Lunes, 24 de enero de 2022

Religión en Libertad

Los conflictos matrimoniales y su superación

Un hombre y una mujer se abrazan.
Cuando las cosas se complican en un matrimonio, es bueno un gesto que indique que, aunque ahora haya enfado, el amor persistirá. Foto: Freestocks / Unsplash.

por Pedro Trevijano

Opinión

Existen tantas variedades de conflictos, y sus causas son tan difíciles de dilucidar para los interesados movidos por la pasión, que sólo podemos tener una cierta esperanza de entreverlas cuando consigamos convencer a los protagonistas de que expongan sus puntos de vista con mesura, al margen de la acritud y de la exaltación.

Hay algunos preceptos de validez casi general. El primero es que cuando un matrimonio va mal, excepcionalmente la culpa recae en uno solo. Generalmente, el comportamiento de uno en el interior de su familia se ve muy influido por el comportamiento de los demás. El gran cáncer de la vida matrimonial es el tedio o aburrimiento que hace que no se le encuentre sentido al hogar, que la unión de la pareja se debilite y que poco a poco desaparezca el amor para ser sustituido por la indiferencia o el resentimiento, y es que la vida matrimonial es mucho más que sexualidad genital o erotismo, ya que debe ser relación interpersonal. La propia relación sexual, cuando no es fruto del amor, separa. La importancia de la armonía de ambos en gustos, diversiones y trato social es grande. El amor funciona cuando sé abrirme y compartir con el otro.

El no hablar, especialmente de los asuntos realmente importantes, como pueden ser las cuestiones religiosas, políticas o educativas, es un gran mal en las parejas. Hay que saber escuchar al otro, lo que significa intentar entenderle, incluso en aquello que no expresa con sus palabras. En definitiva, lo que se intenta es restablecer el diálogo amoroso, pero también hay que hablar con el objetivo de poner fin al desencuentro, que con frecuencia tiene su origen en motivos insignificantes.

Toda vida matrimonial tiene sus roces y choques. La superación de estas crisis depende en buena parte del modo cómo son enfrentadas. Para ello en las discusiones hay que conservar la capacidad de escuchar al otro, sin alzar la voz, y tratar de evitar lo que pueda herir, sobre todo injustificada e innecesariamente, al otro. Si ambos lo desean y quieren sinceramente solucionarlas, e incluso a veces si uno solo lo intenta seriamente y no hay por medio una tercera persona, hay buenas esperanzas de arreglo.

Incluso en los matrimonios mejor avenidos hay enfrentamientos y diferencias. Los conflictos son inevitables, todos tenemos nuestro orgullo, no proviniendo la mayor parte de las dificultades para el entendimiento conyugal de una voluntad deliberada de hacer daño, sino de nuestra incapacidad de amor, perdón y comprensión. No es conveniente fingir sentimientos que en realidad no tenemos, pero el acto de amor es realizar algo dirigido al bien del otro.

Lo importante es intentar salvar el matrimonio. Para ello, hay que tener esa voluntad, reconocer con responsabilidad las propias equivocaciones, saber dar y recibir perdón, procurar no sacar a la luz la lista de agravios pasados y tratar de realizar lo que sabemos agrada al otro. En la vida cotidiana el amor debe dominar siempre y los esposos no deben terminar la jornada como enemigos: “Si os indignáis, no lleguéis a pecar, que la puesta del sol no os sorprenda en vuestro enojo” (Ef 4,26). Si ha habido un choque, aunque no se pidan perdón es conveniente que haya un gesto, un signo que diga: “Aunque ahora estamos reñidos, seguimos queriéndonos”. El problema se superará así mucho más fácilmente y el conflicto ha podido ser hasta positivo, porque de él surge un nuevo equilibrio, más adaptado a las circunstancias actuales y que además ha sido ocasión de aprendizaje mutuo, de cambio a mejor y de conversión.

Estas crisis, si se superan, refuerzan la unión, pero de ahondarse llevan al matrimonio al fracaso y este fracaso es el más doloroso de la vida humana, por sus consecuencias para los protagonistas y sus hijos, sin olvidar lo fácil que es que el amor que deja de existir se transforme en odio. Una familia que se desintegra es un grave mal para la sociedad en general, pero muy especialmente para sus componentes. Ante las familias en dificultad hemos de reavivar nuestra confianza en la misteriosa fuerza de la gracia divina que actúa en el matrimonio, colocándonos junto a las familias heridas, para compartir sus sufrimientos y para ayudarles a salir de su estado.

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