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The paradox man

The paradox manDIAKONIA

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El cristianismo es una paradoja. Los cristianos somos seguidores del hombre paradójico por excelencia. Perder para ganar. Morir para vivir. Bajar para subir. Ser el último para ser primero.

Todo en Jesús y su mensaje es aparentemente contradictorio. Contradictorio no, paradójico.

Porque no se trata de que los conceptos se anulen entre sí en un galimatías indescifrable, sino que se trata más bien de una consecución de elementos en el tiempo, de una causalidad. Porque soy capaz de aceptar la humillación, Dios me ensalzará más tarde. Porque renuncio a ciertos placeres terrenales primero, puedo disfrutar de la riqueza espiritual después. Porque primero perdono al que me ha ofendido, puedo después encontrar la paz. Es una causa-efecto. Una de las leyes físicas universales más incontestables.

No es, pues, un callejón sin salida o una paradoja sin sentido lo que propone Jesús, sino una apuesta confiada a que realizando la premisa número uno, Dios premiará con la premisa número dos. Por tanto: “Todo el que haya dejado casas, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o hijos o tierras por mi nombre, recibirá cien veces más, y heredará la vida eterna.” (Mt 19, 29) o “Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, la hallará” (Mt 16, 25) o “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados, y yo os daré descanso. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas; porque mi yugo es llevadero, y mi carga ligera.” (Mt 11, 28-30) o “Si el grano de trigo no cae en tierra y muere, queda él solo; pero si muere, produce mucho fruto” (Jn 12, 24) o “Así, los últimos serán primeros, y los primeros, últimos” (Mt 20, 16)

Es decir, que como en Babel, todo aquel que quiera subir hasta el cielo por medios materiales y con objetivos mundanos, experimentará, como mínimo, aquello de “Pues, ¿de qué le sirve a un hombre ganar el mundo entero si pierde su alma?” (Mt 8, 36)

La ciencia no es más que la investigación pormenorizada de Dios, porque descubre una y otra vez las leyes matemáticas que rigen el bello y ordenado universo. Topan constantemente con la inconmensurable maravilla del cosmos que no responde a capricho o azar sino a un perfecto orden de las cosas, que solo puede tener su origen en la perfección divina.

Por tanto, el mensaje de Jesús de Nazaret, que viene a dar sentido pleno a todas las enseñanzas acumuladas por el pueblo de Israel a lo largo de los siglos, en sus relaciones con el todopoderoso, no es una paradoja absurda y caprichosa, sino una ley causal a la que prestar mucha atención para comprender el universo en sí mismo y la vida del hombre.

Nacemos sin permiso, arrojados a este mundo (dasein) sin manual de instrucciones, pero con la sabiduría divina a nuestro alcance. Entramos en el laboratorio de la vida, condicionados por el lugar concreto, la cultura, el tiempo y la historia personal de cada uno, pero con las mismas posibilidades de experimentar estas leyes de la paradoja celestial. Es cuestión de atreverse a ponerlas en práctica o desecharlas como se desecha una vieja película que ya se ha visto y está pasada de moda. Si el mensaje cristiano está obsoleto, las leyes causales que conllevan también están superadas, con lo cual, no hagamos ni caso y busquemos nuevos horizontes para la humanidad y para nuestra propia vida. Este es el pensamiento de la filosofía antropocéntrica de los últimos siglos, enraizado en el pecado original, que nos han llevado hasta hoy. El cristianismo es una paradoja sin sentido que ya está superado y no puede aportar nada nuevo al hombre hiper tecnológico actual. Un hombre materialista y pragmático que no le renta perder el tiempo en asuntos espirituales enrevesados y prefiere perderlo pasando pantallas en su propia soledad.

La aventura que nos propone una vez más el nazareno al nacer en la carne, es atrevernos conscientemente a descubrir y poner en práctica las paradójicas leyes divinas de su Padre. No desde un esfuerzo irracional y suprahumano, sino desde la experiencia íntima de la fuerza de su espíritu que habita en nosotros.

Jesús fue el hombre paradójico. Si nos atrevemos a descubrir el misterio de su mensaje seremos paradójicamente como dioses. Si no, seremos hombres y mujeres sensatamente mediocres. O lo que es peor, cristianos de nombre que vivimos como paganos. Y se cumplirá en nuestra carne la paradoja final: “No todo el que me dice: “Señor, Señor”, entrará en el reino de los cielos, sino solo el que hace la voluntad de mi Padre que está en el cielo” (Mt 7, 21)

Jesús es el hombre de las paradojas. Pero de las paradojas causales, no de los laberintos indescifrables. Cuando no le entendemos es porque, en realidad, no queremos entenderle.

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