Lunes, 27 de junio de 2022

Religión en Libertad

La consagración a María para pertenecer a ella

Inmaculada Concepción.
El Corazón Inmaculado de María es la esperanza del mundo, tal como ella misma proclamó en Fátima. Imagen de la Inmaculada Concepción en la parroquia de Sant Pere Octavià en el monasterio de Sant Cugat del Vallès (Barcelona). Foto: Albert Cortina.

por Albert Cortina

Opinión

Preocupado por la grave situación en Ucrania y también en Rusia,  en estos tiempos de densa oscuridad para el mundo entero, siguen impactándome las vibrantes imágenes de aquel 25 de marzo de 1984, festividad de la Anunciación del Señor a la Virgen, cuando el Papa Juan Pablo II consagró el mundo al Corazón Inmaculado de María desde la plaza de San Pedro del Vaticano.

Con voz potente y solemne, San Juan Pablo II se dirigía a María con una oración que invito a los lectores a rezar en comunión y con confianza.

De este modo, recordando el mandato pronunciado por la Virgen en su tercera aparición en Fátima el año 1917 -poco antes del triunfo de la revolución bolchevique y de que Lenin se alzase como presidente de la Unión Soviética, promoviendo el ateísmo y el materialismo, base del marxismo teórico que  se expandió por todo el mundo-, el Santo Padre Juan Pablo II, en unión espiritual con los obispos del mundo, confió a todos los hombres y mujeres y a todos los pueblos al Inmaculado Corazón de María, aunque no pronunció explícitamente el nombre de Rusia, tal y como lo pidió la Virgen, posiblemente por motivos diplomáticos humanos y no naturales, ajenos totalmente a la voluntad del Papa.

La consagración secreta en el corazón de Moscú

Recientemente he sabido de un hecho coincidente que, al menos para mí, resultaba desconocido. Ese mismo día 25 de marzo de 1984, en el Kremlin, un obispo eslovaco enviado de Madre Teresa de Calcuta, después de celebrar clandestinamente la Santa Misa, consagraba secretamente Rusia al Corazón Inmaculado de María rezando una oración que escondía entre las páginas del diario soviético Pravda.

Parece ser que, en el mismo instante en que San Juan Pablo II consagraba el mundo a la Virgen, monseñor Pavel Hnilica -que había viajado a Moscú a petición de la Madre Teresa de Calcuta-, se unía a la consagración del Santo Padre en Roma poniendo de manifiesto la inclusión de Rusia en dicha consagración.

Madre Teresa, eslava como era, y habiendo vivido muy de cerca el comunismo, tenía un deseo inmenso de trabajar espiritualmente por la conversión de Rusia. Familiarizada con el mensaje de la Virgen de Fátima que nos expresa, con esperanza, que Rusia se convertiría si se consagraba a su Inmaculado Corazón y que finalmente este  triunfaría frente al mal, rezaba intensamente por esa intención. Por dicho motivo, Santa Teresa de Calcuta pidió a monseñor Hnilica que, al consagrar Rusia al Corazón Inmaculado de María, depositara una Medalla Milagrosa en el Kremlin. ¡Aquello resultaba una autentica osadía!

Monseñor Maasburg, que acompañó a monseñor Hnilica en ese viaje, relata los detalles de estos hechos en su libro La Madre Teresa de Calcuta: un retrato personal.

El autor del libro cuenta que según lo acordado, cuando el Santo Padre comenzó la ceremonia de consagración del mundo al Inmaculado Corazón de María el 25 de marzo, monseñor Hnilica, estando en el Kremlin como un simple turista, después de visitar la fortaleza, empezó a orar mientras buscaba un lugar oculto en el que colocar la Medalla Milagrosa que le había dado la Madre Teresa de Calcuta.

Finalmente decidió colocarla bajo el antiguo trono de piedra denominado Sitio del Patriarca que se encuentra en la catedral de la Asunción (también denominada de la Dormición de la Madre de Dios), y que era utilizado en las ceremonias religiosas en los tiempos del imperio de los zares. A su vez, rezó para que el Patriarca de Moscú pudiese volver a celebrar ritos religiosos en aquel lugar.

Cabe destacar que a la muerte de Primen I en 1990, Alexis II fue elegido como 15º Patriarca de Moscú y de todas las Rusias y por tanto, máximo líder de la iglesia ortodoxa rusa, meses antes de la disolución de la Unión Soviética el 8 de diciembre de 1991, festividad de la Inmaculada Concepción. En esa fecha tan significativa desde el punto de vista mariano, se firmó el Tratado de Belavezha por parte de los presidentes de las repúblicas soviéticas de Rusia, Ucrania y Bielorrusia y se reemplazó la URSS por una forma de unión voluntaria conocida como la Comunidad de Estados Independientes. Ese mismo año, el Patriarca Alexis II pudo celebrar de nuevo la liturgia solemne en la Catedral de la Asunción.

El autor del libro antes citado cuenta como monseñor Hnilica, estando solo y en la intimidad con Dios, se recogió y celebró la Santa Misa en secreto en la Catedral de la Asunción aquel 25 de marzo de 1984. Utilizó un pedazo de pan y un poco de vino que traía consigo y recitó la consagración de memoria. Era un acto significativo ya que se celebraba la Santa Misa en aquel lugar sagrado, después de 76 años sin haberse celebrado.

El mundo debía liberarse de sus ataduras y descubrir la verdadera libertad y así lo hizo, cuando cinco años después de la consagración del mundo efectuada por el Papa Juan Pablo II, el bloque del Este se vino abajo.

