Miércoles, 27 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Renuncias

Escena de Único testigo.
Escena de la construcción del granero, muestra del espíritu comunitario de los amish, en «Único testigo» (1985) de Peter Weir (Harrison Ford, Kelly McGillis), la película que dio a conocer al gran público la existencia y peculiaridades de esta comunidad.

por Juan Manuel de Prada

Opinión

Leo un interesantísimo reportaje en el diario digital Religión en Libertad sobre el crecimiento exponencial de la comunidad amish en los Estados Unidos, que discurre paralelo a las deserciones que sufren las religiones establecidas. En medio de una debacle religiosa generalizada, los amish duplican cada quince o veinte años su número de fieles, que hacia 1920 eran apenas cinco mil y hoy superan los trescientos cincuenta mil. Si mantuvieren este ritmo de crecimiento, podrían convertirse en la confesión mayoritaria de los Estados Unidos en un par de siglos, cuando muchas de las religiones establecidas hayan desaparecido por completo, o su presencia sea testimonial.

Pero esta pujanza de los amish, en medio de un mundo en el que la fe religiosa se apaga lentamente, resulta sumamente interpeladora, sobre todo si consideramos que los amish no practican el proselitismo y son constantemente caricaturizados en películas y series de televisión. Para explicar el fenómeno se aduce que los amish tienen un índice de natalidad muy alto; pero, por ejemplo, en el ámbito católico se procreaba hasta hace poco con alegría, lo cual no detuvo el proceso de secularización. También se resalta que los amish conforman comunidades cerradas, sin apenas contacto con el mundo exterior y por lo tanto impermeables a sus cantos de sirena. Pero, como puede comprobarse en cualquier serie televisiva dedicada a ridiculizarlos, los amish conocen de sobra tales cantos de sirena, que rechazan con orgullo de forma abrumadoramente mayoritaria.

Desde luego, la solución extrema de los amish, que se aferra al bien particular y se desentiende del bien común, no nos parece loable. En la Carta a Diogneto, uno de los textos más hermosos del cristianismo primitivo, leemos que los cristianos vivían «en ciudades griegas y bárbaras, según les cupo en suerte», sabiendo que, aunque no ‘eran’ del mundo, tenían que ‘estar’ en él: «Habitan en su propia patria -leemos en la Carta-, pero como forasteros; toman parte en todo como ciudadanos, pero lo soportan todo como extranjeros; toda tierra extraña es patria para ellos, pero están en toda patria como en tierra extraña; […] se hallan retenidos en el mundo como en una cárcel, pero son los que mantienen la trabazón del mundo». Pero ¿cómo se puede ‘estar’ en el mundo (y aspirar a transformarlo) sin pertenecer a él? Los cristianos primitivos, desde luego, fueron capaces de mantener tal tensión fecunda, logrando además que su ejemplo fuese altamente contagioso; algo que, evidentemente, los cristianos de nuestra época no son capaces de hacer.

Y aquí los amish nos brindan una lección sumamente instructiva. Aparte del cumplimiento escrupuloso de unas normas religiosas, cuentan con un ‘código’ de renuncias que, lejos de resultar disuasorias, actúa como estímulo para la comunidad. Así, por ejemplo, no permiten teléfonos en sus casas; no porque piensen que los teléfonos son intrínsecamente malos (de hecho, suelen tener cabinas en las calles y teléfonos en sus centros de trabajo), sino porque consideran que el teléfono estorba la paz de su hogar, erosiona las relaciones familiares e impide los gozos compartidos; porque consideran que el teléfono destruye la vida comunitaria y ensimisma a los hombres, haciéndolos además más permeables a la infiltración de multitud de hábitos perniciosos. Y el mismo ‘código’ que exhorta a los amish a renunciar al teléfono (o a usarlo sólo en casos de estricta necesidad) lo aplican a otros muchos ‘adelantos’ tecnológicos que infestan la vida moderna, inundándola de tentaciones que desestructuran la vida moral y destruyen las almas, desde el chismorreo a la pornografía, pasando por la vana agitación política.

Los amish, en fin, han entendido que la tecnología no es un instrumento neutro, sino que naturaliza en nuestras conciencias conductas destructivas o puramente ‘nerviosas’ y desnortadas, abreviando y banalizando nuestras decisiones morales, protegiendo con su falsa asepsia y su tentadora ‘inmediatez’ nuestras pulsiones más sombrías. La tecnología, con la golosina de ‘estar’ en el mundo, nos acaba obligando -en un suave deslizamiento del que ni siquiera somos conscientes- a ‘ser’ del mundo. Y, luego, dejar de ‘serlo’ se convierte en una misión sobrehumana, tan inasumible como ‘estar’ fuera del mundo. Tal vez adoptar ‘códigos’ que nos permitan ‘estar’ en el mundo renunciando a ‘ser’ suyos sea la única manera de evitar el aislamiento de los amish. Pero para ello hay que aprender a vivir en el mundo como en una tierra extraña; hay que aceptar un código de renuncias que el mundo nos presenta como inasumibles.

Publicado en XL Semanal.

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