Lunes, 25 de octubre de 2021

Religión en Libertad

Hombre y mujer, diferentes

Un hombre y una mujer junto a la costa.
Aunque con una humanidad común, el hombre y la mujer tienen diferencias por naturaleza: no todas son convenciones socioculturales. Foto (contextual): Joel Mott / Unsplash.

La ideología de género defiende que el papel (rol) de hombre y mujer son construcciones sociales, simples asignaciones socioculturales; por lo mismo, con la posibilidad, de cambiar. Sobre esta idea, sus defensores, piensan apoyar la arquitectura de su doctrina. Es, pues, necesario que nos paremos a considerar la falta de fundamento de dicha afirmación. De este modo, podremos desmontar la falta de auténticas razones.

Razón del tema

Sabemos de antemano que se negarán a aceptar las pruebas más evidentes. Pero quienes estén abiertos a la verdad y no sean de “pensamiento único”, como se suele decir, estamos seguros que verán la sinrazón de sus razones.

Pienso que el tema merece al menos unas líneas; con el deseo de que sean clarificadoras.

Qué entendemos por papel social

El concepto de papel social o rol, término recibido del inglés, hoy de uso muy corriente en español, es algo que estamos usando todos continuamente en el lenguaje cotidiano. Decimos: esta joven está haciendo el papel de madre; ese está haciendo el papel de maestro; aquel el de secretario, etc. Al hablar de esta manera, todos entendemos lo que decimos: que esa joven está haciendo lo que se considera propio de la madre, ese otro hace las cosas que corresponden a un magistrado y aquel las un presidente de gobierno.

Así, pues, sin entrar en más disquisiciones terminológicas ni sociológicas, podemos decir que papel social es el conjunto de pautas de conducta referidas a una función social determinada, las acciones que se consideran propias de una profesión o estado. Un ejemplo: al padre, al maestro, al sacerdote, al director de una empresa se les atribuye y exige un modo de proceder, de comportarse; cada uno de ellos tiene asignado un papel o rol. Si no actúan como se exige y se espera de ellos, decimos que están fuera de su papel. Por el contrario, si obran como se exige y espera, decimos que cumplen con su papel o que están en su papel.

Papel social del hombre y de la mujer

Consideremos ahora el caso del hombre y de la mujer y veamos si tienen o no papeles diferentes, no sólo como construcciones sociales, sino derivados de su misma naturaleza diferenciada.

Parece claro que algunas de esas pautas de conducta o modos de obrar (papeles) que se atribuyen como propios, sobre todo de la mujer, vienen dados del marco sociocultural. Ahora bien, si consideramos las cosas sin prejuicios, se impone afirmar que hay también otros papeles que provienen de la naturaleza propia del hombre o de la mujer.

De momento, como ilustración veamos cómo hay papeles provenientes de la naturaleza de las cosas. Pongamos la mirada en el sacerdote. Con los tiempos, ha cambiado su modo de decir la misa, de vestir y relacionarse, pero, a la vez, tiene una serie de pautas de conducta irrenunciables por ser nacidas de la naturaleza del sacerdocio tal cual Cristo y su Iglesia lo conciben. Lo mismo se puede decir de casos similares como el juez, el presidente de gobierno, etc.

En estos casos o similares es fácil que no se encuentre demasiada dificultad en admitir que hay papeles nacidos de la naturaleza.

El problema surge cuando, en nuestros días, esto lo aplicamos referido a la mujer en cuanto mujer. Ahora bien, si eso se dice con verdad de algo accidental al ser humano como es una profesión, con mayor razón se dirá de algo tan esencial como es ser hombre o mujer. Por más que en la ideología de género intenten negar la misma “esencia” de hombre o mujer.

Papeles de la mujer derivados de su condición de mujer

La condición de mujer, y con ella las diferencias con el hombre, son algo que salta a la vista. Si atendemos a su manifestación externa corporal, nos encontramos inmediatamente con una expresión claramente diferenciada en caderas, pechos, bello, piel, peso, estatura, rasgos más suaves, más grácil en sus gestos y movimientos. Con un aparato genital totalmente diferenciado y con un sentido claro de finalidad, irrefutable en el caso de la matriz. Diferencias que, si damos unos pasos hacia el interior, nos presentan sus ritmos temporales, especialmente el ciclo menstrual y su sistema hormonal. Adviértase lo referido a la testosterona, una hormona “androgénica” que se produce en los testículos y es propia del sexo masculino, pues aunque también las mujeres la generan es en una cantidad mucho menor. Esta hormona es responsable del crecimiento muscular, reguladora del apetito sexual y otras varias cuestiones relacionadas. Lo cierto es que un aumento de su nivel en la mujer puede causar características masculinas. Y para terminar, cada célula del hombre tiene un cromosoma Y y otro X, mientras cada célula de la mujer tiene dos cromosomas X; hombre YX, mujer XX. Por si no fuera suficiente, los científicos nos advierten de la diferente estructura de cerebro; de donde, como hace evidente la experiencia cotidiana y comprueba la ciencia, su psicología diferenciada.