Sin embargo, a la vista de los terribles acontecimientos que estamos viviendo actualmente en Europa y en el resto del mundo, así como los sucesos que pueden irse desarrollando en las próximas semanas, cabe preguntarse si fue suficiente la consagración en la Plaza de San Pedro de Roma respecto a la conversión de Rusia y al inicio de un tiempo de paz para la humanidad, dado que para algunos expertos dicho acto de consagración resultó incompleto según el mandato de la Virgen de Fátima.

Por otro lado, estoy plenamente convencido de que aquella Medalla Milagrosa que la Madre Teresa de Calcuta quiso introducir en la URSS a través  de un  sencillo acto de consagración realizado con valentía por monseñor Hnilica, y que tuvo un gran valor espiritual al realizarse en la catedral de la Asunción de Moscú aquel 25 de marzo de 1984 simultáneamente al acto de consagración al mundo en Roma, se ha multiplicado en millones de reproducciones de dicha medalla durante estas décadas y ha derramado y sigue derramando sus gracias y bendiciones a los rusos, a los ucranianos y a todos los hombres y mujeres de buena voluntad que se han puesto bajo la protección de la Santísima Virgen María. Así lo he entendido hoy cuando he visto unas imágenes en televisión que mostraban a una madre ucraniana que huía junto a sus hijos de la guerra y que llevaba en su muñeca la Medalla Milagrosa.

Consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María

El Papa Francisco, ante el cariz tan grave que están tomando los acontecimientos en Ucrania, en Rusia y en el mundo entero, que podrían llevarnos a una Tercera Guerra Mundial, tiene prevista la consagración de Rusia y Ucrania al Inmaculado Corazón de María para el próximo 25 de marzo a las cinco de la tarde en la Basílica de San Pedro, coincidiendo con la fecha en la que el Papa Juan Pablo II consagró al mundo en 1984.

Simultáneamente, el mismo día y a la misma hora realizará  dicha consagración el cardenal Krajewski en Fátima como enviado especial del Santo Padre.

El 2 de marzo pasado, los obispos católicos de rito latino en Ucrania pidieron al obispo de Roma que consagrase públicamente a ambos países al Inmaculado Corazón de María. La duda era si Francisco realizaría dicha consagración tal y como lo pidió la Virgen en Fátima en 1917, es decir, en comunión espiritual con todos los obispos del mundo, o si dicho acto, que se realizará penitencialmente en tiempo de Cuaresma de este año 2022, llega demasiado tarde para que se realice de este modo.

No obstante, por lo que ha expresado recientemente el nuncio apostólico en los Estados Unidos, monseñor Christophe Pierre, el Papa Francisco tiene la intención de invitar por carta a todos los obispos del mundo, o equivalente en derecho, junto con sus sacerdotes,  a participar en este acto de consagración, si es posible, a la hora correspondiente a las 17:00 hora de Roma.

Cabe recordar que el Papa Francisco ya realizó una consagración del mundo a la protección de la Virgen de Fátima, que fue llevada a Roma desde su santuario en Portugal, ante unas cien mil personas presentes en la Plaza de San Pedro el 13 de octubre del año 2013. 

Soy todo tuyo, María: San Luis María Grignion de Montfort

El Papa Pío X, en su encíclica sobre la devoción a la Santísima Virgen de 2 de febrero de 1904 Ad Diem Illud Laetissimum en recuerdo de la declaración del dogma de la Inmaculada Concepción, ya nos ofreció una receta maravillosa para estos tiempos de gran tribulación: “No hay camino más seguro y más fácil que María para unir a todos los hombres con Cristo”.

Por otro lado,  Juan Pablo II declaro en varias ocasiones que la lectura del Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen María escrito por San Luis María  Grignion de Montfort fue decisiva en su vida. Una verificación de este hecho es que tomó como lema papal una expresión que aparece en el texto sobre la Consagración total a María. Método de los 33 días según San Luis María Grignion de Montfort: “Totus tuus ego sum et omnia mea tua sunt, Accipio te in mea omnia. Praebe mihi cor tuum María!” [“Soy todo tuyo y todo lo mío es tuyo. Te recibo como mi todo. ¡Dame tu corazón, oh María! Todo tuyo”].

Y es que en estas circunstancias tan dramáticas para la paz mundial y para la supervivencia de la fe en Nuestro Señor Jesucristo,  tanto en los tiempos presentes como en el mundo que se avecina, resulta más necesario que nunca realizar por primera vez o renovar la consagración mariana tanto personal, como de nuestras familias, parroquias, movimientos apostólicos y congregaciones religiosas.

Este sencillo y humilde gesto supone la total consagración a Jesús a través de la Santísima Virgen María y consiste en un acto libre y voluntario donde ofrecemos toda nuestra persona y nuestra vida, y nos entregamos por entero, en cuerpo y alma, a la Madre de Dios que es también Madre nuestra, para que a través de ella el Espíritu Santo nos transforme conforme a la imagen de Jesús.

Cuando María nos ve a cada uno de nosotros, sus hijos, nos mira con amor, anhelando el momento en el que libremente le digamos: “Madre, soy todo tuyo, te pertenezco, fórmame como lo hiciste con Jesús, protégeme del Maligno, llévame al Paraíso”.

Les invito pues a leer el libro Tratado de la verdadera devoción a la Santísima Virgen que me recomendaron la hermana Teresa María y la hermana Isabel en una reciente visita al Hogar de la Madre en Cantabria (España), conversando precisamente sobre la esperanza en el triunfo final del Inmaculado Corazón de María.

Y les pido que nos unamos a la fórmula de consagración mariana del Papa Juan Pablo II para que humildemente oremos por la paz en nuestro mundo y por el aumento de la fe, la esperanza y el amor en nuestros corazones.

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