Jueves, 23 de mayo de 2019

Religión en Libertad

La espera de María, según Don Tonino Bello


Tampoco podemos confundir la espera con una actitud pasiva y resignada, que inexorablemente conduce a la tristeza porque hemos perdido la esperanza. Y otra equivocación nuestra es limitarnos a acoger los cambios que se producen en nuestra vida y en el mundo. No es suficiente.

por Antonio R. Rubio Plo

Opinión

En la vieja Europa muchos creyentes tienen la tentación de pensar que su fe y su esperanza pertenecen a un tiempo pasado. Cuando la fe y la esperanza se debilitan, hay que pensar que el amor se ha debilitado desde hace mucho tiempo. Por eso necesitamos conocer el testimonio de personas que han vivido el cristianismo con una profunda alegría en su corazón, la alegría de experimentar al Señor muy cerca y sentirse interpelados al ir al encuentro de los hermanos dondequiera que estén.

Este es el caso de don Tonino Bello (1935-1993), obispo de Molfetta en la Apulia, no lejos de Bari, en una región italiana en que los bajos niveles de renta dan lugar a una población envejecida y obligan a los jóvenes a emigrar. Un destino eclesiástico, en apariencia, poco atractivo para un obispo, pero el campo ideal de trabajo de alguien que amaba de verdad a Dios y a los hombres. El pasado 20 de abril, el Papa Francisco se recogió unos minutos en oración ante la tumba de este obispo con fama de santidad. Un ejemplo de amor a los pobres, los de la pobreza material y los de la pobreza moral, y una interpelación del pontífice durante la homilía de la misa de aquel día: “La vida cristiana tiene que ser invertida en Jesús y gastada por los otros. Después de haber encontrado al Resucitado no se puede esperar, no se puede dejar para después, se necesita ir, salir, a pesar de todos los problemas e incertidumbres”.


 
Apenas existen libros de don Tonino traducidos al español, pero estoy seguro de que las editoriales se acordarán de él cuando lo veamos en los altares. Por de pronto, he tenido que leer a este santo obispo en el idioma original, lo que me ha permitido disfrutar de la profundidad de la poesía y musicalidad de su mensaje, lleno de entusiasmo y de amor por la vida, la Vida divina y la de los hombres, que resultan ser una misma cosa.

He descubierto a la vez que era un gran enamorado de la Virgen y le dedicó un libro, María, mujer de nuestros días, en el que los episodios de la vida de María se insertan en las realidades del presente. Para entenderlo de esta manera hay que estar muy lleno del Espíritu Santo, precisamente como María.

Un librito con un curioso título, La divinità dell’uomo, aparecido en el presente año, es el que he utilizado para leer algunos de los mejores textos de don Tonino. Su portada me llamó la atención, unos ojos en primer plano, los del obispo, con una profundidad en la mirada, que es difícil de olvidar. Pienso que así sería la mirada de Jesús, cuando dirigió sus ojos al joven rico, a Zaqueo, a la samaritana, a Pedro… Unos ojos que quieren amar y comprender. Así se entiende la divinidad del hombre del título: el amor, que tiene sus miradas concretas, es lo que nos hace semejantes a Dios.


 
Uno de los textos se refiere a la actitud de espera de la Virgen a lo largo de su vida. Los seres humanos nos pasamos la vida en espera, pero no necesariamente con esperanza. Por contraste, María es una mujer de espera y de esperanza nacida de la plena confianza en Dios: espera a su prometido José, el nacimiento de su Hijo, el milagro de las bodas de Caná, la resurrección, la venida del Espíritu Santo… La verdadera tristeza, apunta don Tonino, no consiste, por ejemplo, en pensar que nadie te espera cuando vuelves a casa, sino cuando no esperas nada más de la vida. Y sin embargo, la espera consiste en experimentar el gusto por vivir. El santo obispo asegura incluso que la santidad de una persona se mide por la dimensión de sus esperas.
 
Tenemos que recuperar el sentido de la espera de la mano de María. Pero tampoco podemos confundir la espera con una actitud pasiva y resignada, que inexorablemente conduce a la tristeza porque hemos perdido la esperanza. Y otra equivocación nuestra es limitarnos a acoger los cambios que se producen en nuestra vida y en el mundo. No es suficiente. La espera tiene que ser un signo de esperanza.
 
Don Tonino reza así a la Virgen de la espera: “Santa María, Virgen de la espera, danos de tu aceite porque nuestras lámparas se apagan… Vuelve a encender nuestras almas con los antiguos fervores que nos queman por dentro, cuando cualquier cosa bastaba para hacernos rebosar de alegría: la llegada de un amigo lejano, el rojo del atardecer después de una tormenta, el tañido de las campanas en un día de fiesta, la llegada de las golondrinas en primavera…”.

La cita no es completa, pero vale como toque de atención para invitarnos a recuperar el fervor del primer amor (Ap 1, 4). Cuando eso suceda, esperar, en ingeniosa expresión de don Tonino Bello, será el infinitivo del verbo amar.

Publicado en El Pilar (junio de 2018).
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