Oración, en silenciosa adoración eucarística, ante el Niño de Belén
Te adoro postrado, como te adoraron postrados María y José. Te adoro con ellos.

El Niño Jesús en nuestro portal cada Año Nuevo nos da la oportunidad perfecta para rezar a Dios en el silencio y el recogimiento de la primera noche.
- Para rezar en la quietud de la oración, en el silencio de la adoración
Señor, aquí estoy, postrado en tu presencia, delante de tu Santísimo Sacramento, ante el Misterio de tu asombrosa cercanía y de tu incomparable amor por nosotros, ante tu Santa Hostia, donde te haces presente con la misma humanidad delicada y vulnerable de Belén, con la misma carne y sangre que recibiste de María, la que ella te dio y tú ofreciste al Padre, desde antes de recibirla, para entregarla en sacrificio por nosotros.
Te adoro postrado, como te adoraron postrados María y José. Te adoro con ellos. Te adoro también con la multitud incontable de los ángeles que antes de hacerte hombre te adoraban continuamente en el Cielo, que bajaron del Cielo y te adoraron cuando naciste entre nosotros en la pobre y humilde cueva de Belén, que desde que culminaste el sacrificio de tu vida en la cruz, resucitaste y volviste al Padre, te adoran continuamente en el Cielo, y que en la tierra no dejan de adorarte día y noche tanto ante nuestros sagrarios, que en el silencio de nuestras iglesias custodian tu presencia, como ante nuestros altares, donde eres expuesto para nuestra adoración.
Y ante tu presencia, adoro el Misterio de Belén, que se hace presente en tu Santísimo Sacramento, invitándonos discreta y respetuosamente a permanecer en adoración silenciosa ante Ti, ¡a acogerte y a dejarnos acoger por Ti!
¡Estás aquí, Jesús, Emanuel, Dios con nosotros! ¡Por fin has venido! Y te has quedado para nosotros, ¡para mí!, en este Misterio de tu maravillosa cercanía y de tu conmovedora condescendencia y bondad para con nosotros.
Adoro tu presencia silenciosa que al silencio me llama, para que mi mente y mi corazón, silenciados del estrépito del mundo y de mi ruido interior, puedan escucharte en el silencio, a Ti, la Palabra de la Vida, Palabra que en el silencio el Padre pronunció desde toda la eternidad, única Palabra que contiene y expresa el sentido de todo cuanto es y cuanto existe, Palabra que en el silencio de María se hizo carne en Nazaret, Palabra que en el silencio de la noche santa de Belén te manifestaste a nosotros, atravesando las entrañas virginales de María como un rayo del sol atraviesa el cristal, naciendo hijo de hombre de ella, Palabra viva anunciada por los ángeles a los pastores de Belén, Palabra de la Vida, Emanuel, Dios con nosotros, que les acogió y les abrazó con su mirada curiosa de Niño y su Corazón divino en su corazón humano, Palabra que embelesados contemplaron ellos, y única Palabra que alcanza a mi alma la paz que no encuentra en este mundo.
Estoy aquí, ¡Tú conmigo y yo contigo!
Estás aquí, con tu misteriosa humanidad, que vela, cubriéndola, y revela a un mismo tiempo tu divinidad, necesitada irresistiblenente (como una presa llena de agua, o como las nubes cargadas del cielo), de liberar tu amor, de derramar sobre nosotros el agua viva de tu Corazón, de compartir con tu criatura los tesoros de amor de tu divino y al mismo tiempo humano Corazón, de abrazar y estrechar con él y en él a la obra de tus manos, y al mismo tiempo de recibir la correspondencia de amor de tu pobre y miserable criatura, la respuesta humilde y agradecida de su pobre pero sincero amor.
Estás aquí, con todo tu deseo irrefrenable de amarme y de donarte a mí. Estás aquí, con todo el anhelo de que sacie tu sed de amor, de que escuche y responda al grito de tu Corazón: "Tengo sed" (Jn 4, 7; 19, 28), "tengo sed de ti, de que no dudes de mí, de que confíes en que estoy a tu lado y te amo", "tengo sed de tu amor, de tu amistad y de que contemples en mi pesebre de Belén, y en mis nuevos pesebres, que son vuestros altares, mis brazos abiertos de par en par, esperándote, aguardando que me dejes abrazarte y estrecharte a mi Corazón".
Estoy aquí, Jesús, con mi ser necesitado de Ti. Estoy aquí, con toda mi necesidad de tu infinita bondad, de tu inagotable compasión, de tu interminable misericordia, con toda la sed de mi pobre corazón herido, que grita día y noche con su deseo, con su oración, y también, sin ser consciente de ello tantas veces, con su ansiedad, con su inquietud, con su afán continúo de cosas innecesarias o superfluas, con su nostalgia del bien perdido y con su anhelo del bien esperado: "Tengo sed", "tengo sed de Ti". Déjame extender mis manos y mi corazón vacíos en tu compañía, maravillosa Presencia de Aquel que, en la pequeña y frágil humildad de tu cuerpecito en Belén, y de tu Cuerpo y Sangre eucarísticos en tu Sacramento, acoge y obsequia.
Desde hace unos días siento una ansiedad que me quita el aliento. No soy capaz de reconocer de dónde viene, cuál es su fuente secreta. ¿Quizás mi necesidad de Ti? ¿Quizás mi necesidad de permanecer más ante Ti y de recibir de ti el amor del que mi alma, como cierva herida, tiene sed (Sal 41), y a la que nada de este mundo puede saciar? ¿Quizás la necesidad interior que tengo de la imperturbable paz que reinó en la noche de Belén y que envolvió a María, a José y a los pastores? ¿Quizás una necesidad oculta o una herida escondida de la que no soy consciente?
Vengo como un mendigo ante Ti, Señor, Emanuel, Dios con nosotros, Regalo sin igual del Padre a nuestra pobre humanidad, "Pan vivo bajado del Cielo" para que mi alma tenga vida eterna y no desfallezca ni muera (Jn 6, 51). Aquí estoy, Señor, mi Vida, mi Bien, "mi Dios y mi Todo", como se dirigió con entrañable y encendido afecto tu fiel amigo San Francisco de Asís.
Sólo ante Ti mi ansiedad se apacigua, se serena, se aquieta, se calma. Fui creado para adorar, ¡para adorarte, Señor! Esta es mi identidad mas profunda: ¡adorarte! Y cuando no te adoro a Ti, adoro a las criaturas de este mundo. Pero ellas no pueden saciarme, ni colmar mi pobre y pequeña alma, hecha para Ti, para recibir tu amor infinito y para amarte.
Y cuando adoro a tus criaturas en lugar de a Ti, las hiero con la relación desordenada que establezco con ellas y quedo herido también por ellas, decepcionado de ellas, de las que esperé lo que únicamente Tú me puedes dar, y no sólo herido sino aún más hambriento de Ti. Sólo adorándote a Ti, mi ser encuentra su verdadero ser, sólo adorándote a Ti halla su asidero, sólo adorándote a Ti encuentra su auténtico descanso, su quietud, su paz y su sosiego.
Déjame estar contigo, Señor, ante tu carne trémula en Belén, en tu Calvario, en tu Santo Sacramento, y nunca te alejes ni dejes de estar conmigo, porque sin Ti no sé quien soy, porque sin Ti "me agitan mis ansiedades" (Sal 55, 3), porque sin Ti no puedo ni quiero vivir.