Ahora bien, esta diferencia tan extensa y profunda, imposible de negar, ¿no ha de tener repercusión diferenciada en el comportamiento? Su “modo de ser”, mujer y no varón, si no forzamos o torcemos su naturaleza, le hará actuar como mujer, de modo diferenciado al hombre.

El hecho es que existe una diferencia sexual y, además, sexuada, como diría Julián Marías. No existe el ser humano “sin más”, sino ser humano hombre y ser humano mujer. Una humanitas que se expresa en hombres y mujeres. Y esta realidad conlleva pautas de conducta o modos de obrar diferenciados, propios y peculiares del hombre y de la mujer, papeles diversificados entre uno y otro sexo.

Si todo fuera imposición social, ¿cómo es posible que en todas las sociedades conocidas se dé esa diversificación de papeles entre hombre y mujer, que, por otra parte, coinciden en lo esencial? ¿Cuándo y cómo se han puesto de acuerdo?

Los mismos animales, especialmente los más evolucionados, tienen papeles claramente diferenciados según el sexo. En el cuidado de las crías, en la aportación de los alimentos, en su tendencia natural heterosexual, y en muchos más casos que pueden aportarnos los biólogos. ¿También aquí ha habido egoísmo por parte de los machos y los ha llevado a imponer pautas de conducta, papeles diferenciados a las hembras?

Diferencia en cuanto al sexo e igualdad como personas

Pero nunca debemos olvidar que la realidad sexual y sexuada masculina y femenina con sus correspondientes papeles no conlleva inferioridad o superioridad de un sexo sobre otro, Se trata de una diferencia “de orientación y sentido, de carácter proyectivo”· Estamos ante una humanitas común, pero con estructura diferenciada.

Y, desde esa igualdad, se ha de exigir y hacer realidad que la mujer tenga los mismos derechos que el hombre; no solamente sobre el papel, que también, sino, además y sobre todo, de hecho y en la vida. Es hora de reconocerle idénticas capacidades, posibilidad de desarrollarlas y de actuarlas; siempre con modulación femenina. La mujer debe tener los medios para que pueda aspirar, en igualdad de condiciones que el hombre, a los mismos puestos de decisión tanto en lo social como en lo político y lo económico. La valoración ha de estar en orden a las capacidades y cualidades. Y, por supuesto, a igual trabajo, igual retribución. Sin que sea óbice ni su condición femenina, ni el matrimonio como posibilidad o como hecho con sus naturales secuencias. La maternidad no debe convertirse en un impedimento, pues nadie aporta más que quien trae nuevos miembros a la sociedad. De aquí la obligación del Estado de arbitrar las medidas necesarias.

Esta igualdad no va en contra de la diferencia; estamos ante dos aspectos totalmente diferentes: igualdad en cuanto humanitas y diferencia en cuanto humanitas masculina o femenina. El igualitarismo de papeles entre hombres y mujeres no parte, pues, de una exigencia natural, sino de un determinado planteamiento ideológico de feminismo radical. Y digo radical, porque un feminismo reivindicativo de la igualdad jurídica, social y cuanto comporta de superación de la discriminación negativa, no solamente es algo lógico y lícito, sino una obligación de todos.

No se trata de volver al pasado

Con el planteamiento que hacemos, no tratamos de volver sin más la vista atrás. A ese atrás de situaciones en las que la mujer no gozaba en plenitud de sus justos derechos. Si bien hay que advertir que muchas de las situaciones que adjetivamos de injustas eran situaciones derivadas de circunstancias como el trabajo y el entorno rural, y, sobre todo, de una legislación anticuada. Por otra parte, en gran parte de España, sobre todo de la España rural, podemos decir que existía un verdadero matriarcado; la mujer se dedicaba a los trabajos del hogar y gobernaba la casa con entera libertad, mientras el varón se dedicaba a su trabajo. Cuando había algún asunto extraordinario, lo resolvían en mutuo diálogo. Los varones estaban felices de no tener que preocuparse más que de su trabajo. Cuando había algún caso con diferente modo de proceder, era considerado anormal y el esposo no tenía buena consideración.

