Viernes, 14 de mayo de 2021

Religión en Libertad

Un obispo importante


Si Charles Chaput no encarna las cualidades espirituales y pastorales que el Papa afirma valorar en los obispos, es que nadie lo hace.

por George Weigel

Opinión

Cuando conocí a Charles J. Chaput, O.F.M. Cap., hace más de veinte años, me llamaron la atención su aspecto juvenil, su exquisita cortesía y su fe roqueña. Chaput, luego obispo de Rapid City (Dakota del Sur), una diócesis que incluye varias reservas indias, estaba obviamente orgulloso de su herencia Potawatomi sin, por así decirlo, hacer bandera de sus raíces. Es más: su impactante modestia y su amabilidad personal eran modelo de la vocación franciscana que había abrazado. He aquí, pensé, un verdadero pastor que hace honor a su lema episcopal: Como Cristo amó a la Iglesia.

 
Charles Chaput, de 72 años, ha sido obispo de Rapid City (19881997) y arzobispo de Denver (1997-2011) y Filadelfia (desde 2011).

Era también un tipo muy divertido. No era asunto sencillo restar el servicio fulminante de quien era nuestro anfitrión aquella noche, el posteriormente monseñor Timothy Dolan, pero... Chaput jugó el partido retórico como un profesional.
 
Años después de aquel primer encuentro, fue nombrado arzobispo de Denver. Y durante los catorce años siguientes contemplé con admiración cómo el arzobispo Chaput dirigía la que se convirtió, en opinión de mucha  gente, en la primera diócesis de Nueva Evangelización del país. Siempre estaba al pie del cañón. Pero gobernaba la diócesis en forma genuinamente colegial, que es una de las razones por las cuales se llevó a Denver a tantos colaboradores laicos altamente cualificados. Nadie que le conociese dudó nunca de que pasaría el resto de su vida en la Ciudad de una Milla de Altitud [Mile High City: la altitud oficial de Denver es exactamente una milla, 1609 metros].

Sin embargo, en 2011 la archidiócesis de Filadelfia se encontraba en graves problemas, y el arzobispo Chaput aceptó la poco envidiable tarea de arreglar lo que se había convertido en un lío muy serio: financiero y en otros aspectos. Aceptar ese traslado fue un acto de fidelidad y valentía por parte de un hombre que amaba su trabajo diario y tenía un nulo interés en lo que pudo considerarse en otros tiempos un “ascenso”. Pero cuando Benedicto XVI le pidió hacerlo, Chaput dijo que sí. Creí entonces, y creo ahora, que quizá ningún otro obispo en todo el país podría haberle dado la vuelta a la situación de Filadelfia como hizo el arzobispo Chaput. El gran éxito de la visita del Papa Francisco a Philly [abreviatura cariñosa de Philadelphia] en 2015 es mérito total de Chaput, aunque –típico en él– lo compartiera públicamente con otros.
  
Nada más concluir la visita papal, Chaput, quien había sido elegido por sus hermanos en el episcopado estadounidense para representarles en el sínodo de 2015, pasó casi un mes en Roma, donde el episcopado de todo el mundo reconoció enseguida sus cualidades. Tras escucharle y contemplar su trabajo como secretario de uno de los grupos de discusión del sínodo, el arzobispo Chaput obtuvo el mayor número de votos para el sínodo general entre los delegados sinodales norteamericanos, en una votación abierta que algunos graciosos compararon con los “caucus de Iowa” [primeras primarias republicanas y demócratas en la carrera por la nominación presidencial en Estados Unidos, consideradas un sondeo orientativo del resultado final]. Un cumplido significativo.
 
El arzobispo Chaput acaba de publicar su tercer libro, Strangers in a Strange Land: Living the Catholic Faith in a Post-Christian World [Extranjeros en tierra extraña: vivir la fe católica en un mundo postcristiano] (Henry Holt). Como cualquier persona sensata, Chaput sabe que Estados Unidos está atravesando un periodo de profunda turbulencia moral y cultural, una turbulencia que amenaza con disolver el experimento democrático estadounidense. A pesar de sus penetrantes análisis de por qué Estados Unidos ha llegado a esta época actual de insatisfacción, Strangers in a Strange Land es, en última instancia, un libro esperanzador: un punto que han obviado los reseñadores cuyo conocimiento del texto real parece más bien liviano.


 
Así, el arzobispo concluye con esta observación: “La Palabra de Dios da cuenta de la bondad de la Creación, del regalo que es la vida y del esplendor del ser humano. Ese esplendor implica un deber. Hemos nacido para la Ciudad de Dios. El camino a casa atraviesa la Ciudad del Hombre. Así que somos extranjeros en tierra extraña, sí. Pero lo que hacemos aquí es lo que marca la diferencia”.
 
Durante años me irritó la mezquina caricatura del arzobispo Charles Chaput como un guerrillero cultural hosco, estridentemente ortodoxo y rígido: una calumnia muy bien acogida y difundida en ciertos círculos de la opinión publicada católica. Pero he dejado de enfadarme con las pobres gentes que continúan tratando al arzobispo Chaput como un pim-pam-pum ideológico o que le desprecian como un obispo pre-Francisco. Más bien me dan pena. Si Charles Chaput no encarna las cualidades espirituales y pastorales que el Papa afirma valorar en los obispos, es que nadie lo hace. Quienes aquí o allá sigan olvidando esa verdad merecen lástima por no haber sabido apreciar a un ser humano admirable, un hombre de Dios y un gran hombre de Iglesia.

Publicado en First Things.
Traducción de Carmelo López-Arias.
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