Jueves, 22 de agosto de 2019

Religión en Libertad

La cristianísima «Cenicienta» de Kenneth Branagh


El director consigue contar este familiar cuento de hadas sin ironías, tramas hiperfeministas, insinuaciones marxistas, cinismo deconstructivo o desdén hacia la antigüedad. De esta forma, permite que emerja el carácter espiritual, específicamente cristiano, de la historia.

por Robert Barron

Opinión

Cenicienta, de Kenneth Branagh, es la más sorprendente película de Hollywood en lo que va de año. Lo digo porque el director consigue contar este familiar cuento de hadas sin ironías, tramas hiperfeministas, insinuaciones marxistas, cinismo deconstructivo o desdén hacia la antigüedad. De esta forma, permite que emerja el carácter espiritual, específicamente cristiano, de la historia. Supongo que a los oídos contemporáneos les choca que Cenicienta pueda ser una alegoría cristiana, pero tengamos presente que la mayor parte de los cuentos de hadas e historias para niños compilados por los Hermanos Grimm y luego adaptadas por Walt Disney hunden sus raíces en la cultura decididamente cristiana de la Baja Edad Media y la Europa de la primera modernidad.

En la historia de Branagh, Ella es la hija de unos padres maravillosos, que inducen en ella un entusiasta sentido de la virtud moral y de la alegría de vivir. La infancia idílica de la niña es interrumpida por la repentina enfermedad de su madre, quien en el lecho de muerte la compromete a ser siempre "amable y valiente". Luego su padre se vuelve a casar y trae a casa a vivir con él y con Ella a su nueva esposa y sus dos hijas.

Años después, el padre de Ella se ausenta para un largo viaje de negocios. Antes de irse, ella le pide que le envíe el primer cepillo con el que se peine durante el viaje. Semanas después, un sirviente llega con el cepillo en la mano y las terribles noticias de que el padre de Ella enfermó y murió.

Ahora completamente aislada, Ella se convierte en víctima de su perversa madrastra (interpretada por la siempre convincente Cate Blanchett) y sus odiosas hermanastras, que cometen con ella todo tipo de crueldades e injusticias. Incluso la expulsan de su habitación, obligándola a dormir junto a los rescoldos de la hoguera para no pasar frío. Las cenizas que la manchan dan pie al cruel mote que le imponen sus hermanastras. Es significativo que el gato de la familia adoptiva de Ella se llame Lucifer.

Así que he aquí que tenemos a una joven hermosa, vivaz y moralmente honesta cuya vida se convierte en una pesadilla por la intervención de una muerte prematura y una malvada opresión. Hasta tal extremo llega su pérdida de dignidad, que se ve a sí misma cubierta de porquería.

No hace falta mucha imaginación para ver esto como una alegoria de la caída de la raza humana. Dios nos creó bellos, realmente a su imagen y semejanza, pero por el pecado y las maquinaciones del demonio, caímos en desgracia y nuestra hermosura quedó escondida. En el lenguaje técnico de los teólogos, aunque conservábamos la imagen de Dios, habíamos perdido nuestra semejanza con Él.

Volviendo a la narración tradicional de Branagh de la historia, en cierta ocasión, cabalgando por el campo, Cenicienta se encuentra con un magnífico ciervo perseguido en una cacería. Luego conoce al jefe la montería, un guapo y joven príncipe, el hijo del rey. Ambos se enamoran inmediatamente.

Pero como ella vuelve a casa sin identificarse, el príncipe convoca un baile e invita a todas las jóvenes del reino, confiando atraer a su misteriosa enamorada. Aunque su familia de acogida intenta desesperadamente impedirle asistir, Cenicienta, por intervención de su hada madrina, consigue acudir al baile, donde, por supuesto, embelesa al príncipe. De nuevo se ve obligada a volver pronto, y el príncipe, loco de amor, la busca desesperadamente hasta que la encuentra y se casan.

Sin duda podríamos ver todo eso como una historia romántica normal, pero deberíamos contemplarla con mayor profundidad.

En primer lugar, el ciervo es un símbolo tradicional de Cristo y por tanto su presencia como objeto de la cacería otorga a su presencia un nivel simbólico en la historia. Además, el príncipe, el hijo del rey, que se enamora de una mujer a pesar de su inferior condición, es una obvia evocación de Jesús, el Hijo de Dios, enviado a convertirse en desposado de la raza humana, cuya belleza espiritual había sido tapada por el pecado.

El profeta Isaías profetizó que "el creador de la raza humana" volvería un día para desposarse con su pueblo, y el motivo del sacrum connubium [sagrado matrimonio] recorre el Nuevo Testamento. De hecho, los padres de la Iglesia se recrearon especialmente en destacar los cambios que eso implicaba, insistiendo en que el Príncipe de la Paz, el Hijo de Dios, al desposarse con la raza humana, nos elevó de nuestra bajeza y nos otorgó sus propios privilegios y su dignidad. Por esto precisamente, los primeros teólogos de la Iglesia especificaban que el sacrum connibum suponía un admirabile commercium [excelente intercambio], al asumir Dios nuestro pecado y darnos su gracia. En el lenguaje simbólico de nuestra historia, el amor inmerecido del príncipe transforma a Cenicienta en una princesa.

El signo más seguro de que esa transformación ha sucedido -y es uno de mis momentos favoritos en la versión de Branagh- es que Cenicienta, tras escapar de la cruel opresión de su madrastra, vuelve donde esa cruel mujer, no para maldecirla, sino para ofrecerle una palabra de perdón. No podría haber prueba más impactante de que ella ha asumido completamente la condición de su prometido.

Cuando veas esta película, te invitaría, aunque la entiendas como una fantasía y un cuento, a apreciarla también como una historia profundamente cristiana.

Robert Barron es sacerdote.
Artículo publicado originalmente en Word on Fire.
Traducción de Carmelo López-Arias.


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