea una persona libre. Es decir, nadie es responsable de las tendencias que encuentra en él, pero sí del uso libre de estas tendencias. Los actos homosexuales tienen la responsabilidad y culpabilidad correspondientes al grado de libertad que disfrutan sus autores. De hecho, una de las características de la sexualidad humana es la capacidad que encierra de poder ser asumida sin el ejercicio de la genitalidad, y por ello muchos homosexuales, así como otros muchos heterosexuales, pueden vivir sin una expresión genital.

Sobre el acto en sí “apoyándose en la Sagrada Escritura que los presenta como depravaciones graves, la Tradición ha declarado siempre que los actos homosexuales son intrínsecamente desordenados” (Catecismo de la Iglesia Católica nº 2357) y “gravemente contrarios a la castidad” (CEC nº 2396).

La condena más clara de los actos homosexuales está en San Pablo, quien los considera como perversiones del orden natural instituido por Dios en la existencia humana y de ellos afirma que es uno de los castigos que muestran la perversidad de la idolatría (Rom 1,24-28), condenando la sodomía masculina y femenina como contra natura. Contempla el pecado en cuanto que se encarna en una cultura pervertida y en un ambiente totalmente alienado. El juicio del Apóstol arremete en especial contra los ambientes que no sólo practican, sino que incluso exaltan la homosexualidad, pues “cambiaron la verdad de Dios por la mentira” (v. 25). La causa más profunda de todos estos desórdenes, que encuentran su máxima expresión en las perversiones sexuales, es el rechazo de honrar a Dios, a la que sigue el de respetar y honrar al hombre cual imagen de Dios. “Por esto, Dios los entregó a pasiones vergonzosas, pues sus mujeres cambiaron las relaciones naturales por otras contrarias a la naturaleza; de igual modo los hombres, abandonando las relaciones naturales con la mujer, se abrasaron en sus deseos, unos de otros, cometiendo la infamia de las relaciones de hombres con hombres y recibiendo en sí mismos el pago merecido de su extravío” (vv. 26-27). La Iglesia rechaza los actos homosexuales, pero también toda práctica de la sexualidad genital extramatrimonial.

Desgraciadamente en nuestro país y en unos cuantos más la ideología de género se está imponiendo, porque nada ayuda más al triunfo del mal que la pasividad de los buenos. Un ejemplo claro de esto son los homenajes que están recibiendo en muchas instituciones el día del Orgullo LGTBI, a pesar de su carácter anticristiano. Menos mal que hay una Ley de Banderas que prohíbe expresamente el uso de banderas no oficiales en edificios públicos, como recientemente ha reafirmado en una Sentencia el Tribunal Supremo, por lo que las autoridades que la incumplan pueden incurrir en un delito de prevaricación.

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