Miércoles, 19 de junio de 2019

Religión en Libertad

El casamismo


Autoboda, automatrimonio o sologamia. Cuando las sociedades llegan a la opulencia las gentes pierden los valores o la cabeza.

por Raúl Mayoral

Opinión

La enésima idiotez cometida en las sociedades opulentas es el casamismo, disparate perpetrado por una persona casándose consigo mismo. Autoboda, automatrimonio o sologamia. Cuando las sociedades llegan a la opulencia las gentes pierden los valores o la cabeza. La gansada del casamismo surge en Taiwán, pasa a Japón, Canadá, EE.UU., y llega a esta Europa actual, deprimente y sumida en una pantanosa amoralidad. España no le hace ascos. Majaderías así no se dan en el África hambrienta, el Asia de la miseria o la América de la necesidad. Estas mamarrachadas aparecen donde la espantosa soledad espiritual del hombre moderno provoca una precaria y torcida existencia individual desembocando en el egoísmo, la desesperación o la sandez, o sea, en la nada. Einstein certificó la existencia de dos cosas infinitas: el universo y la estupidez humana. Aumentan las personas con la cabeza como un cencerro. Una tropa de narcisistas, ególatras, necios y acomplejados que han sustituido a esa conmovedora y querida figura del tonto del pueblo, que deambulaba por nuestras plazas y calles.

Para Nietzsche, Dios no es más que el espejo del hombre. El hombre divide en dos esferas los aspectos de su propia naturaleza: el aspecto ordinario, piadoso y débil pertenecerá a la esfera del “hombre”. El aspecto raro, fuerte y sorprendente, a la esfera de lo que él llama “Dios”. Y privada del Dios en que se apoyaba ¿a quién se volverá la Humanidad en adelante? La soledad se ha hecho intolerable. Es preciso llenar el vacío: es la hora de los hombres superiores: del superhombre. "Hemos abolido el mundo de la verdad. Nada hay de verdadero", proclamaba Nietzsche. Y concluía apocalípticamente: "En breve, llegará el nihilismo. El hombre está literalmente disuelto. No hay hombre porque no hay nada que trascienda al hombre". El nuevo totalitarismo es de seda, de luxe, sin gulags ni lager.

Es el antojo del yo. La autosuficiencia del yo convertida en supremacía y sin entrega al prójimo. El eclipse de Dios, según Martín Buber. De diecisiete miembros del nuevo Gobierno, ni uno solo acepta su cargo en presencia del crucifijo o la Biblia. En ninguno quedan resortes o mecanismos de la fe. Ninguno debió tener un abuelo niño de los Luises o afiliado a las HOAC. Ni una abuela de comunión diaria que le enseñara a rezar. Sin consideración alguna hacia el voto católico, ni siquiera por tactismo electoral, este Gobierno nos supone ciudadanos de segunda.

Primero, la marea anticlerical anegó la presencia del sacerdote; la nihilista borra ahora la de uno de los contrayentes. Aplicando la idea orteguiana Yo soy yo y mi circunstancia, quien se casa consigo mismo será yo y mi boda, yo y mi vals, yo y mi noche de bodas (imagínense, solitario él, solitaria ella), yo y mi luna de miel, yo y mi factura del casamiento, sin pagar a pachas, aunque con la ventaja económica que suponen los invitados solo de uno mismo. Un consuelo para el propio bolsillo. Pura ganancia material.

Publicado en El Imparcial.

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