Libertad de opciones

Si avanzamos en un camino de libertad, toda mujer debe tener las puertas abiertas para poder optar entre: a) dedicarse por entero a cuanto exige la maternidad y vida doméstica; b) compaginar maternidad y vida profesional; c) renunciar a la maternidad en razón de una dedicación plena a una profesión o en aras de cualquier otro fin razonable.

Todos los caminos deben estar abiertos y sin condicionantes sociales que obliguen a uno en concreto.

Maternidad y hogar

La que opta en exclusiva por la maternidad y la vida doméstica opta por algo muy importante para ella y para la sociedad. Lo de “profesión, sus labores” como algo negativo debe quedar desterrado para siempre, porque no es justo ni conveniente, porque va contra la libertad, contra la igualdad y contra muchas otras más cosas. Hoy, que se habla tanto de realizarse, debemos reflexionar sobre los siguientes interrogantes: ¿de verdad se realiza mejor una mujer cuidando niños o ancianos ajenos, asistiendo, de un modo u otro, a enfermos sin vínculo familiar alguno, sólo en razón de un salario? ¿Mejor que asistiendo a sus padres ancianos, a “sus” enfermos, mientras atiende al cuidado de todo cuanto exige el bien del hogar? ¿Mejor trabajando en una fábrica, en una oficina, o en una profesión liberal? ¿Mejor que dando a luz unos hijos y haciendo que se desarrollen en la totalidad de su persona? Por favor, seamos sensatos. Estamos ante una gran vocación. Por supuesto, nada fácil. La sociedad depende en gran manera de estas mujeres. Su corazón, su cabeza y sus manos modelan la persona en los momento más decisivos de la vida. A la vez, con el calor de madre y esposa, cuidan de la vida familiar; que no es cualquier cosa.

Ante la situación presente se impone poner en valor este status. De modo que mujeres de toda condición y formación puedan optar por este modo de vida. El Estado extremará su estima y arbitrará las medidas legales oportunas para que sea una opción en libertad y no condicionada.

Con frecuencia se ha repetido que era necesario que la mujer participara en la vida laboral (fuera del hogar y asalariada, se entiende). Y yo pregunto: ¿acaso no trabajan las que dedican su vida al hogar y en él a cuidar de sus hijos y de su familia en todo lo que necesitan y pueden? Lo cierto es que, si una mujer deja el hogar, aunque sea parcialmente, de inmediato surge la necesidad de suplir el vacío, no con una sino con varias personas “asalariadas”. ¡Es evidente que su trabajo produce mucho! Debe hacernos pensar.

Estoy seguro que antes o después surgirá la necesidad de plantearse la situación laboral de las mujeres dedicadas al hogar.

Trabajo fuera del hogar y maternidad

De la misma manera, está en su libertad y es muy razonable que haya mujeres que quieran compaginar la maternidad con una profesión o cualquier trabajo fuera de casa. Algo que, hoy día, al menos en España, resulta harto difícil. Pero esta opción, en estas circunstancias, conlleva el deterioro de muchas cosas, entre otras el de la propia mujer y la disminución de la natalidad. Para que sea, pues, una opción normal, es imprescindible que el Estado arbitre una legislación laboral adecuada. Entre otras muchas cosas, es necesario conseguir la remoción de cualquier impedimento tanto por la posibilidad de optar a la maternidad, cuanto por el hecho y cuanto conlleva. Esta coacción es en extremo vergonzosa. El egoísmo ciega la fuente de mano de obra.

La baja natalidad es un problema al que algunos Estados, el nuestro por ejemplo, dan la impresión de cerrar los ojos. ¿Quizás con la pretensión de solucionarlo con la inmigración? Si bien no es éste el momento de tratar el tema, debe quedar claro que es un grave error.

Entrega a una profesión u objetivo razonable con renuncia a la maternidad

Asimismo, habrá mujeres que, en uso de su libre voluntad, prefieran renunciar a la maternidad para entregarse con mayor dedicación a una profesión o en razón de cualquier otro objetivo respetable. Y, si son auténticas mujeres, tengamos la seguridad de que, de un modo u otro, siempre sabrán ser madres, porque la condición de mujer transpira maternidad desde la última célula de su cuerpo, mente y corazón. El máximo respeto y consideración también para ellas. Sin que se pueda argüir en su contra eso de que no contribuyen al bien social con su maternidad. Debemos pensar que las que renuncien por una razón digna de consideración siempre serán una minoría, y, por otra, que su determinación viene a ser necesaria para que, con mayor libertad, cubran importantes objetivos en la sociedad.

