¿Por qué no es sano creer en Dios a mi manera?
Es una pregunta que alguna vez me han hecho en clase y me gusta contestar con un ejemplo. Sería como pretender jugar en el mundial sin tener en cuenta las indicaciones de la FIFA. Por mucho que sepamos de fútbol o tengamos habilidades fuera de lo común en el campo hay parámetros que seguir a fin de no terminar metiéndonos un autogol o jugando en solitario.
Si alguien sigue a Jesús “a su manera”, habrá muchos autogoles. Al menos, tres. Primero, el riesgo de una subjetividad que derive en un “Dios a medida”; o sea, a la carta. Segundo, caer en un sentimentalismo sin conversión real. Tercer, confusión generalizada al no tener una referencia (la Iglesia Católica) para confirmar o desmentir. Y, en el peor escenario, el fanatismo.
Por todo lo anterior, Jesús instituyó la Iglesia. Es decir, seguirlo con libertad, pero dentro de unos parámetros que nos encauzan, aclaran, matizan, forman, orientan, clarifican, etcétera. Un Jesús sin la Iglesia es un reduccionismo que nos llevaría a irnos por la libre, olvidando que él quiso que lo hiciéramos como conjunto de bautizados con una guía específica en la sucesión apostólica. No es dejar de pensar, sino pensar, porque el que piensa, comprende que no lo sabe todo y, por ende, requiere de parámetros y de una sana estructura que le ayude a creer y crecer.