Martes, 24 de noviembre de 2020

Religión en Libertad

Del pudor a la misericordia


El pudor se convierte en una necesidad. Se trata de protegerse de la mirada del otro, o más exactamente, de ayudar al otro a no quedarse en la apariencia.

por Monseñor Olivier de Germay

Opinión

"Se exige ropa apropiada", leemos en ocasiones a la entrada de las tiendas en primera línea de playa. Pero ¿por qué no se puede ir de compras en traje de baño? ¿No es este tipo de prohibiciones propio de otra época?

En efecto, el pudor se remonta a muy lejos... puesto que nos viene de Adán y Eva. La primera consecuencia de su célebre desobediencia fue que "entonces se les abrieron los ojos y ambos se dieron cuenta de que estaban desnudos" (Gén 3, 7). El pecado rompió la armonía que existía entre el hombre y la mujer. A partir de entonces la mirada de uno sobre el otro está distorsionada, o mejor dicho, es parcial. Antes del pecado original, al mirar a su mujer desnuda Adán veía a una persona: ahora ve un cuerpo "deseable"... como el fruto prohibido.

El pudor se convierte entonces en una necesidad. Se trata de protegerse de la mirada del otro, o más exactamente, de ayudar al otro a no quedarse en la apariencia. Por eso, aunque con variantes según las culturas, el pudor es una experiencia universal. Velar lo íntimo es una invitación a ir más allá de los visible. Pone las condiciones para una relación menos superficial, en la cual cada uno podrá desvelar libremente su interioridad a medida que crezca la confianza.

El cuerpo no visible puede remitir al misterio invisible de la persona, que no puede ser reducida a objeto. Por el contrario, el cuerpo demasiado visible o demasiado sugerente capta y cautiva la mirada del otro, impidiéndole el acceso a la interioridad.

Paradójicamente, al desnudar su cuerpo el impúdico enmascara su alma. Se comprende entonces por qué "Dios hizo para el hombre y su mujer unos vestidos de piel y con ellos los vistió" (Gén 3, 21).

Al  cubrir los cuerpos de Adán y Eva, Dios anuncia su misericordia. En la Biblia, en efecto, Dios hace algo más que cubrir los cuerpos, cubre también las faltas. Es interesante resaltar, como hace Anne Lécu en su libro Tu as couvert ma honte [Cubriste mi vergüenza], que en la expresión del día del Gran Perdón (Yom Kipur), la palabra "perdón [Kipur]" viene de un verbo hebreo, "Kapar", que significa literalmente "cubrir". Dios cubre nuestras faltas, no en el sentido de que cierre los ojos ante nuestros pecados, sino en el sentido de que va más allá de ellos. Dios ve más en lo profundo, reconoce en nosotros un ser creado a su imagen y destinado a vivir con Él. El pecado desvela nuestra miseria, nos desnuda y nos hace vulnerables, pero Dios, en su misericordia, no explota esa vulnerabilidad, sino que cubre nuestro pecado.

En este año jubilar en el que nos esforzamos por ser "misericordiosos como el Padre", podríamos pedir la gracia de saber cubrir las faltas de nuestros hermanos. El Sembrador de División nos empuja a fijarnos en ellas, a amplificarlas, a olvidar la belleza interior de nuestros hermanos y, desgraciadamente también, con frecuencia, a divulgarlas. Acojamos pues esta advertencia del libro de los Proverbios: "El que disimula una ofensa cultiva la amistad, volver sobre la cosa separa del amigo" (Pr 17, 9). Así el Señor podrá hacer misericordia con nosotros, porque "la caridad hace perdonar una multitud de pecados" (I Pe 4, 8).

Olivier de Germay es el obispo de Ajaccio (Córcega, Francia).
Publicado en la página web de la diócesis.
Traducción de Carmelo López-Arias.

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