No se trata, pues, repetimos, de volver a tiempos pasados. Lejos de nosotros esta idea. Algo imposible, por otra parte. Pero, aunque fuera posible, en aras de la justicia y el bien de todos, tendríamos que decir que no. De lo que se trata es de aceptar realidades naturales y, a la vez, corregir injusticias y mirar adelante.

Hay que recuperar papeles perdidos

Después de lo dicho hasta el momento, con el respeto de los que puedan pensar lo contrario, creo necesario afirmar que necesitamos recobrar papeles hoy devaluados. Pues, al tratarse de papeles naturales, siguen siendo necesarios. Si se desprecian u olvidan, las personas individualmente consideradas, y con ellas la sociedad, sufren un serio deterioro. Mucho más grave de lo que puede aparecer a la vista en un corto periodo histórico.

Primero, el papel de la maternidad, tan natural y, a la vez, tan devaluado; hasta rechazado por algunas ideologías radicales. Es de suma importancia. Así lo reconocen hoy algunos Estados que hasta hace poco andaban por otros caminos

Segundo, el papel de la madre y la esposa en el hogar, con todo lo que esto supone. Con ello no pretendemos “condenar” a la mujer a las cuatro paredes del hogar, sino valorar en su verdadera medida este papel y exigir las medidas necesarias para que sea una opción no sólo respetable, sino laudable y encomiable, que se desarrolle en condiciones humanas. Un Estado con mirada clara y perspectiva de futuro no debe parar hasta conseguir que se convierta en una elección libre y no condicionada.

Si queremos una sociedad bien estructurada, son papeles que se deben recuperar. Está en juego el natural desarrollo la familia y, con ella, el individuo y la sociedad.

Por fin, y sin que se trate de número cerrado, no quiero olvidar la necesidad de volver a valorar la feminidad en cuanto modo de ser diferente y complementario del hombre. Es un bien para la mujer, para el hombre y para la sociedad. Una sociedad únicamente con modulaciones de varón es una anormalidad; es una sociedad sin contraste; es una sociedad tosca; es una sociedad fea; es una sociedad absurda; es una sociedad, y con ello está dicho todo, antinatural.

Ya sé que muchos están en contra de estas ideas. Pues bien, a cuantos están en ese lado, sólo les diré que reflexionen y vean a dónde conducen sus caminos. ¿La sociedad actual nos ha deparado un modo de vida más humano, más libre, más rico en humanidad que otras anteriores? Si los hijos no respetan a los padres ni los padres responden de sus hijos como padres y los esposos llegan a odiarse hasta la muerte; si el amor se ha convertido en un juego que termina en muchas lágrimas; si la extorsión, el nepotismo, el abuso de poder, la corrupción son maneras de comportamiento muy extendido, ¿se puede hablar de una sociedad mejor, más digna y gratificante, más humana?

Una llamada de atención a los padres: deben estar muy atentos a la formación que reciben sus hijos en el aspecto del tema planteado y sus derivaciones. Puede conducir a situaciones muy lamentables.

Conclusión

Soy consciente de que cuanto digo en el presente escrito está en contra de “lo políticamente correcto”. Pero yo no soy político ni mi posición busca votos.

Lo hago porque quiero poner en evidencia la falta de sentido de las afirmaciones de la ideología de género.

Lo hago porque esas ideas ponen en tela de juicio, van en contra de instituciones como el matrimonio y la familia (tradicional dirán ellos); contra la natalidad y el sentido correcto del sexo; contra la misma mujer; contra la libertad de los padres “para que sus hijos reciban la formación religiosa y moral que esté de acuerdo con sus propias convicciones”.

Lo hago para que caigamos en la cuenta de que este no es el camino para la “liberación” de la mujer.

Lo hago para que la gente sencilla se de cuenta de lo que se trata y de lo que hay detrás de esos circunloquios con los que pretenden ocultar la realidad.

No se me oculta que remo contra las ideas que se mantienen y difunden desde organismos internacionales y supranacionales, desde la mayor parte de los Estados desarrollados y las formaciones políticas de izquierdas y, de hecho, varias que se suponen de derechas, desde grupos “feministas” que se manifiestan en multitud por las calles y desde otras entidades menores.

Con todo, por más que parezca lo contrario, no son mayoría ni muchísimo menos. Las masas que salen a la calle en defensa de esas ideas no son comparables con las que callan y sufren, porque no se sienten representadas. Eso sí, son los que dirigen el mundo.

Pero aunque fueran mayoría sigue siendo verdad la afirmación del gran pensador francés Henri de Lubac en El drama del humanismo ateo: “La verdad no tiene nada que ver con el número de personas a las que se persuade”. Los muchos no siempre llevan razón.

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