Lunes, 19 de agosto de 2019

Religión en Libertad

El anticristianismo fundamental del proyecto europeo


por Roland Hureaux

Opinión

Durante mucho tiempo, el proyecto europeo ha gozado, sobre todo en el mundo católico, de un aura favorable. En consecuencia, planeaba sobre quienes se oponían a él la sospecha de ser malos cristianos.

Un aura favorable: las Iglesias han tomado partido por el sí cada vez que ha habido referendos sobre el proyecto europeo (1992, 2005), creyendo expresar así la voz de la razón. Esto es verdad para la Conferencia de las Iglesias Europeas [114 confesiones protestantes, ortodoxas y anglicanas], pero también para la conferencia episcopal francesa. Y lo mismo vale para la prensa católica mayoritaria. En esta línea, el pasado 14 de mayo el Consejo de las Iglesias Cristianas en Francia [organismo ecuménico del que sí forma parte la Iglesia católica] publicó un comunicado llamando a sostener el proyecto europeo en las próximas elecciones.

Se invoca a los padres fundadores, los tres democristianos (y católicos): Adenauer, De Gasperi y Schuman. Y la bandera europea, grabada con doce estrellas de oro que evocan a la Virgen del Apocalipsis… De esta forma, un hombre como Charles de Gaulle, aunque católico practicante, resultaba ser un cristiano sospechoso por su oposición a Bruselas. Por las mismas razones, numerosos laicistas desconfiaban de la construcción europea.

Es evidente que quienes todavía se inspiran en esas ideas desfasadas no le han tomado aún la medida a la auténtica inversión de los signos que se ha producido en los últimos cuarenta años: todo es como si Bruselas se hubiese convertido, por el contrario, en el centro neurálgico del anticristianismo en Europa.

Durante mucho tiempo nos hemos contentado con decir que la Europa de los Seis [Alemania, Francia, Italia, Bélgica, Holanda y Luxemburgo] que salió el Tratado de Roma (un lugar significativo) estaba dominada por fuerzas católicas, y que la ampliación simplemente había acrecentado el peso del mundo protestante y anglosajón. Pero hoy la mutación ha sido mucho más lejos. Dan fe de ello el rechazo a incorporar las raíces cristianas de Europa en los textos constituyentes, la propaganda activa a favor de las evoluciones libertarias más desenfrenadas, tanto por parte de la Comisión Europea como del Parlamento Europeo, donde la mayoría social-demócrata y popular siempre está dispuesta a toda demagogia y todo hostigamiento contra los países que se les resisten.

Sin duda el momento clave de esa inversión fue el brutal rechazo a la candidatura de Rocco Buttiglione para el puesto de comisario europeo, en 2004 (rechazo que suscitó una corriente de desconfianza hacia las instituciones europeas en el seno de la Curia romana, hasta entonces favorable al proyecto europeo). Buttiglione no era, sin embargo, un ultra-reaccionario: próximo a Juan Pablo II, lo es hoy al Papa Francisco.

Romain Rochas, ex miembro del Tribunal de Cuentas Europeo, rompió con el europeísmo a la vista de su experiencia en las altas esferas de la Unión. Acaba de publicar Le libre noir de la construction européenne [El libro negro de la construcción europea], donde entre otras cosas desvela el profundo anticristianismo de las instituciones europeas.

Por si hiciese falta confirmarlo, ahí está la reciente reunión electoral que ha tenido lugar en Varsovia en presencia de Donald Tusk, presidente del Consejo Europeo, para apoyar la oposición europeísta contra el gobierno polaco. Sin que Tusk los desautorizase, se escucharon discursos de una grosería y de una violencia inimaginable contra la Iglesia católica, mucho más allá de todo lo que pudo decirse en Francia en tiempos de Combes [político rabiosamente anticlerical, presidente del Gobierno (1902-1905) durante la Tercera República].

Habría que extenderse mucho para profundizar en las razones de esta mutación de la idea europea hasta el punto de estar ahora asociada al más virulento anticristianismo. Pero es bastante claro que es inseparable de la deriva ideológica de la construcción europea. Lejos de ser un proyecto de cooperación natural entre países libres deseosos de trabajar juntos, sus partidarios conciben hoy el proyecto europeo como un proyecto mesiánico de supresión de las fronteras y de abolición del hecho nacional. No se trata solamente de una realidad política, sino de una revolución destinada a poner en tela de juicio esta realidad antropológica fundamental que es el hecho nacional.

La experiencia del siglo pasado demostró que la ideología, sea el comunismo o el socialismo nacional (llamado nazismo), siempre conduce a una hostilidad radical al hecho religioso, lo cual es lógico, dado que se presenta como una Iglesia de sustitución. ¿Cómo extrañarse de que suceda lo mismo con la tercera de las grandes utopías, la utopía mundialista, de la cual el proyecto europeo no es, según confesó el mismo Jean Monnet, sino una etapa? Emmanuel Todd ha mostrado cómo el compromiso europeo de las élites francesas es paralelo a su descristianización: poco a poco han cambiado la fe en el Dios único por la fe en la moneda única.

Ya es hora de que los creyentes que quedan en Francia y en Europa abran los ojos ante lo que no es solamente dar la espalda a las convicciones cristianas de los padres fundadores, sino una auténtica inversión de la relación entre el proyecto europeo y la civilización cristiana, para la cual aquél se ha convertido en una auténtica máquina de destrucción.

Publicado en Liberté Politique.

Roland Hureaux es un político gaullista francés.

Traducción de Carmelo López-Arias.

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