Martes, 17 de septiembre de 2019

Religión en Libertad

Caffarra, una presencia imponente y humilde


Asumió la responsabilidad de convertirse en el más limpio defensor de la doctrina católica sobre la familia y de denunciar todos los equívocos y traiciones que se perpetraban en el llamado mundo católico contra la gran tradición de la familia cristiana.

por Monseñor Luigi Negri

Opinión

El cardenal Carlo Caffarra ha sido en la vida de la Iglesia italiana, y por consiguiente en mi vida, una presencia imponente, gigantesca, pero que se expresaba en la absoluta normalidad. Era una grandeza humilde, una humildad hecha de fe: la fe que había heredado de sus padres y del sano pueblo lombardo en el que había nacido y al que honró toda su vida asumiendo incluso las actitudes más inmediatamente propias del pueblo al que encarnaba. Una fe limpia y profunda, una fe que había sabido evolucionar de forma crítica y sistemática a través de largos y productivos estudios que abarcaron varios campos de la teología, pero sobre todo de la teología moral.
 
Desde los primeros momentos supo enseñar con una gran profundidad y al mismo tiempo con una gran simplicidad. Le recuerdo (yo como joven estudiante de la Universidad Católica del Sacro Cuore de Milán y él como joven profesor de introducción a la teología moral) desplegando en sus clases las directrices éticas de la vida cristiana, las grandes directrices de inteligencia y de diálogo que nos permitían luego a nosotros estar preparados (justo por la enseñanza que habíamos recibido) a la confrontación activa con el mundo que nos rodeaba, incluso el más alejado de la fe o directamente hostil a la fe.
 
Formó generaciones enteras de cristianos y de sacerdotes en la grandeza de su inteligencia de la fe y en su capacidad de comunicación. Vivió para que ese pueblo de cristianos que había formado recuperase un sentido cada vez más profundo de su propia identidad y por tanto el ímpetu de su propia responsabilidad misionera.
 
Subió todos los peldaños de una extraordinaria –podría decirse- carrera eclesiástica, que le llevaron desde la dirección del Instituto Juan Pablo II para los Estudios sobre el Matrimonio y la Familia hasta su feliz paso por el episcopado de Ferrara, donde fue mi inolvidable predecesor, y a la grandeza de la fatiga del episcopado boloñés, un episcopado marcado por una decidida voluntad de hacer cada vez más viva la pertenencia a la Iglesia, y dicha pertenencia cada vez más capaz de convertirse en misión. Allí experimentó el enfrentamiento, duro en ocasiones, con la mentalidad laicista, que no le pasó ni una e incluso le pidió muchas veces que se disculpase públicamente por su sólida fidelidad a la tradición católica y a la cultura que nace de la fe.
 
Supo relacionarse con todos. Nadie recuerda al cardenal Caffarra como una presencia hostil, nadie le recuerda –ni siquiera sus mayores enemigos– como alguien con quien resultase difícil tratar. Le recuerdan como un hombre con personalidad, un hombre culto que justo por la fortaleza granítica de su fe era capaz de comunicar de forma cada vez más profunda y articulada el tesoro de la fe, de modo que esta realidad de la fe supiese salir al encuentro de forma significativa –tal vez polémica, pero siempre significativa– con el mundo que la rodea. Un mundo cuya tensión anticatólica comprendió con rara profundidad.
 
Ayudó a generaciones de católicos a descubrir las líneas de esta tendencia anticatólica, que se manifestó luego, en los últimos años de su episcopado boloñés, en la voluntad de marginar y excluir a la Iglesia y a la familia del ámbito de la vida social.
 
Entonces, cuando su edad avanzaba y sus fuerzas declinaban, asumió la responsabilidad de convertirse en el más limpio defensor de la doctrina católica sobre la familia y de denunciar todos los equívocos y traiciones que se perpetraban en el llamado mundo católico contra la gran tradición de la familia cristiana, fundamento de la vida de la Iglesia y de la sociedad. Con energía casi juvenil, en los últimos años consagró su existencia y su magisterio, y su presencia pública allí donde le llamasen, a defender el dogma cristiano de la familia.
 
Cuando posteriormente aparecieron nubes en la vida y en el gobierno de la Iglesia, ahora visibles para todos; y cuando descubrió que el magisterio no era propuesto (por quienes conducen) ni comprendido (por el pueblo) adecuadamente, según correspondía a las exigencias de su propia formación, con auténtico escándalo (el escándalo de su conciencia de sacerdote y de obispo formado con indiscutible adhesión al magisterio pontificio) asumió la responsabilidad de ser una presencia caritativamente crítica en la vida de la Iglesia, y de proponer al Papa los puntos dudosos que solo el Papa habría podido o podría resolver adecuadamente.
 
Creo que el cardenal Caffarra llevó con enorme dolor –silencioso y humilde, pero enorme dolor– la situación de agotamiento y de confusión en la Iglesia. Y creo que –como me confiaba su hermana cuando ayer por la tarde me acerqué a venerar su cuerpo– murió de este dolor de la Iglesia y por la Iglesia.
 
En nuestra vida eclesial y social permanecerá uno de los más firmes defensores de la verdad de la fe católica, de la verdad de los derechos de la Iglesia y del pueblo, el defensor de esa doctrina social de la Iglesia que es fundamento indiscutible para una evolución democrática de la vida social del país: de este país y de cualquier otro.

Luigi Negri es el arzobispo emérito de Ferrara-Comacchio.

Publicado en La Nuova Bussola Quotidiana.
Traducción de Carmelo López-Arias.
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