Religión en Libertad

Cuando todo cae, queda la Iglesia

Hay instituciones que atraviesan la historia como los ríos: no hacen ruido, pero siguen ahí cuando el paisaje ha cambiado por completo

Padre Guillermo, misionero en Venezuela​.

Padre Guillermo, misionero en Venezuela
​.

Creado:

Actualizado:

Hay instituciones que atraviesan la historia como los ríos: no hacen ruido, no compiten con el estruendo de los acontecimientos, pero siguen ahí cuando el paisaje ha cambiado por completo. La Iglesia católica en Venezuela es una de ellas.

Mientras el país vuelve a vivir uno de esos momentos en los que la historia se acelera —cambios bruscos, caídas abruptas, relatos que se reescriben en cuestión de días—, la Iglesia no ocupa el centro del escenario. No lo ha hecho nunca. Permanece en un lugar menos visible y, por eso mismo, más duradero: el de la presencia constante.

La Iglesia no es la institución que llega cuando todo se derrumba; es la que ya estaba antes, la que no se marcha cuando pasa el poder y la que sigue después, cuando el entusiasmo se agota y comienza el trabajo silencioso de recomponer lo humano.

En Venezuela, la Iglesia ha aprendido —a menudo a la fuerza— que su misión no consiste en interpretar la historia en clave de vencedores y vencidos, sino en sostener a las personas cuando los sistemas fallan. Cuando los gobiernos cambian, los tribunales juzgan y los titulares se agotan, siguen quedando comunidades rotas, familias divididas, pobres más pobres y una sociedad cansada de sobrevivir.

La Conferencia Episcopal Venezolana ha hablado durante años desde ese lugar incómodo que no concede aplausos rápidos. Ha insistido en palabras que parecen modestas frente al dramatismo del momento: dignidad, paz, reconciliación, verdad. No porque ignore la gravedad del daño sufrido, sino porque conoce algo esencial: la reconstrucción moral siempre es más lenta que la caída del poder.

La Iglesia no promete soluciones inmediatas. No administra euforias. No se apropia del lenguaje de la victoria. Su tarea es otra: recordar que el sufrimiento no desaparece cuando se cierra un capítulo político, que la justicia necesita tiempo y que la paz no es una emoción colectiva, sino una obra paciente.

En momentos de ruptura, cuando todo parece nuevo y frágil al mismo tiempo, la tentación es pensar que el futuro se decide solo en despachos, tribunales o pactos. Pero la historia muestra que lo decisivo ocurre en espacios mucho más discretos: parroquias, hospitales, comedores, confesiones sin nombre, acompañamientos sin cámaras.

Ahí es donde la Iglesia permanece. No como poder alternativo, sino como memoria viva. Como recordatorio de que la persona precede al sistema, de que la herida no entiende de transiciones y de que la esperanza no se decreta.

Quizá por eso, cuando todo cae, la Iglesia no corre. Se queda.

Se queda cuando los focos se apagan.

Se queda cuando la épica se desgasta.

Se queda cuando empieza lo más difícil: volver a vivir sin miedo.

Y en un país como Venezuela, donde tantas cosas han pasado y tantas otras siguen doliendo, esa permanencia silenciosa no es poca cosa. Es, tal vez, una de las pocas certezas que no dependen del poder.

Comentarios

Suscríbete

y recibe nuestras noticias directamente

tracking