Domingo, 24 de marzo de 2019

Religión en Libertad

San Miguel y el Rosario: un gesto importante


por Angela Pellicciari

Opinión

En un contexto dramático, en una época en la que el Papa quedaba reducido a ser “prisionero en el Vaticano” (y lo era literalmente), cuando la masonería de todas las obediencias y de todos los países festejaba haber convertido Roma e Italia en colonias suyas, León XIII componía una oración en la que pedía al Arcángel San Miguel que se erigiese en defensor de la Iglesia y de la civilización que surge de ella. En 1884, pocos meses después de escribir la encíclica Humanum Genus, su más detallada y vibrante carta contra la masonería, el 13 de octubre el Papa tiene una visión terrorífica del demonio atacando a la Iglesia. En este contexto, compone una oración a San Miguel que ordenó se rezase al final de todas las misas: “Arcángel San Miguel, defiéndenos en la batalla. Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio. Reprímale Dios, pedimos suplicantes. Y tú, príncipe de la milicia celestial, arroja al infierno, con el divino poder, a Satanás y a los demás malignos espíritus que andan dispersos por el mundo para la perdición de las almas”.

¿Quién es Miguel? Es “¿Quién como Dios?” Es aquel de quien escribe Daniel: “El gran príncipe, que vela sobre los hijos de tu pueblo” (Dan 12, 1). León XIII clama al Gran Príncipe que salve a la Iglesia de manos de su enemigo satánico, personificado en el pensamiento gnóstico encarnado en las logias.

El 29 de septiembre, fiesta de los Santos Arcángeles, la Oficina de Prensa vaticana informó de que el Santo Padre “ha decidido invitar a todos los fieles de todo el mundo a rezar cada día el Santo Rosario durante todo el mes mariano de octubre y a unirse así en comunión y penitencia, como pueblo de Dios, para pedir a la Santa Madre de Dios y a San Miguel Arcángel que protejan a la Iglesia del diablo, que siempre pretende separarnos de Dios y entre nosotros”.

¿Quiénes son, en nuestros días, los enemigos contra los cuales invocamos la protección celestial? Nada se sabe hoy de la presencia masónica en la Iglesia, una vez que el magisterio dejó de ocuparse del asunto desde la muerte de León XIII en 1903 (salvo una breve precisión con la que el entonces prefecto de la Doctrina de la Fe, cardenal Ratzinger, quien escribía con el apoyo explícito del Papa Wojtyla, reafirmó la plena validez de las condenas pontificias).

¿Quiénes son hoy los enemigos que acechan a la Iglesia desde dentro? ¿Contra quién se debe clamar al cielo pidiendo ayuda? Vale la pena recordar que todos los autores del Nuevo Testamento ponen en guardia contra las doctrinas perversas que ciertamente se insinuarán en el interior del Pueblo de Dios.

Seleccionemos algunas advertencias:

-En su primera carta, Juan nos pone en guardia: "Habéis oído que iba a venir un Anticristo; pues bien, muchos anticristos han aparecido”, salieron de nosotros “pero no eran de los nuestros” (1 Jn 2, 18).

-Mateo escribe: "Guardaos de los falsos profetas, que vienen a vosotros con disfraces de ovejas, pero por dentro son lobos rapaces” (Mt 7, 15).

-En los Hechos de los Apóstoles, escribe Pablo: "De entre vosotros mismos se levantarán hombres que hablarán cosas perversas, para arrastrar a los discípulos detrás de sí” (Hech 20, 30).

-Pedro, en su segunda carta, advierte: "Habrá entre vosotros falsos maestros que introducirán herejías perniciosas y que, negando al Señor que los rescató, atraerán sobre sí una rápida destrucción. Muchos seguirán su libertinaje y, por causa de ellos, el camino de la verdad será difamado” (2 Pe 2, 1-2).

-Y concluyamos con Pablo, quien profetiza así en la segunda carta a Timoteo: “Vendrá un tiempo en que los hombres no soportarán la doctrina sana, sino que, arrastrados por su propias pasiones, se harán con un montón de maestros por el prurito de oír novedades” (2 Tim 4, 3).

La verdad os hará libres, dice Jesús. La verdad. La verdad revelada. Incluida la verdad revelada sobre el amor humano, el que une al hombre y a la mujer, llamados con su unión sacramental a participar en la obra creadora de Dios.

Hoy lo que se pone en discusión es la verdad sobre el cuerpo humano y sobre el uso que estamos llamados a hacer de él. En particular, parece haber desaparecido la conciencia de la gravedad del pecado contra natura. Sin embargo, sobre este aspecto la Biblia es clarísima, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento. Y toda la tradición con ellos.

Nos limitamos a citar dos textos:

-En Levítico 18, 22 se lee: “"No te acostarás con varón como con mujer; es abominación".

-Pablo, en la primera carta a los Corintios, escribe: “¿No sabéis que los injustos no heredarán el Reino de Dios? No os hagáis ilusiones: ni los inmorales, ni los idólatras, ni los adúlteros, ni los afeminados, ni los pervertidos… heredarán el Reino de Dios” (1 Cor 6, 9-10).

Hoy ciertamente son muchos, dentro y fuera de la Iglesia, laicos y eclesiáticos, teólogos, religiosos y obispos, los que ponen en duda la verdad revelada sobre la sexualidad. De esta manera se han separado de Dios e inevitablemente, sembrando cizaña, han confundido y dividido al pueblo de Dios.

Hace muy bien el Papa Francisco en llamar a la Iglesia, a toda la Iglesia, a la oración. El peligro es que se ponga entre paréntesis la doctrina, esto es, la verdad revelada, esto es, la condición que nos hace libres. Nuestra vida está en un gravísimo peligro y junto con nosotros está en peligro la vida de la sociedad entera.

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.

Traducción de Carmelo López-Arias.

Angela Pellicciari es historiadora y autora de La verdad sobre Lutero y Una historia de la Iglesia.

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